jueves, 26 de enero de 2012

La fuerza del entusiasmo (I)


por Marcelo Vázquez Avila

El movimiento se demuestra andando

La palabra entusiasmo proviene del griego y significa tener un Dios dentro de sí. El sustantivo  procede del griego enthousiasmós, formado sobre la preposición en y el sustantivo theós (dios), lo que suele traducirse también como el ser habitado por los dioses, o por las energías creadoras del universo. La persona entusiasta o entusiasmada era aquella que tomada por uno de los dioses, y guiada por su fuerza y sabiduría  podría transformar la naturaleza que lo rodeaba y hacer que ocurrieran cosas. Sólo las personas entusiastas eran capaces de vencer los desafíos de lo cotidiano.  Era necesario por lo tanto entusiasmarse para resolver los problemas que se presentaban y pasar a una nueva situación.

El entusiasmo no es una cualidad que se construye o que se desarrolla. Es una actitud, un estado de ánimo, de afirmación de sí mismo. La persona entusiasta es aquella que cree en su capacidad de transformar las cosas, cree en sí misma, cree en los demás, cree en la fuerza que tiene para transformar el mundo y su propia realidad. Está impulsada a actuar en el mundo, a transformarlo, movida por la fuerza y la certeza en sus acciones.

El entusiasmo es lo que da una nueva visión de la vida. Entusiasmo es distinto del optimismo. Optimismo significa creer que algo favorable va ocurrir, inclusive anhelar que ello ocurra, es ver el lado positivo de las cosas, es una postura amable ante los hechos que ocurren. En cambio el entusiasmo es acción y transformación, es la reconciliación entre uno mismo y los hechos, las cosas.

Solo hay una manera de ser entusiasta: actuando entusiasmadamente. Esto no es una perogrullada ni quiere ser un  juego de palabras.  Si tuviéramos que esperar tener las condiciones ideales primero para luego entusiasmarnos, jamás nos entusiasmaríamos por algo, pues siempre tendríamos razones para no entusiasmarnos.

No son "las cosas que van bien" lo que trae entusiasmo, es el entusiasmo que nos hace hacer bien las cosas. Hay personas que se quedan esperando que las condiciones mejoren, que llegue el éxito, que mejore su trabajo, que mejore su relación de pareja o de familia para luego entusiasmarse... la verdad es que jamás se entusiasmarán por algo. Si creemos que es imposible entusiasmarnos por las condiciones actuales en las que nos toco vivir, lo más probable será que jamás saldremos de esa situación. Es necesario creer en uno mismo, en la capacidad de hacer, de transformarse y transformar la realidad que nos rodea. Dejar de un lado toda la negatividad, dejar de un lado todo el escepticismo, dejar de ser incrédulo y ser entusiasta con la vida, con quienes nos rodean y con uno mismo.

Necesitamos entusiasmo. Es una de las claves de la vida. Además, es contagioso. Puede ser que  las cosas estén mal. La crisis, la incertidumbre que a veces nos desenfoca, el paro. Pero en la espiral del pesimismo nadie sale del agujero. Nada se puede esperar de quien no cree en sí mismo.

En los repertorios que usamos para interpretar la realidad, algunas palabras como ilusión, alegría, optimismo o entusiasmo han perdido brillo. No se ajustan al contexto, pero sin ellas la vida queda encogida. Siguen ahí, esperándonos.

"Caer no es el problema. Lo será el tiempo que necesitemos para levantarnos de nuevo"

En tiempos de indignación parece contrapuesto estar reivindicando el entusiasmo como motor de nuestra existencia, tanto individual como colectiva. Sin embargo, es un ejercicio necesario el comprender la simultaneidad de nuestras emociones, así como las graves consecuencias que conlleva instalarse en creencias limitantes, más aún cuando se contagian masivamente. Mucha gente se siente hoy invadida por sentimientos de desesperanza, impotencia y pérdida de validez personal. No cabe duda de que existen razones y evidencias para ello. Pero también es cierto que por nuestras venas sigue circulando la vida, que el corazón sigue batiendo, que todo nuestro organismo sigue despierto y sensible. No hemos perdido aún, que se sepa, la capacidad de sentirnos vivos, de decidir hasta dónde queremos que nos afecten los sucesos del exterior y, sobre todo, no hemos perdido la facultad de seguir sintiendo y amando. Tenemos, si queremos, la posibilidad de cambiar, de decidir cómo vivir.

Todo ocurre simultáneamente

Existen motivos para la indignación y también para la alegría o el entusiasmo. Lo malo del asunto es cuando quedamos atrapados en un sentimiento, en solo uno, y lo convertimos en el filtro por el que percibimos toda realidad. Sabemos que, atrapados en una emoción, no solo se resiente nuestro organismo, sino que acuden a nuestra mente ideas y planes tamizados por dicha emoción. Si hay miedo, por ejemplo, se contrae el estómago, asoman expresiones de terror y acuden a la mente imágenes dramáticas. Si, por el contrario, sentimos emociones positivas, los efectos también lo serán.

"Los ideales que iluminan mi camino y una y otra vez me han dado coraje para enfrentar la vida con alegría han sido: la amabilidad, la belleza y la verdad"
(Albert Einstein)

domingo, 22 de enero de 2012

Manipulación y la seducción del Poder

por Marcelo Vázquez Avila

La cima y el llano
Hay un licor especial que catan aquellos que gozan del poder, tan embriagante que nunca la dosis es suficien­te para apaciguar sus apetencias. El poder los enseñorea y los sume en una lejanía sobre los demás, que se acrecienta cuanto más poderoso se es. Desde la cima no se percibe como desde el llano. El poder,  tiene una cara visible y mil ocultas. Y esto se da en muchos ámbitos diferentes; en todos los regímenes de gobierno, desde un reino o una república, hasta cualquiera de nuestras empresas del siglo XXI.

El manipulador intenta  generar la realidad, y sus secuaces la imponen en el llano, no hay opción a una doble vía, por las buenas o por las malas, el orden tiránico es el que  se impone. En el caso de una democracia este cambio no es brusco, el político manipulador se vale de todos sus re­cursos, pero principalmente de dos enérgicos ayudantes: los recursos económicos y la bandera del miedo, agita­da constantemente y con los más variados contenidos, pero siempre presente. Exprime a sus contrarios más allá de los límites y es pródigo con los que sustentan la base de su po­der. Debilita a sus oponentes y refuerza a sus seguidores.

De tiranos y narcisistas
El tirano con poder está en su salsa. Su natural nar­cisismo le devuelve una y otra vez una imagen embellecida que justifica, en todo, su accionar; no hay resquicio, un su mente, para el error propio. Si algo sale mal, los culpables son otros, o las circunstancias. Sin error no hay arrepentimiento y sin arrepentimiento no hay co­rrección del rumbo, sino persistencia. Terquedad, di­cen los otros; convicción, dice él. Su obrar manipulador se ajusta a sus códigos propios, distintos de los códi­gos comunes en muchas ocasiones; estos códigos pro­pios le permiten construir una lógica especial que da el marco a sus conductas  y lo hace imper­meable e intolerante a las críticas. El que lo critica no es un oponente, sino un enemigo.
La arrogancia, acrecentada por los aciertos y los aduladores profesionales, es un ingrediente perma­nente en la personalidad de ese tipo de jefes, fomenta­da, además, por un artificio psicológico que lo acom­paña posiblemente desde la infancia: la cosificación de los otros. Los otros no son significados como personas, como igua­les, sino como objetos, cosas, a ser usadas para lograr sus objetivos. Digamos que la materia prima que utili­za el manipulador para elaborar sus propósitos son las per­sonas. Y esta habilidad de manejar a los demás provie­ne de un largo aprendizaje, un camino recorrido y permitido por muchos de nosotros en las organizaciones que dirigimos, y que justificamos debido a los resultados (buenos pero efímeros) económicos obtenidos.

El "nuevo rico" del poder
Hay que ver cómo cambian las personas cuando acceden a posiciones de mayor poder formal. Algunos muestran comportamientos diametralmente opuestos, en lo que a valores se refiere, a los que tenían mientras el supuesto poder no les había sido otorgado. Estas algunas de las nuevas y lamentables conductas que se pueden identificar:

Amnesia de corto plazo: No se acuerdan de lo que eran hace unos días, llegando algunos a renegar de su existencia anterior.

Menosprecio por sus anteriores colegas: Convierten a los compañeros, que antes compartían su mismo nivel jerárquico, en una especie de clase inferior con la que no conviene mezclarse.

Imposibilidad de autocrítica: Creen que llegaron a ese nivel porque su conocimiento es superior al de aquellos que están en niveles “inferiores” de poder. Algunos se comportan como si fueran infalibles, e invalidan a todo aquel que proponga un cambio con el propósito de mejorar.

Engordamiento del ego: Identifican poder y tener, con ser. Se dicen a si mismos: “Yo tengo más poder que tú, entonces soy mejor”.

Polarización: Suelen creer que quienes piensan distinto son enemigos, y algunos llegan incluso a asignar una intención a la diferencia de ideas: “me envidian”, “me quieren dañar”, “buscan desestabilizarme”.

En manos de un ser humano sabio y maduro, el poder es una gran bendición. Pero en manos de un inmaduro, débil o emocionalmente enfermo, el poder es un peligro tremendo.

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