martes, 18 de octubre de 2011

"La edad de la madurez, esa felicidad"

por Marcelo Vázquez Avila

“Es totalmente cierto que el vino gana con la edad. Cuanto más viejo me hago,  más me gusta”.

El paso de los años es algo inevitable, inherente al ser humano, pero que muchas personas intentan camuflar o ignorar porque les proporciona angustia. Esta pesadumbre se genera, principalmente, por los cambios visibles que se ven en el cuerpo como arrugas, calvicie, aparición de canas y flaccidez o por la pérdida de energía o resistencia para actividades o acciones que cuando se es joven se hacen sin ningún problema. Todo esto puede hacer pensar que llegar a cierta edad no tiene ningún beneficio, pero lo que hay que hacer a nivel mental es reconocer lo que somos, valorar las posibilidades que proporciona la madurez y sacar todo el partido posible a esta nueva etapa.

A nivel físico, cuidarse para verse bien por fuera y estar bien por dentro, no debe pensarse que no es importante al llegar a determinada edad. Arreglarse y vestir con la moda que nos gusta no debe dejarse de lado, sino que hay que adaptar estas acciones al aspecto que se tiene. De igual forma, cuidarse por dentro debe ser primordial, y especialmente con el paso de los años. La alimentación debe seguir siendo equilibrada, aumentando, por ejemplo, el consumo de lácteos para proteger los huesos y reduciendo más las grasas poco saludables. El ejercicio físico ayudará a combatir los dolores musculares propios del paso de los años, pero hay que ser conscientes en la mayoría de los casos que la resistencia del cuerpo ya no tiene los niveles de la juventud, por lo que hay que optar por deportes más pausados.

Si parece que el aspecto físico da un pequeño 'bajón', hay que ver que el cumplir años supone seguir vivo y tener una visión de la vida más completa y clara que años atrás. Mentalmente, la edad madura, trae muchos puntos positivos:

 - Cumplir años nos ha permitido conocernos mejor a nosotros mismos y saber cómo nos afecta eso  y también cómo actuar en casi todos los ámbitos de la vida. La experiencia  nos da la posibilidad de hacernos más fuerte frente a todo.

- Desde esa posición, se puede echar la vista atrás y relativizar los problemas que en el pasado seguramente parecían inmensos. Se tiene una nueva perspectiva de la vida.  Las idas y venidas propias de la juventud seguramente habrán finalizado y se está en una etapa donde la estabilidad laboral, económica y emocional reina en nuestra  vida. Es el momento de 
descansar y disfrutar de la tranquilidad.

- Finalmente, la madurez trae consigo una disminución de dependencia hacia otras personas y las circunstancias. Se confía más en uno mismo y se actúa con más libertad,   pensando apenas en 'el qué dirán'.

“La edad solo es un don, que te muestra lo que has vivido”.

En un estudio realizado por W. Wilson en la Universidad e Minnesota hace ya casi 50 años revelaba que la juventud era predictiva de una mayor felicidad. Pero la juventud ya no es como la pintaban entonces y en cuanto los investigadores fueron analizando los datos con el paso de los años y con mayor profundidad, la mayor felicidad atribuida a la gente joven de entonces también se desvaneció. La imagen de los viejos cascarrabias que se quejan de casi todo tampoco es coherente ya con la realidad. Estudios más recientes (1998) de Mroczek y Kolarz realizado con 60000 adultos de 40 países considera tres elementos constitutivos de la felicidad: satisfacción con la vida, afectividad positiva y afectividad negativa. La satisfacción con la vida aumenta ligeramente con la edad, mientras que la afectividad y la afectividad parece que no cambia. Lo que sí varía a medida que nos hacemos mayores es la intensidad de nuestras emociones. Los extremos son menos habituales a medida que se incrementa la edad y la experiencia.

Cómo afectan menos las crisis

La crisis de la edad madura sucede al igual que otras crisis personales que nos pegan emocionalmente cuando pasamos por momentos de transición en la vida. Como los 15 años en un adolescente, irse de la casa de los padres, casarse o cumplir años entrando a una nueva década. Por eso se cree  ahora que entre los 40 y los 50 años son la edad definitiva para la crisis de la edad madura, pues marcan la entrada a una nueva década de vida adulta que se asocia con el abandono de la “juventud”.

En realidad esta crisis puede suceder en cualquier momento desde los 38 años hasta los 50. Todo depende de la persona, de qué tan joven o mayor se sienta, y de las experiencias de vida por las que esté pasando. También hay quienes se han acostumbrado a pensar que la crisis de la edad madura es típica de los hombres, pero es un error ignorar que las mujeres también pasan por este momento de crisis y para algunas puede ser más fuerte y más determinante que para los hombres.

Ahora sí… la pregunta que todos tememos: ¿se puede superar la crisis de la edad madura sin afectar la vida que tenemos antes de llegar a ella? Es decir sin influir negativamente a la familia, hijos, trabajo? La mayoría de las crisis siempre afectan nuestra vida como la conocemos hasta ese momento, pero no hay que temerle, pues puede afectarse de una forma positiva. Todo depende de cómo enfrente cada persona su propia crisis y el apoyo que reciba de su familia y sus amigos.

No es cierto que el amor acabe cuando llega la vejez,
la vejez llega cuando acaba el amor.

Por ejemplo, los expertos dicen que la crisis de la edad madura en los hombres está marcada por una sensación de que se les está acabando el tiempo para hacer todo lo que soñaron alguna vez. Algunos sienten que quieren dejar la vida en familia, pero no todos. Por ejemplo, un cambio positivo puede ser que el hombre en crisis redescubra en su esposa o pareja sentimental, una compañera ideal para construir nuevos proyectos más osados. O puede ser que el hombre quiera renunciar a su trabajo para lanzarse a ser independiente y ser su propio jefe. En el caso de las mujeres, la crisis les llega cuando los hijos ya están grandes y las cuestiones del hogar están bastante organizadas. Entonces empiezan a evaluarse nuevamente como personas, más allá de ser madres y esposas. Algunas sientes que perdieron su identidad por dedicarse de lleno a la familia y se deprimen sin saber qué pueden ser ahora. Pero otras sienten que es la oportunidad de retomar los sueños de juventud y hacen todo lo posible por alcanzarlo: regresan a la universidad, vuelven al trabajo o empiezan proyectos personales ya sea de empresa, viajes o pasiones.

“Con la edad comprendes el porqué de nuestra existencia.”

La crisis de la edad madura es una etapa de transición en la vida a la que no es necesario temerle. Pero tampoco hay que descuidarla, pues de cómo la manejemos depende si sus resultados son positivos o negativos. Por ejemplo, una crisis de edad madura incomprendida o que no es bien recibida por la familia, puede resultar en depresiones fuertes o muchas rupturas personales. En cambio, una crisis que se apoya y se cultiva, puede resultar en un gran aprendizaje personal e incluso en el inicio de una nueva etapa de la vida satisfactoria y fructífera. Si tú o tu pareja están atravesando por este momento, no dudes en hablar sobre el tema y pedir apoyo a un psicólogo o un terapeuta de familia. Y si creemos que hay posibilidad de que la crisis esté llegando a la depresión, se hace necesario buscar ayuda profesional para impedir que ese estado de ánimo avance.

Una crisis de edad puede verse como una tormenta y no como una película… los grandes vientos llegan para arrasar con todo lo débil, sólo lo fuerte permanece de pie y luego llega la calma. Aunque si prefieres pensar que es como en las películas, entonces haz lo posible por encontrarle un final feliz.

“La juventud es el momento de estudiar para llegar a ser sabio,
y la madurez, de practicarlo”.

domingo, 16 de octubre de 2011

"La Tristeza de la resignación"

por Marcelo Vázquez Avila

No puedes evitar que el pájaro de la tristeza vuele sobre tu cabeza, pero sí puedes evitar que anide en ella.

La resignación es aceptar una derrota sin antes haber hecho todo lo que tú crees que puedes hacer para superarla y nos entristecemos y frustramos  porque no se da el resultado que esperábamos. Nos damos por vencidos antes de comenzar la lucha.

 La resignación siempre buscará culpables, siempre esperará que algo o alguien le traiga la solución pero sin ganarla, sin hacer nada por conquistarla y justificará siempre el resultado basándose en culpas ajenas y no asumiendo su propia responsabilidad; la resignación nos hace creer que no somos capaces de superar las circunstancias del hecho que estamos viviendo y deja en nuestras mentes una frustración constante.

A primera vista parece obvio que resignarse es simplemente aceptar las adversidades, las cosas contra las cuales no podemos hacer nada… y allí precisamente comienza el dilema: ¿somos realmente conscientes de cuándo estamos aceptando algo o cuando estamos resignándonos?

Si nos tomamos un minuto para pensarlo, es posible que en algunos momentos digamos que aceptamos algo cuando en realidad nos estamos resignando a ello, creyendo que no podemos hacer nada. Y es que a veces la comodidad, los miedos, nos aferran a los “imposibles” y establecemos límites nosotros mismos.

Aceptar una realidad es asumirla en su totalidad, voluntariamente, en sus cualidades positivas y negativas, en todo lo que conlleva, sin rencores, ni sentimientos arrastrados. Por ejemplo: Aceptamos que alguien no es como nosotros y respetamos su forma de ser, sin pretender cambiarle, o convencerle de nuestras posturas.

Resignarse implica una aceptación incompleta, bien porque realmente no podemos hacer nada para cambiar una situación, o bien porque interiormente no nos vemos capaces de hacerlo. Está ligada a la tristeza, a la frustración y la pena, supone una barrera interior. Por ejemplo: Nos resignamos con una relación X porque creemos que simplemente no podemos aspirar a más, pero este hecho, al no ser un hecho aceptado y previamente elegido por nosotros, supone un lastre.

Personalmente, al reflexionar sobre el tema he tenido y tengo algunas comeduras de cabeza sobre si acepto o me resigno en determinadas situaciones. Con frecuencia, una mala autoestima puede llevarnos  a cargarnos con  determinadas tareas que no deseamos, a cargar la mochila emocional, a simplemente creer que algunos roles vienen con uno, “de fábrica”; pero sólo cuando nos planteamos seriamente qué es lo que realmente deseamos, comenzamos a aceptar…

Cuando nos resignamos a algo, siempre queda por detrás una frustración, un enojo por lo que no pudimos lograr. Nos falta comprender que en muchas situaciones no hay nada que uno pueda hacer u otras a veces no es necesaria nuestra intervención. Como nos creemos omnipotentes suponemos que siempre podemos hacer algo. Nos resignamos cuando vemos que finalmente no va a pasar, pero quedamos enojados para no reconocer que no somos omnipotentes.

Por ejemplo, una persona que desea viajar en avión y no hay lugar en el vuelo. La persona se enoja, se queja, muestra su tarjeta VIP, pero no consigue lugar. Finalmente se resigna a viajar en otro vuelo, pero se muestra  enfadada  para no demostrar que no puede y que debe respetar las reglas.

Es necesario comprender que en cada situación hay un aprendizaje y que el mismo se debe aprovechar independientemente del resultado de la situación. Las emociones que quedan estancadas en el cuerpo nos impiden ver ese aprendizaje, además de desequilibrarnos. La resignación nos deja con la frustración de no haber logrado lo que deseábamos y entonces nos aleja de la armonía.

Tampoco es lo mismo ser un  conformista que estar conforme. Este último tiene que ver con sentirse bien con lo que uno tiene o hace, ser conformista implica adaptarse a cualquier situación dejando de lado los propios derechos o deseos. Creo que en el conformismo hay tristeza y tal vez miedo a ser diferente. Uno no cree en sí mismo y entonces se queda ahí a donde lo llevan, triste porque no se siente con la capacidad de lograr lo que desea.

Es necesario comprender que siempre hay una opción. Cada acto que realizamos depende de una elección que hacemos previamente. Muchas veces elegimos de manera inconsciente aquello que nos es más fácil o estamos acostumbrados a hacer. Esos actos acarrean emociones históricas, tristeza, baja autoestima, dependencia, etc., que se acumulan en nuestro cuerpo.

Solo cuando elegimos con consciencia, desde la libertad y somos consecuentes con esa elección, retornamos a la armonía.
“El que quiere todo lo que sucede, consigue que suceda cuanto quiere”.
Miguel de Unamuno

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