martes, 27 de diciembre de 2011

Escuchar y dialogar comienza con respetar


por Marcelo Vázquez Avila

La escucha profunda comienza con el respeto. Respetar significa, entre otras cosas, honrar los límites de la gente, ser sensibles a ellos sin tratar de forzarlos, sin querer que se adapten a nuestras propias ideas. Respetar significa también no distanciarse de las personas cuando dicen algo que no nos gusta. Respetar es, por último, comprender que muchos pueden enseñarnos algo.

Para un diálogo efectivo es imprescindible desarrollar nuestra capacidad de escucha. Escuchar no sólo es seguir con atención el flujo de palabras, sino abrazar, aceptar y gradualmente dejar de lado nuestro propio clamor interior. Conforme exploramos nuestra capacidad de escucha, descubriremos que se trata de una actividad expansiva. Nos permitirá percibir de una forma más directa las diferentes maneras en que participamos en el mundo que nos rodea.

Pero escuchar, algo que a menudo damos por sentado, no es fácil, y raramente estamos preparados para ello. Cuando intentamos realmente escuchar, descubrimos que resulta extraordinariamente difícil, porque siempre estamos proyectando nuestras opiniones e ideas, nuestros prejuicios, nuestro pasado, nuestros deseos o impulsos. Cuando estas voces son dominantes, apenas podemos escuchar lo que realmente se está hablando. Ese estado no tiene ningún valor para la escucha. Una persona escucha, y por tanto aprende, sólo cuando se coloca en un estado de atención, de silencio, en el que todo este ruido de fondo permanece suspendido, quieto. Sólo entonces, en mi opinión, es posible llegar a dialogar.

Escuchar es, por tanto, desarrollar un silencio interior. No es un hábito familiar para la mayoría de nosotros. A menudo, prestamos más atención a lo que ocurre dentro de nosotros, cuando lo que realmente se requiere es una cierta disciplina para el olvido, y poder crear así el espacio necesario en el que se puede dar la escucha.

Aprender a escuchar comienza por reconocer nuestra actual manera de hacerlo. Es necesario desaprender. Normalmente no somos muy conscientes de cómo escuchamos. Podemos empezar, escuchándonos primero a nosotros mismos y a nuestras propias reacciones. Intenta identificar con cuidado lo que sientes. Si llegas a percibir tus propios sentimientos, podrás conectar más fácilmente con tu corazón y con tu propia experiencia. Para aprender a estar presentes, tenemos que aprender a reconocer nuestros sentimientos en cada instante.

La falta de un canal adecuado para expresar nuestro sentir parece obvia si observamos la tensión que se genera en muchas de nuestras comunicaciones y que distancia por igual a padres e hijos, marido y mujer, amigos y a los colegas de la empresa en la que trabajamos.

Nos hemos vuelto unos expertos en enviar algunos de nuestras sentimientos, como el miedo, la desesperanza, la frustración, al sótano de nuestra casa y pensamos que se quedarían allí, quietecitos y sin protestar. Sin embargo llega un momento en que esa emocionalidad se escapa, sale como un torbellino, desproporcionada a su causa, arrasando y destruyendo lo que encuentra a su paso, aunque sea una relación muy querida. La falta de destreza en la gestión de nuestras emociones ha venido a ser una de las principales causas por las que enfermamos hasta asociarse a un aumento del colesterol y de los triglicéridos en sangre. Pienso que el hablar claro en el momento preciso y de manera directa es clave. 

Hemos de aprender a conversar, para tener la confianza necesaria y poder escuchar lo que ha de ser escuchado y expresar la sinceras emociones que queremos transmitir para que exista comprensión y conexión en nuestros diálogos.


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