martes, 20 de noviembre de 2018

Un corral de gallos de riña





Según Lindred Greer, profesora de Comportamiento Organizacional de la Stanford Graduate School of Business, las personas que llegan a los puestos más altos de las empresas tienden a dar prioridad a sus propios objetivos sobre los de los demás, no tienen en cuenta las perspectivas ni los sentimientos de otras personas y son menos educados. Actúan para preservar su poder, a veces agresivamente, cuando sienten que éste se ve amenazado.

Lo que la mayoría de las empresas no han reconocido plenamente es el daño que estos directivos pueden causar, sobre todo cuando deben trabajar juntos en el mismo equipo.

La investigación publicada por el equipo de Greer en los últimos tres años, muestra un panorama sombrío para las organizaciones que ignoran el daño que un poder descontrolado puede causar. Cuando la gente con mucho poder trabaja con compañeros que pueden suponerles una amenaza potencial, entonces atacan. El conflicto se produce.

Y esto es así porque el poder es tan valorado que la gente que alcanza la máxima responsabilidad de una organización luchará para conservar su posición en lo más alto del organigrama. En este contexto, la investigación demuestra que los conflictos de poder en los equipos de gestión son tan comunes que, pese a que cabría esperar que estos equipos fueran los más eficaces de la empresa, en realidad pueden ser menos efectivos que equipos de trabajo situados en niveles inferiores.

El mal menor de estos conflictos se traduce en una enorme pérdida de potencial para una organización que dependa de sus empleados más cualificados y experimentados. En el peor de los casos, los conflictos terminan en despidos y en fracasos rotundos. Las empresas que hacen caso omiso de las luchas por el poder, no encarando ese problema,  finalmente pagan el precio.

La investigación del equipo de Greer, publicada en ‘Behavior and Human Decision Processes and the Journal of Applied Psychology’, sugiere que las empresas se fijen en modelos de gestión y liderazgo tendientes a evitar o minimizar las luchas de poder en sus equipos de alta dirección. Por otro lado, la claridad es también importante: equipos en los que los roles de poder y liderazgo se han establecido con claridad y equipos en los que la percepción de las personas sobre su propio poder coincide con la percepción de sus compañeros de equipo sobre este aspecto consiguen un mejor desempeño.

El establecimiento de una cultura sana en equipos con mucho poder no es fácil. Las organizaciones pueden cambiar el entorno en el que los ejecutivos están operando, pero, probablemente, no puedan transformar los personajes de los directivos o la naturaleza adictiva del poder. Lo ideal es realizar tres pasos que las organizaciones pueden dar para afrontar estos conflictos de poder:

1.       Definir, discutir y reforzar los roles. Los problemas en los equipos de gestión desaparecen si los miembros del equipo pueden llegar a un acuerdo claro y aceptado sobre los roles y lo mantienen y refuerzan con el paso del tiempo. Si un CEO saliente nombrara a su sucesor, los conflictos entre los directivos de nivel inferior que se postulan al puesto podrían reducirse. El conflicto también puede gestionarse mejor cuando la experiencia de cada miembro del equipo es reconocida, ya que una persona que se siente segura en su papel es menos probable que se sienta amenazada.

2.       Establecer una toma de decisiones compartida. De esta manera, compartiendo decisiones, los miembros de los equipos se sienten menos amenazados por otros miembros del equipo. La competencia compartida reduce las diferencias de poder real o aparente entre los miembros.

3.       Proporcionar formación en conflictos y crear una cultura de respeto. Los equipos de gestión que tienen suficiente formación en técnicas de gestión de conflictos son mejores en el reconocimiento de estos y en abordar problemas reales subyacentes. Las luchas de poder surgen a menudo en la discusión de las tareas o asuntos de procesos aparentemente triviales, como, por ejemplo, qué día de la semana se fija para reuniones. Los equipos pueden establecer una cultura de respeto en esas discusiones o encontrar formas creativas para ampliar el “pastel de jerarquía”, de manera que cada persona en el equipo tiene poder, aunque tal vez no en la forma deseada. Reconocer qué miembros del equipo están involucrados en una lucha por el poder y resolverlo de forma rápida y con respeto es una habilidad que solo poseen unos pocos líderes. La investigación mostró lo rentable que es para una organización invertir en la identificación, aceptación, y posterior desarrollo de esa habilidad.

Desconozco si has trabajado con algún Comité de Dirección tipo “Corral de Gallos de Pelea”, pero si lo has hecho te recomiendo que te olvides de ellos, saques los aprendizajes positivos que seguro tiene toda experiencia, e intenta no imitarlos. 

El mal ejemplo, aunque parezca paradójico, puede servir para generar buen ejemplo. 
De ahí el dicho: ”no hagas con los demás lo que no quieres que hagan contigo”.

lunes, 5 de noviembre de 2018

La importancia de expresar las emociones (II)



Te presento diez claves de posibles comportamientos, comprueba por ti mismo el cambio que algunas de ellas pueden suponer en nuestra vida.
En mi anterior post te prometí compartir algunos comportamientos que nos pueden facilitar el hecho de poder expresar nuestras emociones. A continuación encontrarás diez estrategias que nos ayudaran a comunicar las emociones de forma más natural, empática y asertiva. Una vez que las ponemos en práctica, verás cómo la confianza y autoestima mejoran a la vez que las relaciones tienden a afianzarse.
1. Intenta ponerte en el lugar del otro
En primer lugar, es necesario que te pongas en la piel de la otra persona y te imagines que alguien viene a decirte lo que tú le vas a decir. ¿Cómo te sentirías? ¿Qué pensarías? Ponerte en el lugar del otro te ayudará a entender mejor la emoción que quieres comunicar, de modo que le estarás ayudando a que te comprenda.
2. Comenzar expresando un sentimiento positivo
Antes de lanzarte a expresar tus emociones negativas, te será útil elegir una persona de confianza y expresarle algún sentimiento positivo que hayas tenido últimamente. Si tiene que ver con tu situación vital, la fórmula es tan fácil como Me siento [muy feliz] por [haber aprobado el examen]”.Si está relacionado con un comportamiento suyo la fórmula sería la siguiente:
Me sentí [acompañado/halagado/satisfecho]
Cuando tú [te quedaste conmigo después de que todos se hubiesen ido /me dijiste que me sentaba bien el traje/cocinaste una cena buenísima]”.
3. Utiliza verbos emocionales
Hay una serie de verbos sensitivos como “siento”“noto” o “percibo” que no pueden ser rebatidos porque se refieren a tu estado interno, y eso es alguien que nadie puede discutir.
Imagínate que uno de tus amigos te dice “Sé que he conseguido el trabajo que tanta ilusión me hacía, pero aun así me siento vacío.” ¿Crees que alguien podría rebatir una afirmación así? A diferencia de los razonamientos, las emociones se sienten sin que nosotros las podamos controlar, de modo que no hay discusión posible. Otros verbos emocionales que puedes usar son: “Me alegra”“Me entristece”“Me asusta”“Me sorprende” o “Me indigna”.
4. Explica el porqué de tu emoción
Solemos creer que no es necesario que justifiquemos cómo nos sentimos, pero lo cierto es que explicarnos o describirnos nos ayudará a que el otro nos entienda. Cuando nos explicamos, demostramos que somos humanos, que tenemos motivos (no que tenemos la rezón para ello) para sentirnos así, y con eso conseguiremos que se sienta más cercano a nosotros.
Imagínate por ejemplo que quieres decirle a tu amigo que te sientes muy desafortunado en las relaciones y que al final ninguna te sale bien. Dicho así parece un lamento más, pero ¿y si lo expresases con honestidad? “Me siento muy frustrado cada vez que una relación no sale bien, porque me da la sensación de que hay algo malo en mí que no sé qué es.”
En este momento estarás revelando tus sentimientos en profundidad, te quitarás un peso de encima y tu amigo podrá apoyarte con más empatía.
5. Usa la perspectiva subjetiva
Cuando quieras acompañar tu emoción de un razonamiento, te recomiendo que uses la perspectiva subjetiva (también conocida como mensajes “Yo”). Con ella evitarás que la otra persona se sienta atacada o discuta lo que le estás diciendo.
Para conseguirlo, introduce elementos en tu mensaje que lo conviertan en subjetivo, como “en mi opinión”“bajo mi punto de vista”, “considero” o “para mí”. Observa la diferencia:
“Ayer me trataste mal y me siento ofendido”. Este mensaje puede provocar conflicto porque, si la otra persona cree que no te trató mal, se defenderá de tu acusación.
“Considero que ayer me trataste mal y por eso me siento ofendido”. Este mensaje es más asertivo, porque nadie puede discutir tu perspectiva y visión de las cosas. Estás asumiendo la responsabilidad de tus propias emociones, sin atribuirlas a nadie.
6. Di el nombre de la otra persona
Cuando quieras expresar tus sentimientos a alguien, puede serte de gran ayuda empezar diciendo su nombre.
Oír el propio nombre activa el área cerebral de la recompensa, así que al escuchar cómo decimos su nombre, toda su atención se dirigirá hacia nosotros. Es una forma de generar cercanía y predisponerle para que acepte mejor lo que vamos a decir a continuación (Howard & Kerin 2011).
Imagínate que le quieres explicar a un amigo que hoy te encuentras malhumorado, pero no sabes bien cómo hacerlo porque tampoco tienes claros los motivos. Intenta expresarlo incluyendo su nombre en la frase (“Marta, me siento muy alterado hoy, no sé por qué, pero me siento así”).
Conseguirás captar su interés, que te escuche con más atención y que empatice mejor contigo. Claro que esperar empatía nos es lo mismo que te diga que tienes razón ¡! Tú no buscas eso, solo comprensión aunque no esté racionalmente de acuerdo contigo.
7. Asegúrate de que te entiende
El lenguaje de los sentimientos es muy subjetivo, así que es importante que te asegures de que la otra persona te está entendiendo.
La mejor forma de hacerlo es pedirle que intente explicar con sus palabras lo que le estás diciendo“No sé si me estoy explicando bien, ¿me podrías decir qué has entendido de lo que te he dicho hasta el momento?”. Así te permitirá clarificar tus intenciones y evitarás malentendidos.
8. Utiliza el humor
Si quieres tratar un tema serio que te genera bastante incomodidad, no lo dramatices. Aunque expresar tus emociones te haga sentir vulnerable, con humor podrás aligerar esa sensación y ver la situación desde diferentes perspectivas. Además, ayuda a evitar que ninguna de las personas involucradas se ponga a la defensiva, por lo que es un gran aliado.
9. Pregúntale cómo se siente
Aunque en el momento en que expresas tus sentimientos quieras ser escuchado, todo el mundo tiene esa necesidad en las situaciones de alta carga emocional. Y suele ocurrir que, cuando hay una emoción enquistada dentro de nosotros que queremos expresar, se nos olvida que probablemente la otra persona también esté sintiendo algo que quiera expresar.
Preguntar cómo le hace sentir lo que estás diciendo os ayudará a empatizar, permitiendo que os pongáis en la piel del otro y reduciendo la posibilidad de que se cree un conflicto.
10. Practica mentalmente
Visualizarte a ti mismo realizando paso a paso las acciones que quieres llevar a cabo ha demostrado ser un potente motivador del cambio que buscas. Si te cuesta expresar tus emociones, siéntate en un lugar tranquilo, cierra los ojos e imagina una pantalla ante ti, donde se va a proyectar la escena de una persona que se comporta como a ti te gustaría hacerlo.
Por ejemplo, podrías visualizarte en estas situaciones:
·         Un compañero de trabajo se acerca a ti y te pregunta cómo estás. Sin entrar en detalles, puesto que no es un amigo íntimo, le contestas: “La verdad es que últimamente me siento regular, hay un par de asuntos que me tienen irritado.”
·         Te encuentras con un amigo y le comentas un sentimiento positivo que has tenido últimamente, por ejemplo: “Estoy muy satisfecho con la tarea que me han encargado en el trabajo”.
Practicando mentalmente varias situaciones en que te gustaría expresar tus emociones conseguirás sentirte más seguro cuando llegue el momento de la verdad.
Conclusión
Estamos programados para sentir emociones. Por eso, la mejor manera de habitar este mundo es aprender a relacionarnos con ellas de la forma más satisfactoria posible y no intentar evitarlas. Cuando expresamos esas emociones explotando o culpando al otro, no solo aumentará nuestro malestar e impotencia, sino que provocaremos un profundo distanciamiento con la otra persona.
Aprender a expresar asertivamente nuestras emociones nos conecta no solo con los demás, sino también con nosotros mismos Nos servirá para regularlas, reducir su impacto negativo y crear empatía con las personas que nos rodean.





viernes, 2 de noviembre de 2018

La importancia de expresar las emociones





La mayor parte de la ansiedad y estrés que sufrimos en nuestra vida está causado por una creencia muy nociva: pensamos que es mejor mordernos la lengua antes de decir cómo nos sentimos.
Es natural que sintamos un cierto bloqueo ante abrirnos a los demás; da miedo y nadie nos ha enseñado cómo hacerlo. Se ha dado por supuesto que es algo que tenemos que aprender por el camino, pero también intuimos que expresar las emociones de forma adecuada no sólo te ayudará a sentirte mejor, sino que  ayudará a mejorar nuestras relaciones.
Beneficios psicológicos
Parece ser que, si se realiza apropiadamente, comunicar los sentimientos tiene tres consecuencias muy interesantes:
a.    Permite que los demás empaticen con nosotros
En un sorprendente experimento en Facebook, los investigadores observaron que los estados que los usuarios escribían en su muro eran muy similares a los sentimientos que leían de sus amigos. Dicho de otra forma, las emociones se contagian por empatía, ¡incluso a través de una plataforma digital! (Kramer, Guillory & Hancock 2014). Cuando los demás saben cómo te sientes, inconscientemente conectarán contigo y se pondrán en tu piel. A partir de ahí tus mensajes serán mucho más empáticos y persuasivos.
b.    Hablar de nuestras emociones resulta liberador.
Al expresar nuestras emociones en voz alta les estamos poniendo nombre. Eso disminuye la respuesta de la amígdala (la zona del sistema límbico responsable de nuestra reacción emocional), lo que reduce instantáneamente la intensidad y malestar que nos pueda estar provocando esa emoción (Lieberman et al., 2007).
c.    Resultamos más atractivos
La empatía crea atracción entre las personas. Cuando expresamos las emociones demostramos honestidad y valentía, sin miedo a ocultar nada. Y eso es muy atractivo, nos hace más cercanos.
¿Cómo identificar los sentimientos?
El primer paso para expresar nuestros sentimientos es identificarlos correctamente. Pero, ¿cómo vamos a necesitar ayuda para saber qué es lo que estamos sintiendo? ¿No se supone que es evidente?. Pues no!
No es tan sencillo. En una sociedad que nos presiona tanto para ocultar nuestras emociones (¿te suena el “no seas tímido” o “¡deja de llorar!” que te repetían tus maayores cuando eras pequeño?) la mayoría de nosotros hemos acabado reprimiéndolas. La consecuencia es que a menudo nos sentimos mal, pero no tenemos claro exactamente de qué manera ni por qué.
Haz un stop y busca la emoción básica
Cuando sientas una emoción, encuentra un lugar en el que puedas estar tranquilo durante un par de minutos y cierra los ojos. A continuación, intenta reconocer la emoción básica a la que corresponde de las siete posibles (tristeza, alegría, enfado, asco, miedo, desprecio o sorpresa). En el siguiente paso le pondrás un nombre más específico.
Por cierto, aceptar que eres capaz de sentir todo tipo de emociones también aumentará tu fortaleza psicológica y mejorará tu capacidad de enfrentarte a los malos o buenos momentos que nos muestra la vida (Kross et al., 2009).
Encuentra un lugar tranquilo, concéntrate en tu respiración durante unos segundos e intenta ponerle un nombre general, sin concretar demasiado, a lo que estás sintiendo.

Encuentra la palabra específica para tu sentimiento
Existe un vocabulario emocional, ampliamente desconocido por la mayoría, que nos permite ser mucho más específicos con nuestros sentimientos.
Por ejemplo, en lugar de decir que te sientes “bien”, podrías encontrar más matices y usar palabras como “alegre”“afortunado”“agradecido” o “excitado”.
O en vez de decir que te sientes “mal”, podrías utilizar “irritado”, inseguro, decaído o rechazado. Cuanto más específico seamos, mejor comprenderemos qué es lo que realmente sentimos. Se ha demostrado que eso también te hará estar mejor, aumentando tu autoestima y afecto hacia los demás (Swinkels & Giuliano 1995).
Una vez que has identificado tus emociones, el siguiente paso será expresarlas sin caer en las trampas de la comunicación. Pero para ello, lo primero es entender qué has estado haciendo mal hasta ahora.
Errores típicos al expresar los sentimientos
De pequeños aprendemos matemáticas, lengua, literatura y ciencias sociales. Con suerte, nuestro plan de estudios también tendría alguna asignatura de ética, pero la realidad es que nadie nos ha enseñado a comunicarnos emocionalmente.
Esta es la causa de que mucha gente exprese sus emociones de manera impersonal y con consecuencias desastrosas, tanto para ellos mismos como para los demás. Estos son los errores más habituales que todos hemos cometido alguna vez:
1. Expresar un pensamiento en vez de un sentimiento
Cuando empezamos diciendo “Siento que…” a pesar de usar el verbo correcto, finalmente estamos comunicando un pensamiento, no un sentimiento.
La diferencia radica en el que. Haz la prueba. Cuando dices “Siento tristeza” estás hablando de tu sentimiento. Pero cuando dices “Siento que esta tristeza me va a matar”, te refieres a un juicio del pensamiento: que la tristeza va a acabar contigo.
Si hablas de tus pensamientos te estarás enfrentando a la situación de una forma racional y los demás no podrán empatizar contigo. Pero cuando te refieres a tus sentimientos, la vulnerabilidad que demuestras al expresar lo que sientes les permitirá conectar contigo (Brown, B. 2013).
2. Empezar con “Me haces sentir”

Aunque pueda parecer que estás expresando un sentimiento, en realidad estás culpabilizando al otro, responsabilizándole de tus emociones. Tú, me haces sentir… estamos echando la culpa al interlocutor
La comunicación se transforma en una fuente de conflictos cuando no nos ayuda a ser conscientes de que somos los únicos responsables de nuestros pensamientos, sentimientos y actos. “Me haces sentir…” provoca discusiones porque niega nuestra responsabilidad personal, y la atribuye en su totalidad a los demás.
3. Tratar de olvidar lo que sientes

Desde pequeños nos han enseñado que las emociones son complicadas y es mejor evitarlas, pero con el paso de los años comprobamos que ese “Tú tranquilo, intenta no pensar en ello” no funciona.
Se ha comprobado que intentar reprimir nuestras emociones negativas en vez de validarlas incrementa la ira. Sus consecuencias van incluso más allá, con estudios que hablan de un aumento en el riesgo de cáncer del 70% en aquellas personas que evitan expresar sus sentimientos (Chapman, Fiscella & Kawachi 2013).
4. Explotar cuando ya no puedes más
Esta es la fase natural a la que se llega después de haber aguantado demasiado tiempo. Pero cuando la única salida para nuestros sentimientos es la explosión podemos provocar daños, quizás irreversibles, en cualquier relación.
Imagínate que tienes un amigo que suele llegar tarde. La primera vez que lo hace, sonríes y le dices que no pasa nada. A la segunda y la tercera, te sabe mal pero te callas. Y al final, empiezas a pensar que no tiene ningún respeto. Quizás, cuando lo haga la próxima vez, termines gritándole y mostrándote furioso, reprochándole que si te apreciara no te haría esperar cada vez que quedáis.
Y probablemente tu amigo se quedase atónito, puesto que hasta ese momento le habías estado diciendo que no pasaba nada y nunca habías mostrado ninguna señal de molestia.

En nuestro próximo Blog trataremos de “Algunas claves imprescindibles para poder expresar lo que sentimos”.

lunes, 6 de agosto de 2018

Muere mi Superhéroe de los años 60


Nos ha dejado Batman (Carlos Buttice)

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En aquellos años sesenta, jugábamos al fútbol al finalizar las horas de clase, en la vereda y cómo no en el patio de mi casa con mi cuñado Raúl, siete años mayor que yo.
La ceremonia del pan y queso, ese implacable juicio sumario de virtudes y defectos, me mandaba casi siempre al arco. Por ser el más chico entre los chicos y seguramente por falta de mejores atributos que la voluntad de colarme en los picados. Mi destino, entonces, era la vigilancia de una línea imaginaria que podía nacer en una pared y terminar en un árbol, o que se delimitaba con dos cascotes. La mirada atenta, las piernas listas para el salto y un sueño: ser como Carlos Buttice, volar como él, de palo a palo aunque los palos sólo existieran en mi imaginación, atenazar la Pulpo y sentirme un Batman sin antifaz ni capa, lo que era Buttice al fin y al cabo.
La calle se llamaba Jujuy y el barrio, La Perla, una geografía cercana a la playa homónima en el corazón de Mar del Plata. Yo había optado por San Lorenzo por influencia familiar, en realidad sólo por mi padre ya que competía con la previa elección futbolera de mis cuatro hermanos varones: Boca, River, Independiente y Racing, en ese orden habíamos nacido y así fuimos eligiendo. Nunca he comprendido como era posible esa pacífica diversidad con la convivíamos los 5 hermanos. Mis hermanas mujeres y mi madre permanecían ajenas a esta rivalidad.
Fui cuervo, entre otras razones, por ese arquero con apodo de superhéroe, fundamental en el equipo que se consagró primer campeón invicto de la historia del fútbol profesional argentino, al ganarle 2-1 al Estudiantes de Osvaldo Zubeldía en la final del Metropolitano de 1968. Allí estuvimos con mi padre y Juan Carlos, mi otro cuñado, fanático de San Lorenzo.
El medio siglo de la hazaña, que se ha cumplido este sábado, llega teñido de tristeza: Carlos Adolfo Buttice, el atleta de buzos azules y sonrisa franca, ha muerto a los 75 años.
Un superhéroe tiene el potencial para la grandeza basado en sus atributos, por ejemplo, astucia, valentía, humildad, sabiduría, virtud. Es reconocido por hacer viajes y llevarnos imaginariamente a lugares fantásticos, a situación deseadas, por elección o por casualidad, generalmente para luchar contra el mal y hacer el bien.
Por eso Carlitos Buttice era mi superhéroe.



domingo, 4 de febrero de 2018

¿Podemos prevenir el estrés?



De todas las llamadas “enfermedades modernas”, el estrés probablemente sea la más común y extendida entre la población. Aunque no nos guste, el estrés está a la orden del día en nuestras vidas.

¡Qué estrés de vida!
 ¿Quién no ha usado alguna vez esta expresión?
Generalmente está asociada a problemas de trabajo, familiares o de pareja, compromisos inesperados, las prisas, la falta de tiempo… y a todas aquellas situaciones que podemos considerar una amenaza y escapan a nuestro control, conocidas como estresores.
Según un reciente estudio, el 42% de los españoles de entre 18 y 65 años lo sufre con frecuencia, y 9 de cada 10 confiesa haberlo padecido durante el último año.
Entonces, estamos hablando de 12 millones de personas, de las cuales las mujeres son quienes sufren un mayor nivel de estrés -una de cada dos declara sentirse estresada- mientras que en el caso de los hombres es uno de cada tres.
En un primer momento, este trastorno suele ir acompañado por síntomas aparentemente llevaderos, como irritabilidad, molestias en el pecho, fatiga, sudoración, temblores, desórdenes digestivos, cambios de humor o insomnio.
Pero si el estrés se prolonga o los estresores acuden con demasiada frecuencia, puede derivar en complicaciones físicas y psicológicas mucho más graves, llegando en algunos casos a ser irreversibles: enfermedades cardíacas, caída del cabello, úlceras gástricas, aparición de adicciones (alcoholemia, drogas, etc.), comportamientos violentos o intentos suicidas…
 Y ahí la expresión ¡Qué estrés de vida! cobra otro significado.
Pero sí que es bueno tomar conciencia de que el estrés no es un buen compañero de viaje, y que puede y debe ser tratado para evitar que vaya a más. Para disfrutar de todo lo que nos rodea tal y como es en realidad, enfrentándonos a los problemas con todo su potencial vital y sin magnificar las situaciones cotidianas adversas.
Aunque cueste creerlo, el placer y el estrés desencadenan respuestas químicas similares en el cuerpo y en la mente, es decir, una cena romántica provoca procesos metabólicos y sensaciones físicas parecidas a las de una película de terror. 
Estrés, ¿amigo o enemigo?

El estrés en sí mismo no es una enfermedad, sino una respuesta del organismo ante una amenaza y le llamamos distrés; todos lo padecemos, pero también ocurre el eustrés y a este lo necesitamos en nuestra vida ya que nos enfrenta con energía a los problemas.
No hay que olvidar que es un sistema de supervivencia y adaptación ancestral gracias al cual nuestro organismo se prepara para una situación que requiere un esfuerzo mayor. En el caso del hombre primitivo, tanto para cazar a una presa como para huir de un predador. Si observamos detenidamente este gráfico.
 La curva del estrés

 


Vemos que existe una zona optima, en amarillo, de estrés “bueno”. Este estrés positivo es el eustrés, y es como decíamos, aquel que en un momento de normalidad nos estimula a enfrentarnos a los problemas; nos hace tomar la iniciativa, nos pone alerta, favorece la estabilidad emocional, permite que seamos creativos y respondamos eficientemente a aquellas situaciones que lo requieran.
 Así, ante la aparición de un estresor (tener que entregar a tiempo un encargo, por ejemplo) nos dota de energía para resolverlo y ser exitosos, nos hace sentir bien y favorece nuestra salud. En otras palabras, nos genera bienestar. 
Sin embargo, si ese problema no se enfoca correctamente (pensamos que no llegaremos a entregar ese encargo a tiempo, pensar que no tenemos capacidad), el estrés deja de trabajar a nuestro favor. Nos acelera, nos provoca pensamientos erróneos y nos distrae de encontrar la solución. Nos aproximamos a la zona de alerta y nuestro bienestar comienza a peligrar. 
A partir de ahí, dejamos de canalizar el estrés positivo, y ya todo es caída y cuesta abajo. Comienza el distrés, el estrés psicológico negativo. Ya somos completamente incapaces de adaptarnos al factor de exigencia o de demanda (ya no entregaremos el trabajo a tiempo, y las consecuencias serán nefastas) y eso nos genera tensión, sensación de impotencia, angustia y sufrimiento; cuanto más distrés tenemos, menor es nuestro grado de bienestar.
Además este estrés negativo se retroalimenta, ya que al tratar de eliminarlo y no lograrlo nos hace sentir más estresados aún. La rutina diaria se convierte en un laberinto sin salida. 
Si aplicamos la curva del estrés a nuestro día a día,  analicemos cómo es nuestra respuesta ante las amenazas o problemas cotidianos, si los gestionamos desde el estrés positivo con proporcionalidad o si por el contrario atravesamos la zona de alerta con facilidad y caemos en la zona de “bajón” del distrés… Si lo hacemos con honestidad, podremos determinar si sufrimos estrés negativo, y en qué grado.

La tensión proviene de quien crees que deberías ser

La relajación proviene de aceptar quien eres

lunes, 25 de septiembre de 2017

Cómo funciona la creatividad según la neurociencia


Por Inma Juan en Intimind


La creatividad entendida como la producción de algo nuevo y útil es una de las habilidades más necesarias para la vida actual. No se trata únicamente de crear sino también de resolver problemas y para ello hay que encontrar nuevas maneras de hacer las cosas.

Actualmente la Neurociencia nos ayuda a comprender el proceso creativo: cuáles son sus fundamentos cognitivos y neurales. En multitud de investigaciones se ha visto que, cuando se descomponen los procesos cerebrales implicados en el logro creativo, la atención plena va claramente de la mano con la creatividad. La pregunta es si podemos aplicar de forma científica la atención plena al proceso creativo.

Podemos equiparar el cerebro con una orquesta: en cada momento intervienen distintos instrumentos y se sincronizan según el pasaje que se está tocando. La sincronía entre todos es fundamental para que suene. Pues de la misma manera, según la neurocientífica Crystal Goh la clave para optimizar el proceso creativo es el equilibrio de las redes cerebrales.

Los hombres, difieren de otros animales en el hecho de que pueden hacer esfuerzos directos y conscientes para producir resultados deseados, y que pueden diferenciar esos esfuerzos directos y conscientes de los impulsos meramente automáticos. La civilización, depende del descubrimiento humano según el cual éste puede decirse a sí mismo: “Lo voy a intentar y lo voy a conseguir”.

Wallas publicó “El arte del pensamiento”su teoría de la incubación creativa, según la cual el descanso y la pausa son esenciales para que nuestra mente obtenga sus mejores resultados. El pensamiento creativo tiene cuatro fases que son el marco para entrenar nuestra mente en la técnica de este proceso:
  1. información o preparación
  2. incubación
  3. iluminación
  4. verificación.
Todo empieza recopilando datos y, según Wallas, luego es fundamental permitir que pase un tiempo muerto durante el cual la mente reorganiza la información, la sintetiza y ordena, la asocia a anteriores datos o la completa, entre otras operaciones. Esta fase permite a la mente inconsciente trabajar sin restricciones en la información recibida. Wallas habla de la importancia de esa pausa de libertad mental pero también de lo relevante que es la capacidad humana de manejar su atención más allá de los impulsos.

Las cuatro etapas del cerebro creativo

1. Preparación

En esta fase en la que se recopilan ideas e información y se utiliza el llamado pensamiento divergente, relacionado con la capacidad de encontrar múltiples soluciones a determinado problema. Es el pensamiento que surge en sesiones de tormenta de ideas y requiere soltar juicios o ideas preconcebidas para permitir que surjan ocurrencias nuevas. Para un funcionamiento óptimo del pensamiento divergente es necesario tranquilizar la red de control cognitivo, que permite que la red neuronal (un conjunto de regiones del cerebro que colaboran entre sí y que podrían ser responsables de gran parte de la actividad desarrollada mientras la mente está en reposo), se mueva más libremente.

Este es el momento de usar la imaginación, recopilar datos y no tener ningún tipo de trabas acerca del desorden y el azar.

2. Incubación

Cuando ya has tenido tantas ideas como sea posible, es hora de desconectar. Dormir, navegar, cocinar, disfrutar de la vida mientras el cerebro se encarga de organizar la memoria  y prepara el escenario para una visión creativa.

3. Iluminación

Entonces llega el ¡Aha!, el eureka: una comprensión súbita que resuelve un problema, reinterpreta una situación, explica una broma o resuelve un precepto ambiguo. Se denomina “insight” o inspiración. Los psicólogos la han estudiado mediante métodos conductuales durante casi un siglo. Recientemente, las herramientas de la neurociencia cognitiva se han aplicado a este fenómeno. Una serie de estudios han utilizado la electroencefalografía y la resonancia magnética funcional para estudiar los correlatos neurales del “Momento ¡Aha!”, y sus antecedentes. Aunque la experiencia de la intuición es repentina y puede parecer desconectada del pensamiento inmediatamente anterior, estos estudios muestran que esa inspiración es la culminación de una serie de estados cerebrales y procesos que operan en diferentes escalas temporales.

Este es el verdadero momento de inspiración creativa, cuando las ideas subconscientes y no relacionadas entre sí se unen de repente y llegan a nuestra conciencia a través de una de las redes de nuestro cerebro, la red de prominencia. Esa red detecta y capta inmediatamente un pequeño brillo en nuestro océano de pensamientos y lo convierte en una inspiración.

4. Verificación

Finalmente viene la confrontación con la realidad de esa iluminación brillante pero cruda. Este último paso requiere un pensamiento convergente. Ahora utilizamos menos la imaginación y más el control cognitivo y las redes de atención para hacer una evaluación analítica.

Por tanto, lo que la neurociencia nos muestra hasta el momento es que la teoría de Wallas sigue vigente en algo esencial:

La creatividad requiere tanto de la libertad total como del
control de nuestro pensamiento


jueves, 1 de junio de 2017

Estar solo, una experiencia creativa

por Marcelo Vázquez Avila




Así como hay una soledad forzosa, existe también otra soledad buscada, fuente de creatividad y terreno fértil de abundantes experiencias de vida.

Y hablar de creatividad es hablar de nuestro proyecto de vida; de nuestra relación con los otros y con nosotros mismos. Al fin y al cabo, la creatividad es la manera que tenemos de estar en la vida, de vincularnos y de compartirnos con los demás. Nuestra creatividad engloba desde nuestra forma de comunicarnos hasta nuestra relación con nuestros sueños y con nuestra familia y amigos.

La creatividad no es sólo la capacidad de pintar un cuadro o de inventar algo, es la manera que tenemos de ofrecernos a la vida; la forma en que compartimos nuestros tesoros internos. 

Hoy en día por mucho que nos sintamos conectados, acompañados o agobiados entre la multitud de la gente nos podemos sentir solos. Y es que  a veces uno, aun estando rodeando de miles de personas, puede llegar a sentirse la persona más sola del mundo. He conocido personas que nunca se sienten solas, a pesar de vivir solas y he tratado personas que se sienten infinitamente solas a pesar de trabajar diariamente con grandes equipos humanos.

La soledad es, una posibilidad, un don que ofrece la vida y del que podemos extraer grandes lecciones, si estamos abiertos a aprender a aprovechar al máximo la soledad, un concepto que habitualmente suele tomarse unívocamente como algo negativo.

Estar solo no es fácil, pero se puede decir que es un arte. Lo es porque todo arte incluye un talento o don personal, un aprendizaje y la necesaria constancia. El ser humano es, por definición, un ser social que tiende a establecer vínculos, a formar comunidades y a crear redes. Por ello, de entrada, exige una oposición a la tendencia natural, una cierta capacidad de resistir a un impulso muy arraigado a la condición humana. A pesar de ello, el ser humano, en tanto que ser reflexivo y autoconsciente, es capaz, también, de tomar distancia de los suyos, de su entorno y de su misma vida, y anhelar espacios de soledad para reencontrarse y no perderse.
La soledad es un buen lugar para visitar, pero es un mal lugar para quedarse. Pienso en una soledad de a ratos, intermitente.

La soledad no puede ser un estado permanente en la vida humana, pero sí un lugar que periódicamente se debe visitar por los beneficios que conlleva para uno mismo. Con todo, hay que distinguir entre la soledad buscada y la obligada. La primera es higiénica, terapéutica y liberadora, mientras que la segunda resulta difícil de sobrellevar, porque se impone como la ley de la gravedad y aunque uno desee escapar, no puede conseguirlo. Es difícil que un ser humano se enganche a la soledad. Sería posible en personas con una vida espiritual muy rica, pero extraña para el común de los mortales.

Lo ideal sería conseguir un equilibrio entre compañía y soledad. Disponemos de tiempos de soledad a diario, tanto en los viajes al trabajo, como en determinados momentos del ocio. No siempre los utilizamos adecuadamente y, en ocasiones, el temor a desnudarse delante de uno mismo, nos lleva a practicar la evasión, a meternos en la red con tal de escabullirnos del estruendoso silencio de la soledad. Aun así, cuando uno es capaz de cruzar la frontera y mirarla cara a cara, descubre un abanico de posibilidades en la soledad. Entonces, uno descubre la posibilidad de ejercer la vida reflexiva, el análisis de lo vivido, sufrido y gozado, también puede anticipar, proyectar, imaginar su futuro, a corto o a largo plazo; somete a una profunda auditoría ética sus relaciones actuales y explora sus debilidades y fortalezas.

La soledad se convierte, entonces, en un verdadero estímulo para vivir más intensamente la propia vida y ser el verdadero protagonista de ella. La soledad creativa es un mundo insólito, todo un universo que cada persona puede descubrir adentrándose en él. En las entrañas de todo ser humano hay una chispa divina, una imagen y una potencia del creador que podemos intuir.


No hay que temer estar solo. Es una ocasión para tomar consciencia del hecho de existir, de la maravilla que supone estar en este mundo a pesar de los pesares. No hay que temerla, porque la soledad es una fuente de transparencia y sólo en la transparencia entre el ser y el obrar existe la felicidad.

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