martes, 8 de noviembre de 2011

Las crisis y sus oportunidades



por JOSÉ MARÍA ROMERA

Una crisis como la que sufrimos constituye también una oportunidad: 
la de estimular la capacidad de fortalecerse en medio de las adversidades

A raíz de la crisis económica mundial, junto al discurso derrotista y a veces apocalíptico extendido como consecuencia lógica de la situación se oyen otras voces que tratan de contagiar esperanza, optimismo o alguna forma de energía. No son pocas. Si uno anota en el buscador Google la frase «crisis is opportunity», encontrará más de 650.000 páginas web donde se repite como un estimulante mantra, dicha o escrita por intelectuales, políticos, sociólogos, sindicalistas y gurúes del coaching empresarial y el liderazgo creativo. Al afirmar que «la crisis es una oportunidad» -400.000 referencias en castellano- se está diciendo lo que la sabiduría popular ya reflejaba con el adagio de «no hay mal que por bien no venga»: que hasta en las circunstancias más adversas es posible obtener alguna clase de provecho.
No podemos evitar los males que nos sobrevienen, pero sí corregir nuestra actitud a la hora de afrontarlos. Si nos dejamos llevar por la pesadumbre es muy probable que no alcancemos a percibir el lado positivo que se esconde en muchas de las pequeñas o grandes contrariedades de la vida.

Como explica Boris Cyrulnik, el problema suele provenir de la tendencia general a dar respuestas tristes a situaciones tristes, a concentrar nuestra mirada más en los que sucumben que en los que se levantan después de un tropiezo. Estamos instalados en una cultura del victimismo (1) que concede mayor autoridad al llanto que a la sonrisa y que considera poco menos que un sacrilegio el hecho de buscar la parte beneficiosa de los sucesos dolorosos o traumáticos.

«Lo que no me mata, me hace más fuerte», sostenía Nietzsche anticipándose a lo que decenios después la psicología iba a denominar 'resiliencia': la capacidad de fortalecerse en medio de las adversidades y de mejorar donde otros sienten que el mundo se les viene encima. Es cierto que ante determinados males de dimensiones devastadoras no hay ser humano capaz de ofrecer resistencia. Pero incluso en estos casos el damnificado tiene que elegir entre salir adelante o dejarse arrastrar por la corriente destructiva.

El estoico Epicteto, convencido de que «lo que perturba a los hombres no son los sucesos, sino las opiniones que tenemos acerca acerca de los sucesos», aconsejaba huir del llanto, de la queja y la protesta estéril que sólo servía para incrementar los efectos del mal, y sustituirlos por la reflexión. En el peor de los casos, siempre obtendremos una ganancia: la del aprendizaje y la experiencia.

Es cierto que el «no hay mal que por bien no venga» suele esconder una intención perversa, cuando el mal en que se piensa es el de los demás y el bien, el propio. Abundan los negocios de la desgracia que enriquecen a los industriales en la guerra y a los profetas en las epidemias. O piénsese en el dilema moral que plantea la evidencia de que si no hubiera accidentes de carretera dejarían de practicarse trasplantes de órganos y por tanto morirían más personas en los hospitales.

No se trata de buscar el mal para lucrar con él. La cuestión es formar el carácter y la mente –desarrollar resiliencia- para afrontar los reveses intentando minimizar sus efectos negativos y, si es posible, sacar ganancias de los positivos.

Aprender a valorar

Rara vez las personas que han alcanzado el éxito llegaron a él por un camino de rosas. Por regla general, las mejoras se obtienen a través de una sucesión de conquistas y de fracasos, de alegrías y de penas. Los seres más felices suelen ser aquellos que han transformado su vida a partir de grandes crisis. Porque sin al menos una pizca de dolor, de conflicto, de problema, es improbable que nadie aprenda a valorar aquello que posee o que alcanza y a desarrollar capacidades de resolución.

Cualquier proceso de crecimiento -desde el personal hasta el empresarial- pasa por una o varias crisis. Ellas nos obligan a ser imaginativos y audaces, a actuar con realismo, a tomar precauciones, a buscar salidas distintas a las consabidas, a adquirir nuevos útiles intelectuales y psicológicos, en suma: a madurar.

¿Habrá entonces que dar la razón a aquellos pedagogos lúgubres que sostenían que «la letra, con sangre entra»? ¿Tendremos que flagelarnos física o moralmente para así experimentar el dolor y, como consecuencia de ello, apreciar el bienestar al que de ordinario no damos importancia? No se trata de predicar una pedagogía del sufrimiento por el sufrimiento. La existencia ya nos pone bastantes obstáculos en el camino como para no tener que agregarles otros dolores. Es el mal inevitable, ajeno a nuestro control, el que nos emplaza a reaccionar con un estilo u otro. Resulta duro pero a la vez simple: o escogemos el abatimiento destructivo, o reaccionamos buscando el lado bueno, por insignificante que sea visto al lado del malo.

Tras la inevitable fase de hundimiento que sucede a una separación se abre el horizonte de la libertad para rehacer la propia vida y la expectativa de nuevos encuentros.
Las enfermedades graves nos enseñan a apreciar las pequeñas cosas cotidianas que antes nos pasaban inadvertidas.

Cuando sufrimos un desengaño nos queda la lección del escarmiento. Muchas de las épocas de mayor florecimiento artístico y cultural han coincidido con regímenes políticos opresivos cuya censura obligaba a los creadores a desarrollar recursos creativos que quizá no habrían descubierto en caso de vivir en atmósferas más propicias.

En definitiva: hay que recibir con buena cara esas ocasiones que nos brinda el azar para hacer de la necesidad virtud. Es decir, las crisis convertidas en oportunidades


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