miércoles, 2 de septiembre de 2015

Sindrome postvacacional

por Marcelo Vazquez Avila


El líder del cambio

Estrés o síndrome postvacacional son términos que hacen referencia al proceso de estrés que tenemos que afrontar tras las vacaciones, para readaptarnos de nuevo a las obligaciones laborales, al cambio de estilo de vida que supone, etc. Son términos surgidos de manera popular, que se utilizan mucho, debido al amplio eco que suelen tener todos los años, sobre todo a finales de agosto y primeros de septiembre, en los medios de comunicación.

El estrés es un proceso normal de adaptación a las demandas del ambiente. Cuando tenemos que adaptarnos a nuevas demandas experimentamos una serie de cambios o reacciones a nivel corporal o físico, a nivel mental o cognitivo, así como a nivel conductual. Estos cambios se caracterizan por la activación, aceleración de funciones, o puesta en marcha de nuevos recursos, con el fin de tratar de dar respuesta a dichas demandas.

Los cambios son complejos. Eso es un hecho de la vida. Incluso en la existencia individual, el simple hecho de enfrentar el cambio de las estaciones, con las modificaciones fisiológicas y la cadena de reacciones provoca en cada uno problemas de adaptación a las nuevas circunstancias.

En las organizaciones esas dificultades se multiplican no sólo debido a que se deben conjugar los intereses y necesidades de más personas y alinearlas con un objetivo común, sino por las características de sus líderes y su capacidad de articular esas condiciones y propender hacia el cambio.

Cuando intentamos cambiar algo de nosotros solemos empezar  a manipularnos, entramos en la exigencia que tan a menudo nos hace sentir culpables y solemos entrar en guerra con esa parte de nosotros que quiere cambiar y la que se resiste al cambio. Aun cuando conseguimos un cambio desde ahí, el precio suele ser el conflicto y la confusión. Generalmente, cuanto más tratamos de cambiar más difícil se torna la situación. Aquello que forzamos se inhibe y el cambio real parece resistirse más y más. Paradójicamente, al actuar de esta manera, alimentamos precisamente aquello que queremos dejar atrás.

Desde la Gestalt se entiende que es más productivo tomar conciencia, darse cuenta de cómo está  ahora uno mismo, que tratar de cambiar o evitar algo de mí que no me gusta. Cuando uno se pone de verdad en contacto con su propia vivencia, cuando puede mirarse sin juicio, descubre que el cambio puede producirse  por sí solo, sin esfuerzo ni demasiada planificación.

Vamos a poner un ejemplo de todo ello. Supongamos que siento miedo de hablar en público. Si me fuerzo a no sentir miedo, seguramente lo que pasará es que estaré energetizando el miedo, le estaré dando fuerza. Es posible que me ponga a prueba para intentar demostrarme que no tengo miedo y me retaré a hablar delante de más y más gente. Seguramente lo pasaré mal y seguramente el miedo en vez de decrecer, crecerá, se hará más presente, ocupará todavía más espacio en mi vida.

Si por el contrario, lejos de obligarme a no sentir miedo por hablar en público, me acepto miedoso en esta cuestión, el asunto perderá fuerza. Dejaré de luchar contra ello y de sentirme tan mal porque me de miedo hablar en público, sencillamente me sabré miedoso. Desde ahí, desde el no juzgarme por ello, desde el poder aceptarme así, puedo empezar a dar luz al asunto. Y eso es ir viendo cual es el miedo, más allá de lo obvio. Es ir viendo de dónde viene ese miedo, cómo es, que color tiene, que cara o caras presenta. Y así le voy conociendo y lo que se vuelve conocido como que da menos miedo.

Cuando le podemos ver la cara, aunque ésta no sea muy amable, por lo menos sabemos  a qué nos enfrentamos. Y es que el miedo más grande es a lo desconocido, por tanto cuanto más pueda conocer de él, menos miedo habrá. Se trata, entonces, de menos exigencia y de más conciencia. Y desde ahí los cambios se producirán. Bien es cierto que no son cambios rápidos y no lo son porque necesitamos ir asumiéndolos, ir haciéndolos nuestros.

EL hecho es que vivimos en un día a día cargado de infinitas oportunidades, pero realmente: ¿somos capaces de percibirlas?, ¿Experimentamos el nivel de satisfacción que nos gustaría?, ¿Somos conocedores de las variables que están incidiendo directamente en nuestros resultados?

¿Hemos desarrollado un plan estratégico personal, que vaya más allá de la definición de nuestras metas, y que nos catapulte hacia el propósito que deseamos?

Insignia identificativa de Facebook