martes, 27 de septiembre de 2011

El día en que sea Feliz…


La transformación del sufrimiento
 
«En la vida hay sufrimiento, así como derrotas. Nadie los puede evitar. Pero es mejor perder alguna de las batallas en la lucha por tus sueños que ser derrotado sin ni siquiera conocer por lo que estás luchando.»
                                                                                                        Paulo Coelho

Cuentan que una mujer que acababa de perder a su hijo se acercó a Buda pidiéndole un milagro que le devolviera a la vida, incapaz de soportar su pena. El Maestro le aconsejó que aportara un puñado de tierra de una casa que jamás hubiera sido tocada por la muerte. La mujer llamó a cada puerta y obtuvo siempre la misma respuesta… entonces volvió a Buda con la lección aprendida, al darse cuenta de que todas las casas habían pasado por un duelo. Tras lo cual, él la confortó con palabras de amor y sabiduría.  Le explicó que el dolor, o la frustración, son innatos al ser humano.

En otras palabras, pasamos nuestro tiempo intentando resolver problemas irresolubles, dibujar un círculo cuadrado, tener luz sin oscuridad, bañarnos sin mojarnos, amordazar la realidad para siempre. Pero, la experiencia del sufrimiento es un hecho fehaciente que la vida revela, incluso a los más afortunados. Muchos de nosotros intentamos agazaparnos, escondernos detrás de nuestras posesiones con el fin de comprar un seguro que nos liberará del dolor. ¿Es esto posible? Cuando alguien sufre tiende a exclamar: «¡Por qué tuvo que ocurrirme esto!», recelando del sinsentido del mal y consternado por su (mala) suerte. El caso es que nadie se pregunta cuando ha ganado la lotería: «¿Por qué tuvo que pasarme esto a mí?».

De algún modo, sentimos que el bienestar nos corresponde. El sufrimiento se agudiza además por la resistencia y miedo que tenemos al dolor. Lo pasamos peor por la congoja que nos embarga, por la autocompasión de vernos afectados ante una situación difícil, por la injusticia de la que nos sentimos objeto. El dolor abarca, por supuesto, el físico, pero también el moral: el padecimiento debido a la impotencia y a la frustración. Para Buda el sufrimiento consistía en «nacer, envejecer, enfermar, estar atado a lo que uno detesta, apartarse de lo que uno ama, no poder gozar de lo que uno desea». Si bien no es posible evitar el dolor en ciertos momentos, el sufrimiento sí.

En la sociedad del bienestar occidental en la que estamos inmersos, los avances de la medicina y las imágenes publicitarias contribuyen a convencernos de que el dolor no forma parte de las vicisitudes de la vida; si sufrimos es porque nos encontramos en el lado menos afortunado de la barrera, y nos culpamos por haber fracasado. Parece como si hubiéramos sido relegados en el reparto del Universo y de algún modo no nos hubiera tocado la parte privilegiada que merecíamos. No forma parte de los parámetros habituales por los que nos regimos, no lo toleramos; lo rechazamos, le damos la espalda, no podemos soportar que nos hieran las espinas de la vida. En ocasiones vivimos acelerados, rodeados de objetos, distraídos con actividades de diversa índole, despistados con el ruido exterior para no asumir ese dolor como parte inexorable de nuestras vidas. Sin embargo, negarlo no es superarlo, y ello constituye una de las mayores causas de los problemas mentales. Los traumas aparecen como consecuencia de ese rechazo, acarreando ansiedad, angustias e incluso depresiones. La solución no radica en la huida —aunque ésta sea hacia delante—, porque soslayar el sufrimiento y tratar de olvidarlo sólo aporta un breve reposo, pues siempre está ahí a un nivel profundo y latente. La clave es la trascendencia del mismo mediante la toma de conciencia.

En nuestros tiempos, las grandes religiones mundiales sufren de anemia progresiva, ya que millones de personas han perdido la fe en ellas. Tales personas ya no entienden la religión de sus mayores. Mientras la vida se desliza suavemente sin espiritualidad, la pérdida permanece tan aceptable como inadvertida. Pero cuando aparecen las amarguras, las cosas cambian. Es entonces cuando la gente comienza a buscar una salida y a reflexionar acerca del significado de la vida y sus turbadoras y penosas experiencias.

Si abrimos los ojos sin miedo a la realidad, veremos que,  no tienes más que poner los pies en la calle para comprobar la exactitud de esta afirmación. El dolor  es intrínseco a la existencia y resalta de manera palpable. En nuestra sociedad hay una tendencia a ocultarlo, se disimula, se ignora. Así resulta imposible trabajar por liberarse de él.

Nietzsche decía: «No hay razón para el sufrimiento, pero si éste llega y trata de meterse en tu vida, no temas; míralo a la cara y con la frente bien levantada».

En efecto, sin una actitud valiente es imposible progresar.

En una de sus canciones, Leonard Cohen menciona algo profundamente sabio que todos deberíamos recordar cuando las circunstancias vitales se vuelven cuesta arriba:

«Hay una grieta, una grieta en todas las cosas. Es así como la luz entra.»

Algunas religiones anunciaron el dolor como representación del castigo que infligen los dioses, análogo al castigo del padre al hijo para que aprenda. Como comentaba antes, en nuestra cultura se piensa más bien que es un desvío, un descuido en la autopista del placer. Para la filosofía china, placer y dolor son dos caras opuestas de una misma moneda que rigen la armonía de todo lo existente, y que se simbolizan en las dos energías complementarias: el yin y el yang. Sufrimos porque hemos gozado, no como castigo por haber gozado.

Lao-Tse dijo: «Sólo reconocemos el mal por comparación con el bien».

Es decir, es un signo natural de la dualidad en la que nos movemos. Los opuestos son tan heterogéneos como el día y la noche, pero el punto esencial es que sin la noche no seríamos ni siquiera capaces de reconocer lo que llamamos día. Destruir lo negativo consiste al mismo tiempo en destruir toda posibilidad de disfrutar de lo positivo. Es por ello que, cuanto más éxito tenemos en lo que llamamos progreso, más fracasamos en extirpar los aspectos menos deseados de la existencia y, en consecuencia, más aguda se vuelve nuestra frustración. La raíz de la dificultad se halla en nuestra tendencia a contemplar los opuestos como irreconciliables, totalmente separados entre sí, disociados el uno del otro. Y, sin embargo, son inseparables, comparten una identidad implícita y son mutuamente interdependientes al ser incapaces de existir el uno sin el otro. Al examinarlo de este modo, es obvio que no hay dentro sin fuera, despertar sin dormir, cielo sin tierra, placer sin dolor, vida sin muerte. El sufrimiento es el encargado de liberarnos de los engaños, y sólo estando expuesto a él se puede alcanzar la felicidad.

Algunos filósofos radicales propusieron en el pasado exterminar el placer para evitar el dolor, pensando que al no gozar también dejaríamos de sufrir. Pero ¿realmente podemos escapar de esta fuerza conmovedora que es capaz de arrastrarnos y arrasar todo a su paso, cual ciclón impetuoso caribeño? Muchos de los males que nos aquejan son inevitables y con frecuencia se hallan fuera de nuestro alcance:  muere un ser querido y no pudimos hacer nada por evitarlo… ¿Quién se encuentra al resguardo de estos acontecimientos?

A veces envidiamos a algunos que parecen nacer con una cuchara de plata en la boca, y a los que parece que todo les sale bien. Sin embargo, esta supuesta suerte tiene menos que ver con el azar de lo que pudiéramos creer, y mucho más con mantener una actitud positiva ante lo que sucede.  Precisamente el padre de la psicología positiva, Martin Seligman, tiene un libro que se titula "El optimismo aprendido", en el que explica que el optimismo se puede aprender e inculcar desde la niñez, y se puede enseñar a los hijos a ser capaces de adaptarse con flexibilidad a las dificultades sin recurrir a la frustración y la negatividad, confiando en que si no caemos en el desaliento, podremos conseguir lo que nos propongamos, y lo más importante, “ser felices sin esperar a que nuestra vida sea perfecta."

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