viernes, 27 de enero de 2017

Hagamos como si ya fuéramos, para convencernos de que podremos ser…




 Somos nuestro propio Director general?

Hagamos como si todo lo bueno ya nos abrazara para que nos alcance antes. Hagamos como si ya fuéramos felices para que nuestras emociones nos convenzan de ello. Creer cada día con firmeza y convicción que merecemos aquello que deseamos, no es ningún acto de egoísmo, de hecho, es el primer paso hacia el crecimiento personal.

Pensemos en ello durante un momento: si nosotros mismos no nos convencemos de que podemos y debemos salir de una depresión, de una relación infeliz o de un trabajo que vulnera nuestros derechos, nadie más lo hará. El auténtico héroe que te ha permitido salir en múltiples ocasiones de esos agujeros negros vitales en los que te has visto inmerso, has sido tú, y el modo en que lo has logrado es sin duda mediante una voluntad de hierro y un pensamiento que tenía claro su objetivo.

En la actualidad, es muy común ver trabajos, libros e interesantes publicaciones donde nos alientan a que nos convirtamos en el CEO (siglas inglesas de Chief Executive Officer o director ejecutivo en español) de nuestro propio cerebro. Lo que se intenta ante todo es poner sobre la mesa la necesidad de que todos nosotros logremos comprender cómo funciona el cerebro para tener más control sobre sus procesos.

De hecho, si hay algo que todos sabemos desde hace mucho, es que el ser humano es una compleja entidad guiada y dominada por las emociones. Son ellas quienes nos embisten, nos guían, nos emborrachan a base de dopamina, serotonina y oxitocina y ellas las que nos sumen en ocasiones, en ese naufragio químico que nos ahoga en estados permanentes de tristeza e indefensión.

Ahora bien, en ocasiones, también es muy necesario alzarnos como el CEO de nuestro cerebro para tomar el control y guiarnos hacia el cambio: hacia el bienestar. 
El “secuestro emocional” nos impide crecer

Superar el sesgo de negatividad de nuestro cerebro para fomentar una neuroplasticidad positiva no es nada fácil. No lo es en primer lugar porque muchos de nosotros tenemos como “director ejecutivo” en nuestro cerebro, a un adicto a practicar la autocrítica y a incidir una y otra vez en las mismas ideas y actitudes limitantes como un pequeño hámster dando vueltas a su rueda de juegos.

Muchos expertos del comportamiento humano llaman a esta práctica tan común “la lógica del niño”. Es decir, son momentos en que, sencillamente, nos dejamos secuestrar por nuestras emociones negativas hasta llegar a un extremo de inmadurez absoluta. Para comprenderlo mejor, reflexionemos en un sencillo ejemplo: en el trabajo hemos cometido un error, ese fallo ha supuesto a su vez, que otros sufrieran la consecuencia de ese descuido.

Nuestra mente no deja de repetirnos una y otra vez aquello de “soy idiota, no valgo para esto”. A su vez, el cerebro intensifica aún más este estado recordándote errores pasados e incluso todas las veces que en casa te decían “lo torpe” que eras.

Tus emociones te han arrinconado en esa rueda de hámster donde intensificar la sensación negativa hasta bloquearte, hasta sumirte en un estado de completa indefensión. En lugar de decirte a ti mismo “he cometido un error, voy a aprender de él y mañana lo haré mejor”, has optado directamente por colocarte un adjetivo calificativo “soy idiota”.


Este tipo de sesgos de negatividad que tanto nos caracterizan en diversos momentos de nuestra vida, están guiados por unos procesos muy concretos. Son nuestros estados de ánimo quienes asumen todo el control.

Ahora bien, para convertirnos en un auténtico CEO de nuestro cerebro hay que agarrar las riendas de esos procesos mentales como si fuéramos los auténticos líderes y no un subalterno que se deja avasallar.


jueves, 19 de enero de 2017

¿Conoces ya tu estilo de aprendizaje?

por Marcelo Vazquez Avila






Aprendiendo a Aprender

Es difícil saber qué clase de conocimiento será el más necesario en el futuro, por lo que no tiene sentido enseñarlo por adelantado. En lugar de eso, deberíamos tratar que las personas amen tanto el aprendizaje y aprendan tan bien que sean capaces de aprender cualquier cosa que necesite ser aprendida.

El proceso de “aprender a aprender” implica un grupo de principios y habilidades, que entendidas y utilizadas, ayudan a los aprendices a aprender de manera más eficaz llegando a convertirse en personas que quieren aprender a lo largo de su vida. Mi convicción es que el Aprendizaje puede ser aprendido. Las ventajas que ofrece este proceso a las personas son:

- Saber cómo aprender y sus fortalezas para el aprendizaje.

- Saber cómo pueden motivarse a si mismos y tener la autoestima necesaria para el éxito.

- Descubrir que el aprendizaje visual, a medida que aumenta la cantidad de conceptos, permite que la memoria mantenga por más tiempo dicho conocimiento. Las técnicas empleadas pueden ayudar al aumento de la percepción incluso en las personas con problemas de la atención.

- Descubrir cuál es su Estilo de Aprendizaje.

Los cuatro estilos

Así como tenemos gustos diferentes a la hora de ver una peli o leer novelas, hay que saber qué tipo de persona eres cuando asimilas información y aprendes, para no desilusionarte pensando que no puedes aprender algo, cuando realmente sí que puedes.

Nuestro estilo de aprendizaje viene determinado por diversos factores, pero consideraremos los dos más importantes a mi juicio ya que marcan la diferencia:

1.  cómo asimilas la información más fácilmente,

2.  cómo lidias con esa información y la gestionas para bien.

Recibimos información de muchas maneras pero sólo la asimilamos por medio de nuestros cinco sentidos. Cuatro de ellos van directamente al cerebro –el oído, parte de la vista, el gusto y el tacto. El olfato va a la amígdala y por eso es más rápido de que uno lo registre. Las tres maneras más comunes de recibir la información son los ojos, oídos y a través del cuerpo. Vemos cosas, las oímos, y las experimentamos a menudo relacionándonos con el movimiento y el tacto. Todos tenemos diferentes preferencias y somos capaces de comunicarnos mediante un sistema o estilo representacional distinto.

Eres visual si tiendes a sentarte más derecho y buscas la mirada de la persona que te habla; si prefieres leer sin esperar a que te lean nada y buscando las instrucciones por encima del hombro, por ejemplo. Si eres de los que siempre recuerda una cara y prefiere un mapa a las instrucciones, piensas en metáforas y visualizas conceptos, te gusta tener un estilo de ropa coordinado y eres el primero en saltar a la pizarra para dibujar un diagrama, probablemente dependes más de tus ojos y eres más visual.

En el caso de que te digan a menudo que parece que te quedas en blanco y embobado con la mirada perdida, como si estuvieras soñando con los ojos abiertos, mientras escuchas tus pensamientos; o si te gusta escuchar música y la radio más que otra cosa; si siempre recuerdas un nombre o si te gusta depender de unas instrucciones dichas verbalmente; si te gusta contar chistes y debatir mientras resuelves problemas o incluso hablar por teléfono demasiado, y al final te das cuenta que estás repitiendo las palabras que acabas de oír; o si asientes vigorosamente cuando alguien te habla, tal uso del oído te puede identificar como parte del estilo auditivo.

Y por último, quizás te frustra tener que aguantar toda una reunión o clase sentado sin poder levantarte, y te gusta balancearte en la silla para no aburrirte y estar más atento; o eres de los que juegan con el bolígrafo o lo que tengas en la mesa mientras hablas con alguien; prefieres las actividades al aire libre, o recuerdas mejor lo que pasó en una situación antes que el nombre o la cara de alguien; notas que eres muy expresivo con el cuerpo o del tipo de persona que prefiere arremangarse la camisa y ponerse a hacer las cosas antes que hablar sobre el tema; y además te gusta hacer cualquier actividad mientras hablas y haces negocios, por ejemplo. Todas ésas son características de alguien que depende más de su cuerpo que de la vista o el oído.

Todos hacemos muchas de estas cosas constantemente, y seguro que te estás preguntando qué pasa si haces todas por igual, o si las características te han parecido muy generales. Además, te puedes sentir cómodo en dos estilos y no preferir sólo uno. Es perfectamente normal. Además, dependiendo de la situación, usamos más un estilo que otro. 

Además y como complemento, Bill Lucas (1) explica cuatro estilos de aprendizaje distintos  que se interrelacionan con los tres explicados.

Si eres un “activista”, eres el tipo de persona que se lanza directamente a hacer las cosas. Te gusta la inmediatez de las cosas y eres entusiasta con las cosas nuevas, por lo que sueles hacer las cosas primero y luego pensar lo que has hecho. Te encanta ser activo y en cuanto te dan un problema, te pones a pensar diferentes soluciones. En una reunión o en un grupo sueles ser el último en sentarte, sueles preferir las tormentas de ideas y hablar antes de leer cualquier material, así como te cuesta pensar a largo plazo. Eres sociable por naturaleza y tu lema podría ser “Hay que probar todo al menos una vez.”

Si eres un “reflector”, te gusta más pensar las cosas, alejarte de las experiencias, absorber todos los datos posibles antes de tomar una decisión. Eres de los que cree que hay que estudiar las cosas tal y como son antes de dar una opinión, por lo que probablemente eres cauto por naturaleza. Da la sensación que no participas de lo que te cuentan en una reunión y no te gusta dar tu opinión inmediatamente sin pensarlo antes. Por eso te resulta complicado tomar una decisión inesperada y urgente. Prefieres ver las opciones posibles desde todos los puntos de vista antes de ponerte en marcha. Tu lema sería “Lo pensaré y ya te digo después.”

De ser un “teórico” tiendes a pensar las cosas de una manera lógica hasta que encaje en un patrón determinado, con lo cual te gustan los modelos, los sistemas y las reglas. Te gusta distanciarte y ser analítico, riguroso y puedes cambiar de opinión aunque no se ajuste a tu visión del mundo. Al contrario que un activista, para ti es mejor hablar y discutir de las ideas y estructuras que te interesan aunque no parezcan o sean relevantes para los demás. Te gusta desafiar las suposiciones y no estarás de acuerdo con los demás hasta que lo que se te proponga coincida con tu visión del mundo. Ante algún riesgo, optas por cuantificar lo que no esté seguro, lo que lleva a que no te sientas cómodo con los cambios hasta que tienes claro los patrones y que concuerden como te parece. Más que un lema, siempre te sueles preguntar “¿pero eso cómo encaja con esto otro?”.

Finalmente, un “pragmático” está dispuesto a probar cosas nuevas y experimentarlas, no necesariamente con el entusiasmo de un “activista”. Por eso, si escuchas algo interesante, lo quieres comprobar al momento, con la idea de encontrar también su lado más satisfactorio para ti o los demás. No te suele preocupar no haya una agenda o unos puntos determinados a tratar en una reunión, y te involucras en lo que se ofrezca y haya que discutir. Los demás te pueden calificar como impredecible, al aplicar la última teoría o idea que conozcas a lo que se esté discutiendo o tengas que hacer. Tiene que estimularte para participar y comprometerte, porque si no “desconectas” con facilidad, pensando en tus propias ideas y después sueles pedir que se revisen cosas en las que los demás ya han quedado de acuerdo y han sido aceptadas. Una frase con la que te puedes identificar es “Debe haber una manera mejor”.

Como antes, puedes identificarte con dos estilos, ser un activista callado y un reflector más ruidoso. Y como estas categorías no distinguen cómo prefieres comunicarte, recibir y trabajar con la información, se pueden mezclar con los estilos representacionales. Por ejemplo, puedes ser un teórico auditivo o visual. De esa manera conseguimos como mínimo doce combinaciones posibles entre Visual-Auditivo-Kinestésico y Activista-Reflector-Teórico-Pragmático.

¿Cuál combinación es la tuya?



(1)    Bill Lucas: http://www.casadellibro.com/libro-entrena-tu-mente-aprendizaje-y-desarrollo-de-tus-habilidades-en-el-trabajo/9788449316968/1015466

viernes, 30 de diciembre de 2016

El trabajo personal trae esperanza

por Marcelo Vazquez Avila 





         Termina un año difícil en el que una de las palabras más utilizada ha vuelto a ser CRISIS, una crisis que parecía había ya tocado fondo pero que se empeña aun en permanecer con nosotros durante más tiempo. 

Una crisis que de alguna manera se nos escapa y en la que intervienen variables que no controlamos, las guerras, el fenómeno de la inmigración, el terrorismo, los mercados, la coyuntura, son palabras que utilizamos habitualmente y que reflejan con claridad que muchas de las palancas están en otras manos, no se sabe muy bien cuales, pero al parecer están lejanas y son ubicuas.

Sin embargo hay otras lecturas de la realidad mucho más esperanzadoras. Son lecciones que nos dan personas anónimas que hacen las cosas bien, que plantean nuevas e imaginativas ideas, que hacen de la creatividad y la innovación el ADN de sus empresas, que se esfuerzan con tesón y mantienen ese esfuerzo contra viento y marea.

Será difícil salir de la polifacética crisis como sociedad si no hay cambios estructurales de fondo; de todos modos, el terreno de los cambios estructurales se nos escapa pero si que nos queda otro terreno de juego, el del trabajo y la responsabilidad de cada uno. Eso implica que tenemos que hacer cosas diferentes de las que hacemos y hacerlas probablemente de otra manera y todo eso depende solo de las personas, de nosotros, de que mejoremos nuestras capacidades, de que repensemos lo que hacemos y lo hagamos mejor, con menor coste, con mayor calidad, de que escuchemos a nuestros clientes y les ayudemos en sus negocios, de que aprendamos a ser flexibles y a cambiar si es preciso con rapidez.

Todas esas personas que se esfuerzan, héroes anónimos, 
que son capaces de reinventarse nos están señalando el camino.

jueves, 15 de diciembre de 2016

El cuento de la dualidad Cuerpo y Mente

por Marcelo Vazquez Avila




Que no existe un único tipo de inteligencia lo sabemos desde hace mucho años. Sabemos que hay personas con una gran habilidad lógico-matemática y una reducida inteligencia lingüística, y otras con una inteligencia espacial muy desarrollada y una notable falta de habilidad emocional. La inteligencia espiritual es la que nos permite transcender, crear y, en última instancia, ser felices de una manera profunda y duradera.

¿Podemos hablar de inteligencia espiritual?

Pues, es un tipo de inteligencia que también se la suele llamar existencial o trascendente. Completa el mapa de las inteligencias múltiples que desarrolló, hace más de dos décadas, Howard Gardner. Nos referimos a una inteligencia que nos faculta para preguntar por el sentido de la existencia, para tomar distancia de la realidad, para elaborar proyectos de vida, para trascender la materialidad, para interpretar símbolos y comprender sabidurías de vida. El ser humano es capaz de un conjunto de actividades que se no explican sin referirse a este tipo de inteligencia. Es especialmente cultivada en los grandes maestros espirituales, en los filósofos y artistas, también en los creadores.

El ser humano es alguien que trasciende lo material. Es una unidad de cuerpo y alma. En sentido estricto, no “tenemos” un cuerpo. Más bien vivimos en él, nos expresamos en él, lo gozamos y lo padecemos. Tampoco “tenemos” un espíritu, como si fuera un objeto o una propiedad anexa. Hay en el ser humano algo que escapa a la racionalidad y a la materialidad, una luz de misterio, un absoluto enigma.

Lo espiritual en el ser humano permite el ejercicio de la libertad y crear un mundo interior, tomar distancia de la vida instintiva. Decía Saint Exupéry en El Principito que  “Lo esencial es invisible a los ojos”. No se conoce a un ser humano hasta que no se penetra en su vida espiritual, hasta que no nos da permiso para acceder a este territorio.

Existe una espiritualidad abierta a la trascendencia, pero también una espiritualidad sin Dios, sin iglesia y sin dogmas.

En la primera, el ser humano se halla confrontado a un ser que le trasciende, un ser que halla en la más íntima de sus intimidades, un interlocutor que está ahí y con el que establece un diálogo de amor. Este diálogo es la oración. San Agustín le llamaba maestro interior.

También encontramos otra espiritualidad que entiende el cultivo de la vida espiritual como un diálogo con uno mismo, como una especie de auto  conversación, como diría Miguel de Unamuno. En este segundo caso, existe también vida espiritual, sentido de pertenencia al mundo, incluso puede haber experiencia mística y superación de la dualidad cuerpo y espíritu, pero la diferencia sustancial es que no se reconoce a Dios como interlocutor.

Lo espiritual se expresa en lo corporal, en el gesto, en la palabra,
en el silencio, en el obrar y, de un modo particular, en la creación.
No tiene una vida paralela; está profundamente arraigado en lo material.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Tiempo de Navidad




Un niño se sienta, coge un papel y escribe su carta a los Reyes Magos. Anota uno tras otro los juguetes que anhela, da sus razones para considerar prioritarios a algunos y suplica, por favor, a Sus Majestades que no tengan en cuenta su mal humor y las barbaridades que ha cometido a lo largo del año. Nos enternece observar con qué dedicación escribe cada palabra, cómo dibuja los regalos deseados y la inocencia con la que cree que esa carta llegará a sus regios destinatarios. Más tarde, acompañado por sus padres, lleva la carta al mensajero real. La inocencia encerrada en ese sobre, la ingenuidad del gesto, nos enternece.

Llega finalmente la mágica noche de Reyes y se repiten rutinariamente los preparativos de cada año. Los turrones para sus majestades, la ventana entreabierta para que puedan entrar y el cubo con agua para calmar la sed de los camellos. Una liturgia que se repite año tras año para que los pequeños vivan la noche más maravillosa que hay.

La ternura evoca, un tipo de vínculo, una forma de lazo que nos une a los demás. El padre mira a su hijo la noche de Reyes y también experimenta ternura. Es un vínculo, pero también es un pellizco en el corazón.

En las relaciones humanas es algo fundamental, pero únicamente nos damos cuenta de ello cuando falta. Lo mismo ocurre con otros dones de la vida humana, como la amistad o la salud. Tomamos realmente conciencia de su valor cuando experimentamos su ausencia o bien su vulnerabilidad. La ternura, como la salud corporal, es frágil, pero es una experiencia que nos ennoblece y nos vuelve más humanos.

Resulta difícil imaginar un mundo sin ternura, un universo donde la palabra ternura estuviese definitivamente proscrita. A menudo nos obstinamos con expulsarla del mundo, en hacer caso omiso de su presencia, en excluirla. La inocencia despierta la ternura, y la ternura nos hace confiar en el mundo y en los seres humanos que en él moran.

Lo único que salva a los vínculos humanos de la lógica del interés es la chispa de ternura que somos capaces de experimentar a través de  ellos.

 Si el motivo que nos une al otro es el mero utilitarismo o el simple placer, si lo que nos acerca a los demás es solamente la búsqueda de un beneficio personal, el vínculo desconoce la inocencia, la transparencia y la generosidad. En términos humanos, lo que convierte en valioso a un vínculo es precisamente el acto de entregarse al otro, de librarse a él sin esperar nada a cambio. Cuando dos personas se hacen donación mutua de sí mismas, sin trampas, cartas en la manga y subterfugios, la ternura se encarna en el mundo.

Al experimentar un lazo de esta naturaleza,
la ternura en él nos empuja a seguir viviendo.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Comenzando a ser creativos



Fantasía versus Sentido de la realidad
Albert Einstein escribió que las dos formas más sublimes de escapar de la realidad que los seres humanos habían creado eran el arte y la ciencia. Y considerando que son dos modos de acceder mediante la imaginación a mundos diferentes de la realidad cotidiana, realmente son modos de ir más allá de ella misma.
Pero aquello que imaginan los individuos creativos y que se convierte en ideas novedosas y en realidades que hacen avanzar, que hacen evolucionar a la humanidad, ha sido previamente considerado por la sociedad como fantasías sin conexión alguna con la realidad. 
Tal vez un ejemplo muy significativo que nos sirve para ilustrar esta situación paradigmática es el artista del renacimiento por excelencia, Leonardo da Vinci. 
Leonardo fue una de las personas más sabias y polifacéticas que han  existido. El universo entero –desde las alas de una libélula hasta la creación del mundo– fue el patio de recreo de su curiosa inteligencia.
No hay duda de que tenía una mente extraordinaria y una capacidad asombrosa para ver lo que otros no venían.  Pero las seis mil páginas de notas y dibujos detallados presentan clara evidencia de un estudiante diligente y curioso, un perpetuo aprendiz en búsqueda laboriosa de sabiduría en constante exploración, cuestionamiento y prueba.
Para ser creativos es esencial expandir la mente.  Por tanto, invertir con regularidad en oportunidades de aprendizaje es uno de los más grandes dones que puedes otorgarte.

El primer paso hacia una vida mas creativa es el paulatino cultivo hacia la curiosidad y el interés, es decir, asignar más atención a las cosas por sí mismas ! 


No es necesario que el objeto sea útil, ni atractivo o valioso, con tal de que sea algo misterioso ya es digno de atención. Cuando algo te haga saltar al menos una chispa de interés, prestale atención. 



Habitualmente, cuando algo capta nuestra atención -una idea, una canción, un comentario, una foto- la impresión suele ser muy breve. 


Estamos demasiado ocupados para examinar detenidamente ese hecho que acaba de ocurrir frente a nosotros distraídamente; o creemos que no es asunto de nuestra incumbencia... 


Por supuesto que sí! pensar eso es una tontería mayúscula, Creo, modestamente, que el mundo entero nos incumbe y que de cualquier lugar de la realidad que nos rodea, no sabemos a ciencia cierta, que parte de ella se ajustará mejor o peor a nuestro yo, a nuestras potencialidades, a menos que hagamos un esfuerzo por aprender de tantos aspectos de esa realidad como sea posible. 


Aprendamos a detenernos y observarla con nuevos ojos...

viernes, 4 de noviembre de 2016

¿Somos emocionalmente inteligentes?





“Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse
con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno,
con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente,
no resulta tan sencillo”
Aristóteles




 Somos una persona emocionalmente inteligente?

Una persona emocionalmente inteligente es aquella que tiene la capacidad de manejar los sentimientos propios y ajenos. Las personas emocionalmente inteligentes tienen a una serie de hábitos y comportamientos que contribuyen a su capacidad de gestionar sus propias emociones y comprender los sentimientos de los demás.

Podemos hablar de 5 características que ayudarán a identificar nuestra inteligencia emocional, según reconozcamos que nos resultan relativamente familiares en nuestra actuación diaria.

1 – Las personas emocionalmente inteligentes prestan atención a lo que están sintiendo. Daniel Goleman identifica la autoconciencia como uno de los componentes clave de la inteligencia emocional. La autoconciencia consiste en la capacidad de reconocer los estados de ánimo, emociones y sentimientos.

Parte de la autoconciencia también implica ser consciente de cómo las emociones y estados de ánimo influyen en otras personas. Esta capacidad de controlar los propios estados emocionales es un requisito básico para la inteligencia emocional.

2 – Las personas emocionalmente inteligentes identifican cómo se sienten otras personas. La empatía es otro de los elementos principales que Goleman relaciona con la inteligencia emocional. La empatía implica la capacidad de comprender las emociones de otras personas.

Con el fin de interactuar con otras personas en múltiples ámbitos de la vida,  las personas emocionalmente inteligentes son capaces de saber lo que otros están sintiendo. Si un compañero de trabajo o un cliente, está molesto o frustrado, sabiendo lo que siente, se le puede dar una mejor idea de cómo responder.

3 – Las personas emocionalmente inteligentes son capaces de regular sus emociones. La autorregulación es absolutamente fundamental para la inteligencia emocional. La comprensión de sus emociones es grande por parte de las personas de las que estamos hablando, pero no es particularmente útil si no se puede hacer uso práctico de este conocimiento. 

Por eso, las personas emocionalmente inteligentes piensan, antes de actuar, sobre sus sentimientos. Están en sintonía con lo que sienten, pero no permiten que sus emociones gobiernen, cotrolando sus vidas.

4 – Las personas emocionalmente inteligentes tienen claras habilidades sociales
Probablemente, esto sea debido, al menos en parte, a que saben estar en sintonía con sus propios sentimientos, así como con los de los demás. Ellas saben cómo tratar con la gente de manera efectiva, mantener relaciones sociales saludables y por lo tanto contribuir al éxito de aquellos que les rodean.

5 – Las personas emocionalmente inteligentes son capaces de identificar correctamente las causas de sus emociones y también a hablar de ellas a los demás cuando es conveniente.

Las personas emocionalmente inteligentes son capaces de ver la situación e identificar correctamente la verdadera fuente de sus sentimientos. Al principio esto puede parecer una tarea fácil, pero en la realidad no lo es, porque la vida emocional suele ser complicada. Localizar la fuente exacta de los sentimientos puede ser particularmente difícil en casos relacionados con emociones fuertes, como el amor o la ira o el dolor.

Mejorar la inteligencia emocional es algo que requiere trabajo,
pero se puede conseguir. Es más, es completamente
necesario si se quiere progresar a nivel personal y mejorar
las relaciones con los demás.

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