jueves, 21 de mayo de 2015

Tengo cara de velocidad ?

Nos afecta el virus DE ESTAR OCUPADO



Miramos a nuestro alrededor y frecuentemente vemos gente con prisa, que no tiene tiempo de pararse a saludar porque anda muy atareada. Hay mucha crispación, horarios de trabajo interminables, gente muy ocupada. No se quiere desaprovechar ninguna oportunidad. A mí me da la impresión de que no se es muy feliz. No se trabaja para vivir sino que estamos sobreviviendo para trabajar. Disponemos de más comodidades y bienestar que hace 30 años, y sin embargo vivimos con más preocupaciones. Nos olvidamos de disfrutar de la vida Los hábitos destructivos han empezado pronto, muy pronto.

¿Cómo hemos terminado viviendo así? ¿Por qué nos hacemos esto a nosotros mismos? ¿Por qué se lo hacemos a nuestros hijos? ¿Cuándo se nos olvidó que somos “seres” humanos y no “haceres” humanos?

¿Qué pasó con el mundo en el que los niños se ensuciaban con barro, lo ponían todo perdido y a veces se aburrían? ¿Tenemos que quererlos tanto como para sobrecargarlos de tareas y hacerles sentir tan estresados como nosotros?

¿Qué pasó con el mundo en el que podíamos sentarnos con la gente que más queremos y tener largas conversaciones sobre nosotros mismos, sin prisa por terminar?

¿Cómo hemos creado un mundo en el que tenemos más y más cosas que hacer con menos tiempo libre (en general), menos tiempo para reflexionar, menos tiempo para simplemente… ser?

Sócrates dijo: “Una vida sin examen, no merece ser vivida.”

¿Cómo se supone que podemos vivir, reflexionar, ser o convertirnos en humanos completos si estamos constantemente ocupados?

Esta enfermedad de estar “ocupado” es intrínsecamente destructiva para nuestra salud y bienestar. Debilita la capacidad de concentrarnos completamente en quienes más queremos y nos separa de convertirnos en el tipo de sociedad que tan desesperadamente clamamos.

Desde los años 70 hemos tenido tantas innovaciones tecnológicas que nos prometimos hacer nuestras vidas más fáciles, más rápidas, más sencillas. Aun así, hoy no tenemos más tiempo disponible que hace algunas décadas.

Para algunos de nosotros, “los privilegiados”, las líneas entre el trabajo y la vida personal desaparecen. Siempre estamos con algún aparato. Todo el tiempo. Tener un Smartphone o un ordenador portátil significa que deja de existir la división entre la oficina y nuestra casa. Cuando los niños se van a la cama, nosotros nos conectamos.

Una de las rutinas diarias es revisar una avalancha de correos. Estamos constantemente enterrados bajo cientos y cientos de correos, y no tenemos ni la más remota idea de cómo detenerlo. Oímos hablar de diferentes técnicas: respondiendo sólo por las mañanas, no respondiendo los fines de semana, diciéndole a la gente que nos comuniquemos cara a cara… Pero siguen llegando, en cantidades ingentes: correos personales, correos del trabajo, incluso híbridos. Y la gente espera una respuesta a esos correos.

Ahora, resulta que quien está demasiado ocupado soy yo.

La realidad es muy diferente para otros. Para algunos, tener dos trabajos en sectores mal pagados es la única forma de mantener una familia a flote. El veinte por ciento de los niños de muchos nuestros países viven en la pobreza y muchos de sus padres trabajan por salarios mínimos para poner un techo sobre sus cabezas y algo de comida en la mesa. También están muy ocupados.

No tiene que ser así.

 En mi opinión creo que se debería vivir con más calma. Menos acelerado. Creo que se debe disfrutar de lo que se tiene y no añorar lo que podría tenerse. Muchas veces estas cosas suceden porque uno no está satisfecho consigo mismo y busca en la acción, en hacer muchas cosas, el evadirse de esa insatisfacción. Pero ese no es el remedio. Ese es un remedio pasajero en cuanto le hace a uno olvidarse de su situación, pero la causa de la insatisfacción, el que uno no se acepta a sí mismo, sigue allí presente.

El remedio es transitar un camino, sinuoso quizás, pero vale la pena: 

Aceptarse cada uno tal como es y aceptar las circunstancias en las que le toca vivir. Disfrutar de lo que uno es y de cómo uno es. Sin añorar cualidades que uno ve en otro y sin echar la culpa a las circunstancias externas con las que a uno le toca vivir. Porque dificultades externas siempre habrá. Es cómo nos enfrentamos a esas dificultades lo que determina que gobernemos sobre ellas o que nos dominen.


Vivimos como decidimos vivir: amargados o dueños de nuestra vida.



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