martes, 11 de abril de 2017

‘Millennials’ y ‘Centennials’, dos generaciones que valen billones



Adaptado por Marcelo Vazquez Avila



Nadie decide el tiempo en el que nace porque nadie decide la época en la que vive. La vida llega con la obligación de vivirla. Nada más.

Cuando todavía nos estamos adaptando a la incorporación masiva de los Millennials o Generación Y , jóvenes nacidos en las décadas de los ochenta y los noventa, al mercado laboral, empezamos a escuchar la aparición de una  nueva generación más joven y todavía desconocida: los Centennials o la Generación Z , personas nacidas entre 1994-2010.

Y aunque tanto los Millennials como los Centennials son generaciones surgidas en plena  era digital, entre ambas existen  diferencias sustanciales. Mientras que  los primeros buscan libertad para poder desarrollar su trabajo y sus proyectos personales, son innovadores, cuestionan la autoridad y son expertos en la utilización de herramientas tecnológicas y redes sociales, los Centennials se caracterizan por ser autodidactas, leales,  creativos y por  apostar por una seguridad económica. Además    muestran una gran preocupación por sus opciones laborales y por lo tanto una actitud mucho más realista que  su generación predecesora respecto a sus condiciones profesionales. Según datos extraídos de los artículos Gen Z: The New Grads Entering the Workforce in 2016  tres de cada cuatro Centennials creen firmemente que han de trabajar más duro que las generaciones anteriores para cumplir sus aspiraciones profesionales.
En este contexto en que los profesionales de Recursos Humanos todavía están adaptando prácticas específicas  para captar, retener y motivar ese talento Millennial,  ahora además han de tener en cuenta a esta nueva generación y pese a que ambas comparten ciertos rasgos característicos, también existen diferencias sustanciales.
Basándonos en recientes artículos y estudios (*) existen una serie de diferencias y rasgos comunes entre estas dos nuevas generaciones que deberán ser tenidas en cuenta: Los Centennials  (personas menores de 25 años y que actualmente ocupan más del 50% de la población mundial), a diferencia de los Millennials, son una generación que ha nacido y crecido a la sombra  de la crisis económica. Pero sobre todo, la diferencia más sustancial entre ambas generaciones viene marcada por la fluctuación en el mercado laboral  que ha  tenido lugar durante los últimos años.

Al igual que ocurría con la mayoría de los Millennials, el espíritu emprendedor cobra cada vez más fuerza. A más del 62% de la generación Z también les gustaría ser su propio jefe y/o lanzar su propia startup y actualmente un 3% ya está dirigiendo su propio negocio. Sin embargo, aunque tengan también latente esas aspiraciones  también ambos valoran el apoyo, la orientación y comunicación por parte de sus managers para guiarles en el desarrollo de sus carreras profesionales.  Será importante por tanto mantener con ellos  un feedback permanente y llevar a cabo planes de aprendizaje interpersonal mediante la asignación de un mentor  (persona con experiencia y conocimiento) para apoyar a estos nuevos profesionales en su desarrollo.

Otro aspecto importante a tener en cuenta entre estas dos generaciones, es que la tecnología y las redes sociales son omnipresentes en sus vidas, aunque difieren en el modo en que cada generación aborda la tecnología.  Para los Centennials la tecnología no es un elemento de consumo sino una herramienta que les facilita el acceso  a la comunicación, al intercambio, a la educación y al entretenimiento (actitud más pragmática). Además los Centennials  son los auténticos nativos digitales  siendo considerada la generación mejor preparada para comprender y utilizar las innovaciones futuras.

Puesto que han nacido en un entorno altamente tecnológico ambas generaciones optan por una flexibilidad laboral, que les den la posibilidad de  trabajar desde cualquier lugar y a cualquier hora.  Además valoran una comunicación constante y de forma más inmediata e  informal con sus managers. Como afirma el estudio “Jóvenes Z. El último salto generacional”, elaborado por Deusto Business School:” Las compañías por lo tanto han de ofrecer un mensaje de flexibilidad y diversidad cambiando la jerarquía por la participación”.

Poner en práctica nuevos métodos de selección para atraer el talento de estos nuevos profesionales, contar con planes de sucesión que permita detectar  a los futuros líderes de las organizaciones y establecer planes de formación  y desarrollo adecuados a estos nuevos perfiles, formarán parte de los nuevos retos a los que los profesionales de Recursos Humanos deberán tener en cuenta.




(*) Fuentes:
“Jóvenes Z. El último salto generacional”, Deusto Business School y Atrevia.
Gen Z: The New Grads Entering the Workforce in 2016.
“39 of the most interesting facts about generation Z.
“McGraw, Mark. Getting To know Gen Z.”

lunes, 10 de abril de 2017

Repensando nuestra relación con el tiempo

por Santiago Alvarez de Mon




Mi buen amigo y profesor del IESE acaba de publicar el libro 'Mi agenda y yo'.
¿Quién soy? Ésta es la pregunta a partir de la cuál Santiago Álvarez de Mon elabora un texto que debería ser imprescindible para cualquier directivo. La respuesta, que imagino que muchos de ustedes están intentando buscar ahora, no es fácil y podemos decir que  sólo está en cada uno de nuestros corazones. "Se trata de descubrir el misterio interrior. Para algunos es el poder, para otros el dinero, y para la mayoría, la familia", señala este profesor del IESE, que acaba de publicar el libro Mi agenda y yo (Editorial: Plataforma Actual). "Es a partir de ahí cuando puedes diseñar tu propia vida", insiste.
Para reconocer el misterio de cada uno, Álvarez de Mon aconseja seguir una pista que puede resultar fundamental: el tiempo. Por eso el subtitulo de su libro es Repensando nuestra relación con el tiempo. "Repito en muchas ocasiones dime qué haces con tu tiempo y te diré quién eres. Si dices que para ti es muy importante el deporte y no consigues meterlo en tu agenda, deberías plantearte que quizá no es tan importante como dices". Esta reflexión debería servir para todos los aspectos de la vida. "Podemos presumir de que nos gusta leer, ir al cine o pasear, pero si no conseguimos dar protagonismo a todo eso en nuestra agenda es que no lo valoramos tanto como creemos", reitera.
Vivir. Ésta es la palabra clave para Álvarez de Mon. Para analizar si estamos viviendo y si nuestras responsabilidades nos dejan hacer todo lo que nos aporta esa felicidad, el profesor del IESE, cuyo libro ha prologado Valentín Fuster, recomienda mirar la agenda de la última semana o del último mes y analizar todo lo que hemos hecho en ese tiempo. "¿A qué me he dedicado? ¿Cómo he utilizado mi tiempo? La pena es que muchas de estas preguntas nos las hacemos cuando vemos la muerte de cerca y no cuando tenemos la oportunidad de seguir viviendo". Pero, ¿qué debemos incluir en nuestra agenda? "Todo, absolutamente todo. No valen excusas para dejar de hacer algo porque todo es importante. Hay que meter en la agenda el tiempo que dedicamos a la familia, a nuestro ocio, a lo que nos hace felices y hay que incluirlo, igual que señalamos una reunión", aconseja Álvarez de Mon, que cree que ésta es una de las mejores lecciones que le puede dar actualmente a un directivo. El problema es que a muchos de los que deberían hacerse la pregunta quién soy les da miedo descubrir la respuesta. "Hay gente que se engaña a sí mismo y que dice que le dedica unas horas a su familia, a su trabajo, a su ocio... que no es el real. Se engañan porque les da miedo descubrir que quizá su prioridad en la vida no es lo que la sociedad te impone".
Tras la pregunta clave y tras analizar y descubrir qué es lo que nos mueve, el profesor del IESE cree que "muchas personas deberían plantearse no lo que hacen, sino lo que deberían dejar de hacer porque ya no les aporta nada. Quizá uno de los errores más destacados que cometemos es no saber delegar y asumir nuevas responsabilidades sin soltar las anteriores y sin dejar que otros las asuman como propias".
Este control sobre la agenda es esencial para controlar también nuestro tiempo. "Si no controlas la agenda, la sociedad te la roba, entendiendo como sociedad todos los que nos rodean. El jefe, nuestro hijo, un amigo... Hay ladrones de tiempo y hay que saber identificarlos, como las reuniones improductivas o el presentismo". Por eso, no hay que tener agendas "apelmazadas". En su opinión, "hay que tener colchones que te permitan incluir imprevistos y que no te lleven a anular aquello que te hace vivir".
Álvarez de Mon lamenta que "muchas personas ya no escuchan, ya no sienten, ya no están en el momento que viven porque están físicamente en un sitio y mentalmente en otro porque su agenda, su vida, es un desastre que ya no pueden controlar". La "atención" se ha convertido en un bien escaso.
 "Sólo hacer una cosa en cada momento 
nos da la posibilidad de hacer muchas al cabo del día".

viernes, 27 de enero de 2017

Hagamos como si ya fuéramos, para convencernos de que podremos ser…




 Somos nuestro propio Director general?

Hagamos como si todo lo bueno ya nos abrazara para que nos alcance antes. Hagamos como si ya fuéramos felices para que nuestras emociones nos convenzan de ello. Creer cada día con firmeza y convicción que merecemos aquello que deseamos, no es ningún acto de egoísmo, de hecho, es el primer paso hacia el crecimiento personal.

Pensemos en ello durante un momento: si nosotros mismos no nos convencemos de que podemos y debemos salir de una depresión, de una relación infeliz o de un trabajo que vulnera nuestros derechos, nadie más lo hará. El auténtico héroe que te ha permitido salir en múltiples ocasiones de esos agujeros negros vitales en los que te has visto inmerso, has sido tú, y el modo en que lo has logrado es sin duda mediante una voluntad de hierro y un pensamiento que tenía claro su objetivo.

En la actualidad, es muy común ver trabajos, libros e interesantes publicaciones donde nos alientan a que nos convirtamos en el CEO (siglas inglesas de Chief Executive Officer o director ejecutivo en español) de nuestro propio cerebro. Lo que se intenta ante todo es poner sobre la mesa la necesidad de que todos nosotros logremos comprender cómo funciona el cerebro para tener más control sobre sus procesos.

De hecho, si hay algo que todos sabemos desde hace mucho, es que el ser humano es una compleja entidad guiada y dominada por las emociones. Son ellas quienes nos embisten, nos guían, nos emborrachan a base de dopamina, serotonina y oxitocina y ellas las que nos sumen en ocasiones, en ese naufragio químico que nos ahoga en estados permanentes de tristeza e indefensión.

Ahora bien, en ocasiones, también es muy necesario alzarnos como el CEO de nuestro cerebro para tomar el control y guiarnos hacia el cambio: hacia el bienestar. 
El “secuestro emocional” nos impide crecer

Superar el sesgo de negatividad de nuestro cerebro para fomentar una neuroplasticidad positiva no es nada fácil. No lo es en primer lugar porque muchos de nosotros tenemos como “director ejecutivo” en nuestro cerebro, a un adicto a practicar la autocrítica y a incidir una y otra vez en las mismas ideas y actitudes limitantes como un pequeño hámster dando vueltas a su rueda de juegos.

Muchos expertos del comportamiento humano llaman a esta práctica tan común “la lógica del niño”. Es decir, son momentos en que, sencillamente, nos dejamos secuestrar por nuestras emociones negativas hasta llegar a un extremo de inmadurez absoluta. Para comprenderlo mejor, reflexionemos en un sencillo ejemplo: en el trabajo hemos cometido un error, ese fallo ha supuesto a su vez, que otros sufrieran la consecuencia de ese descuido.

Nuestra mente no deja de repetirnos una y otra vez aquello de “soy idiota, no valgo para esto”. A su vez, el cerebro intensifica aún más este estado recordándote errores pasados e incluso todas las veces que en casa te decían “lo torpe” que eras.

Tus emociones te han arrinconado en esa rueda de hámster donde intensificar la sensación negativa hasta bloquearte, hasta sumirte en un estado de completa indefensión. En lugar de decirte a ti mismo “he cometido un error, voy a aprender de él y mañana lo haré mejor”, has optado directamente por colocarte un adjetivo calificativo “soy idiota”.


Este tipo de sesgos de negatividad que tanto nos caracterizan en diversos momentos de nuestra vida, están guiados por unos procesos muy concretos. Son nuestros estados de ánimo quienes asumen todo el control.

Ahora bien, para convertirnos en un auténtico CEO de nuestro cerebro hay que agarrar las riendas de esos procesos mentales como si fuéramos los auténticos líderes y no un subalterno que se deja avasallar.


jueves, 19 de enero de 2017

¿Conoces ya tu estilo de aprendizaje?

por Marcelo Vazquez Avila






Aprendiendo a Aprender

Es difícil saber qué clase de conocimiento será el más necesario en el futuro, por lo que no tiene sentido enseñarlo por adelantado. En lugar de eso, deberíamos tratar que las personas amen tanto el aprendizaje y aprendan tan bien que sean capaces de aprender cualquier cosa que necesite ser aprendida.

El proceso de “aprender a aprender” implica un grupo de principios y habilidades, que entendidas y utilizadas, ayudan a los aprendices a aprender de manera más eficaz llegando a convertirse en personas que quieren aprender a lo largo de su vida. Mi convicción es que el Aprendizaje puede ser aprendido. Las ventajas que ofrece este proceso a las personas son:

- Saber cómo aprender y sus fortalezas para el aprendizaje.

- Saber cómo pueden motivarse a si mismos y tener la autoestima necesaria para el éxito.

- Descubrir que el aprendizaje visual, a medida que aumenta la cantidad de conceptos, permite que la memoria mantenga por más tiempo dicho conocimiento. Las técnicas empleadas pueden ayudar al aumento de la percepción incluso en las personas con problemas de la atención.

- Descubrir cuál es su Estilo de Aprendizaje.

Los cuatro estilos

Así como tenemos gustos diferentes a la hora de ver una peli o leer novelas, hay que saber qué tipo de persona eres cuando asimilas información y aprendes, para no desilusionarte pensando que no puedes aprender algo, cuando realmente sí que puedes.

Nuestro estilo de aprendizaje viene determinado por diversos factores, pero consideraremos los dos más importantes a mi juicio ya que marcan la diferencia:

1.  cómo asimilas la información más fácilmente,

2.  cómo lidias con esa información y la gestionas para bien.

Recibimos información de muchas maneras pero sólo la asimilamos por medio de nuestros cinco sentidos. Cuatro de ellos van directamente al cerebro –el oído, parte de la vista, el gusto y el tacto. El olfato va a la amígdala y por eso es más rápido de que uno lo registre. Las tres maneras más comunes de recibir la información son los ojos, oídos y a través del cuerpo. Vemos cosas, las oímos, y las experimentamos a menudo relacionándonos con el movimiento y el tacto. Todos tenemos diferentes preferencias y somos capaces de comunicarnos mediante un sistema o estilo representacional distinto.

Eres visual si tiendes a sentarte más derecho y buscas la mirada de la persona que te habla; si prefieres leer sin esperar a que te lean nada y buscando las instrucciones por encima del hombro, por ejemplo. Si eres de los que siempre recuerda una cara y prefiere un mapa a las instrucciones, piensas en metáforas y visualizas conceptos, te gusta tener un estilo de ropa coordinado y eres el primero en saltar a la pizarra para dibujar un diagrama, probablemente dependes más de tus ojos y eres más visual.

En el caso de que te digan a menudo que parece que te quedas en blanco y embobado con la mirada perdida, como si estuvieras soñando con los ojos abiertos, mientras escuchas tus pensamientos; o si te gusta escuchar música y la radio más que otra cosa; si siempre recuerdas un nombre o si te gusta depender de unas instrucciones dichas verbalmente; si te gusta contar chistes y debatir mientras resuelves problemas o incluso hablar por teléfono demasiado, y al final te das cuenta que estás repitiendo las palabras que acabas de oír; o si asientes vigorosamente cuando alguien te habla, tal uso del oído te puede identificar como parte del estilo auditivo.

Y por último, quizás te frustra tener que aguantar toda una reunión o clase sentado sin poder levantarte, y te gusta balancearte en la silla para no aburrirte y estar más atento; o eres de los que juegan con el bolígrafo o lo que tengas en la mesa mientras hablas con alguien; prefieres las actividades al aire libre, o recuerdas mejor lo que pasó en una situación antes que el nombre o la cara de alguien; notas que eres muy expresivo con el cuerpo o del tipo de persona que prefiere arremangarse la camisa y ponerse a hacer las cosas antes que hablar sobre el tema; y además te gusta hacer cualquier actividad mientras hablas y haces negocios, por ejemplo. Todas ésas son características de alguien que depende más de su cuerpo que de la vista o el oído.

Todos hacemos muchas de estas cosas constantemente, y seguro que te estás preguntando qué pasa si haces todas por igual, o si las características te han parecido muy generales. Además, te puedes sentir cómodo en dos estilos y no preferir sólo uno. Es perfectamente normal. Además, dependiendo de la situación, usamos más un estilo que otro. 

Además y como complemento, Bill Lucas (1) explica cuatro estilos de aprendizaje distintos  que se interrelacionan con los tres explicados.

Si eres un “activista”, eres el tipo de persona que se lanza directamente a hacer las cosas. Te gusta la inmediatez de las cosas y eres entusiasta con las cosas nuevas, por lo que sueles hacer las cosas primero y luego pensar lo que has hecho. Te encanta ser activo y en cuanto te dan un problema, te pones a pensar diferentes soluciones. En una reunión o en un grupo sueles ser el último en sentarte, sueles preferir las tormentas de ideas y hablar antes de leer cualquier material, así como te cuesta pensar a largo plazo. Eres sociable por naturaleza y tu lema podría ser “Hay que probar todo al menos una vez.”

Si eres un “reflector”, te gusta más pensar las cosas, alejarte de las experiencias, absorber todos los datos posibles antes de tomar una decisión. Eres de los que cree que hay que estudiar las cosas tal y como son antes de dar una opinión, por lo que probablemente eres cauto por naturaleza. Da la sensación que no participas de lo que te cuentan en una reunión y no te gusta dar tu opinión inmediatamente sin pensarlo antes. Por eso te resulta complicado tomar una decisión inesperada y urgente. Prefieres ver las opciones posibles desde todos los puntos de vista antes de ponerte en marcha. Tu lema sería “Lo pensaré y ya te digo después.”

De ser un “teórico” tiendes a pensar las cosas de una manera lógica hasta que encaje en un patrón determinado, con lo cual te gustan los modelos, los sistemas y las reglas. Te gusta distanciarte y ser analítico, riguroso y puedes cambiar de opinión aunque no se ajuste a tu visión del mundo. Al contrario que un activista, para ti es mejor hablar y discutir de las ideas y estructuras que te interesan aunque no parezcan o sean relevantes para los demás. Te gusta desafiar las suposiciones y no estarás de acuerdo con los demás hasta que lo que se te proponga coincida con tu visión del mundo. Ante algún riesgo, optas por cuantificar lo que no esté seguro, lo que lleva a que no te sientas cómodo con los cambios hasta que tienes claro los patrones y que concuerden como te parece. Más que un lema, siempre te sueles preguntar “¿pero eso cómo encaja con esto otro?”.

Finalmente, un “pragmático” está dispuesto a probar cosas nuevas y experimentarlas, no necesariamente con el entusiasmo de un “activista”. Por eso, si escuchas algo interesante, lo quieres comprobar al momento, con la idea de encontrar también su lado más satisfactorio para ti o los demás. No te suele preocupar no haya una agenda o unos puntos determinados a tratar en una reunión, y te involucras en lo que se ofrezca y haya que discutir. Los demás te pueden calificar como impredecible, al aplicar la última teoría o idea que conozcas a lo que se esté discutiendo o tengas que hacer. Tiene que estimularte para participar y comprometerte, porque si no “desconectas” con facilidad, pensando en tus propias ideas y después sueles pedir que se revisen cosas en las que los demás ya han quedado de acuerdo y han sido aceptadas. Una frase con la que te puedes identificar es “Debe haber una manera mejor”.

Como antes, puedes identificarte con dos estilos, ser un activista callado y un reflector más ruidoso. Y como estas categorías no distinguen cómo prefieres comunicarte, recibir y trabajar con la información, se pueden mezclar con los estilos representacionales. Por ejemplo, puedes ser un teórico auditivo o visual. De esa manera conseguimos como mínimo doce combinaciones posibles entre Visual-Auditivo-Kinestésico y Activista-Reflector-Teórico-Pragmático.

¿Cuál combinación es la tuya?



(1)    Bill Lucas: http://www.casadellibro.com/libro-entrena-tu-mente-aprendizaje-y-desarrollo-de-tus-habilidades-en-el-trabajo/9788449316968/1015466

viernes, 30 de diciembre de 2016

El trabajo personal trae esperanza

por Marcelo Vazquez Avila 





         Termina un año difícil en el que una de las palabras más utilizada ha vuelto a ser CRISIS, una crisis que parecía había ya tocado fondo pero que se empeña aun en permanecer con nosotros durante más tiempo. 

Una crisis que de alguna manera se nos escapa y en la que intervienen variables que no controlamos, las guerras, el fenómeno de la inmigración, el terrorismo, los mercados, la coyuntura, son palabras que utilizamos habitualmente y que reflejan con claridad que muchas de las palancas están en otras manos, no se sabe muy bien cuales, pero al parecer están lejanas y son ubicuas.

Sin embargo hay otras lecturas de la realidad mucho más esperanzadoras. Son lecciones que nos dan personas anónimas que hacen las cosas bien, que plantean nuevas e imaginativas ideas, que hacen de la creatividad y la innovación el ADN de sus empresas, que se esfuerzan con tesón y mantienen ese esfuerzo contra viento y marea.

Será difícil salir de la polifacética crisis como sociedad si no hay cambios estructurales de fondo; de todos modos, el terreno de los cambios estructurales se nos escapa pero si que nos queda otro terreno de juego, el del trabajo y la responsabilidad de cada uno. Eso implica que tenemos que hacer cosas diferentes de las que hacemos y hacerlas probablemente de otra manera y todo eso depende solo de las personas, de nosotros, de que mejoremos nuestras capacidades, de que repensemos lo que hacemos y lo hagamos mejor, con menor coste, con mayor calidad, de que escuchemos a nuestros clientes y les ayudemos en sus negocios, de que aprendamos a ser flexibles y a cambiar si es preciso con rapidez.

Todas esas personas que se esfuerzan, héroes anónimos, 
que son capaces de reinventarse nos están señalando el camino.

jueves, 15 de diciembre de 2016

El cuento de la dualidad Cuerpo y Mente

por Marcelo Vazquez Avila




Que no existe un único tipo de inteligencia lo sabemos desde hace mucho años. Sabemos que hay personas con una gran habilidad lógico-matemática y una reducida inteligencia lingüística, y otras con una inteligencia espacial muy desarrollada y una notable falta de habilidad emocional. La inteligencia espiritual es la que nos permite transcender, crear y, en última instancia, ser felices de una manera profunda y duradera.

¿Podemos hablar de inteligencia espiritual?

Pues, es un tipo de inteligencia que también se la suele llamar existencial o trascendente. Completa el mapa de las inteligencias múltiples que desarrolló, hace más de dos décadas, Howard Gardner. Nos referimos a una inteligencia que nos faculta para preguntar por el sentido de la existencia, para tomar distancia de la realidad, para elaborar proyectos de vida, para trascender la materialidad, para interpretar símbolos y comprender sabidurías de vida. El ser humano es capaz de un conjunto de actividades que se no explican sin referirse a este tipo de inteligencia. Es especialmente cultivada en los grandes maestros espirituales, en los filósofos y artistas, también en los creadores.

El ser humano es alguien que trasciende lo material. Es una unidad de cuerpo y alma. En sentido estricto, no “tenemos” un cuerpo. Más bien vivimos en él, nos expresamos en él, lo gozamos y lo padecemos. Tampoco “tenemos” un espíritu, como si fuera un objeto o una propiedad anexa. Hay en el ser humano algo que escapa a la racionalidad y a la materialidad, una luz de misterio, un absoluto enigma.

Lo espiritual en el ser humano permite el ejercicio de la libertad y crear un mundo interior, tomar distancia de la vida instintiva. Decía Saint Exupéry en El Principito que  “Lo esencial es invisible a los ojos”. No se conoce a un ser humano hasta que no se penetra en su vida espiritual, hasta que no nos da permiso para acceder a este territorio.

Existe una espiritualidad abierta a la trascendencia, pero también una espiritualidad sin Dios, sin iglesia y sin dogmas.

En la primera, el ser humano se halla confrontado a un ser que le trasciende, un ser que halla en la más íntima de sus intimidades, un interlocutor que está ahí y con el que establece un diálogo de amor. Este diálogo es la oración. San Agustín le llamaba maestro interior.

También encontramos otra espiritualidad que entiende el cultivo de la vida espiritual como un diálogo con uno mismo, como una especie de auto  conversación, como diría Miguel de Unamuno. En este segundo caso, existe también vida espiritual, sentido de pertenencia al mundo, incluso puede haber experiencia mística y superación de la dualidad cuerpo y espíritu, pero la diferencia sustancial es que no se reconoce a Dios como interlocutor.

Lo espiritual se expresa en lo corporal, en el gesto, en la palabra,
en el silencio, en el obrar y, de un modo particular, en la creación.
No tiene una vida paralela; está profundamente arraigado en lo material.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Tiempo de Navidad




Un niño se sienta, coge un papel y escribe su carta a los Reyes Magos. Anota uno tras otro los juguetes que anhela, da sus razones para considerar prioritarios a algunos y suplica, por favor, a Sus Majestades que no tengan en cuenta su mal humor y las barbaridades que ha cometido a lo largo del año. Nos enternece observar con qué dedicación escribe cada palabra, cómo dibuja los regalos deseados y la inocencia con la que cree que esa carta llegará a sus regios destinatarios. Más tarde, acompañado por sus padres, lleva la carta al mensajero real. La inocencia encerrada en ese sobre, la ingenuidad del gesto, nos enternece.

Llega finalmente la mágica noche de Reyes y se repiten rutinariamente los preparativos de cada año. Los turrones para sus majestades, la ventana entreabierta para que puedan entrar y el cubo con agua para calmar la sed de los camellos. Una liturgia que se repite año tras año para que los pequeños vivan la noche más maravillosa que hay.

La ternura evoca, un tipo de vínculo, una forma de lazo que nos une a los demás. El padre mira a su hijo la noche de Reyes y también experimenta ternura. Es un vínculo, pero también es un pellizco en el corazón.

En las relaciones humanas es algo fundamental, pero únicamente nos damos cuenta de ello cuando falta. Lo mismo ocurre con otros dones de la vida humana, como la amistad o la salud. Tomamos realmente conciencia de su valor cuando experimentamos su ausencia o bien su vulnerabilidad. La ternura, como la salud corporal, es frágil, pero es una experiencia que nos ennoblece y nos vuelve más humanos.

Resulta difícil imaginar un mundo sin ternura, un universo donde la palabra ternura estuviese definitivamente proscrita. A menudo nos obstinamos con expulsarla del mundo, en hacer caso omiso de su presencia, en excluirla. La inocencia despierta la ternura, y la ternura nos hace confiar en el mundo y en los seres humanos que en él moran.

Lo único que salva a los vínculos humanos de la lógica del interés es la chispa de ternura que somos capaces de experimentar a través de  ellos.

 Si el motivo que nos une al otro es el mero utilitarismo o el simple placer, si lo que nos acerca a los demás es solamente la búsqueda de un beneficio personal, el vínculo desconoce la inocencia, la transparencia y la generosidad. En términos humanos, lo que convierte en valioso a un vínculo es precisamente el acto de entregarse al otro, de librarse a él sin esperar nada a cambio. Cuando dos personas se hacen donación mutua de sí mismas, sin trampas, cartas en la manga y subterfugios, la ternura se encarna en el mundo.

Al experimentar un lazo de esta naturaleza,
la ternura en él nos empuja a seguir viviendo.

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