jueves, 15 de diciembre de 2016

El cuento de la dualidad Cuerpo y Mente

por Marcelo Vazquez Avila




Que no existe un único tipo de inteligencia lo sabemos desde hace mucho años. Sabemos que hay personas con una gran habilidad lógico-matemática y una reducida inteligencia lingüística, y otras con una inteligencia espacial muy desarrollada y una notable falta de habilidad emocional. La inteligencia espiritual es la que nos permite transcender, crear y, en última instancia, ser felices de una manera profunda y duradera.

¿Podemos hablar de inteligencia espiritual?

Pues, es un tipo de inteligencia que también se la suele llamar existencial o trascendente. Completa el mapa de las inteligencias múltiples que desarrolló, hace más de dos décadas, Howard Gardner. Nos referimos a una inteligencia que nos faculta para preguntar por el sentido de la existencia, para tomar distancia de la realidad, para elaborar proyectos de vida, para trascender la materialidad, para interpretar símbolos y comprender sabidurías de vida. El ser humano es capaz de un conjunto de actividades que se no explican sin referirse a este tipo de inteligencia. Es especialmente cultivada en los grandes maestros espirituales, en los filósofos y artistas, también en los creadores.

El ser humano es alguien que trasciende lo material. Es una unidad de cuerpo y alma. En sentido estricto, no “tenemos” un cuerpo. Más bien vivimos en él, nos expresamos en él, lo gozamos y lo padecemos. Tampoco “tenemos” un espíritu, como si fuera un objeto o una propiedad anexa. Hay en el ser humano algo que escapa a la racionalidad y a la materialidad, una luz de misterio, un absoluto enigma.

Lo espiritual en el ser humano permite el ejercicio de la libertad y crear un mundo interior, tomar distancia de la vida instintiva. Decía Saint Exupéry en El Principito que  “Lo esencial es invisible a los ojos”. No se conoce a un ser humano hasta que no se penetra en su vida espiritual, hasta que no nos da permiso para acceder a este territorio.

Existe una espiritualidad abierta a la trascendencia, pero también una espiritualidad sin Dios, sin iglesia y sin dogmas.

En la primera, el ser humano se halla confrontado a un ser que le trasciende, un ser que halla en la más íntima de sus intimidades, un interlocutor que está ahí y con el que establece un diálogo de amor. Este diálogo es la oración. San Agustín le llamaba maestro interior.

También encontramos otra espiritualidad que entiende el cultivo de la vida espiritual como un diálogo con uno mismo, como una especie de auto  conversación, como diría Miguel de Unamuno. En este segundo caso, existe también vida espiritual, sentido de pertenencia al mundo, incluso puede haber experiencia mística y superación de la dualidad cuerpo y espíritu, pero la diferencia sustancial es que no se reconoce a Dios como interlocutor.

Lo espiritual se expresa en lo corporal, en el gesto, en la palabra,
en el silencio, en el obrar y, de un modo particular, en la creación.
No tiene una vida paralela; está profundamente arraigado en lo material.

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