jueves, 30 de agosto de 2012

GESTIÓN DE LA INCERTIDUMBRE Y DEL ESTRÉS





TALLER DE 
GESTIÓN DE LA INCERTIDUMBRE Y DEL ESTRÉS

Marcelo Vázquez Avila
Mercedes Torrijos

Resiliencia, aprende a actuar con éxito en entornos
inestables para poder aprovechar las oportunidades

CONSTRUYE TU MISMO TU DESARROLLO PROFESIONAL.
LA FORMACIÓN QUE NECESITAS EN EL FORMATO QUE TU CARRERA DEMANDA
www.execed.ie.edu
Madrid 6, 7, 13 y 14 de Noviembre



La actitud de los profesionales ante las adversidades y la incertidumbre depende mucho de su comprensión de qué es una adversidad, de la forma en cómo el individuo se relaciona íntimamente con la adversidad y con la incertidumbre para que lo inesperado juegue de su lado y de las habilidades que pone en marcha para convertir la adversidad en posibilidad.

Al finalizar la jornada de trabajo los participantes habrán trabajado en:

• Las distintas formas de comprender las adversidades y la incertidumbre

• Conocer cómo respondemos individualmente ante la adversidad y la incertidumbre o despues de un fracaso. Conocer el propio estilo personal, valorando la importancia de la creatividad. El papel de la racionalidad y la intuición.

• Cómo liderar la adversidad incluso cuando nada va bien para volver a levantarse para crecer. Construir capacidad de Resiliencia y prevenir el estrés en base a trabajar sobre un propósito, valores, visión y prioridades estratégicas a nivel individual.

• Controlar los efectos de la incertidumbre y la mala gestión del estrés, descubriendo los sesgos de cada persona a la hora de tomar decisiones.

• Alinear una estrategia de acción, desarrollando un plan de Self Management.

Las personas resilientes, se proporcionan un sentido, una explicación posible y dirigen las dificultades que viven, pero necesitan creer que su destino esperanzador no está escrito.




lunes, 27 de agosto de 2012

Cuestión de Actitud


Marcelo Vázquez Avila

Disfrutar la vida es, ante todo, 
cuestión de actitud

La experiencia nos dice que la mayoría de las capacidades para lograr una vida satisfactoria son de carácter emocional, no intelectual.  Desde pequeños nos enseñaron que el sentimentalismo --- como se conoce el hábito de exhibir las emociones en vivo y a manifestarlas sin disfrazar nuestros afectos --- era propio de personas débiles, inmaduras, o con carencia de autocontrol. Además, se ha arraigado en nuestro concepto colectivo, la idea de que las emociones o el llanto, pertenecen al ámbito de lo afeminado y débil. Pero hoy esa visión ha cambiado, ya no es así, ha ido avanzando paulatinamente la convicción de que expresar los sentimientos es un elemento insustituible en la maduración personal y en el desarrollo del juicio y la razón.

Nuestra inteligencia

Tenemos muy en cuenta nuestro espacio subjetivo y no sólo le hemos dedicado tiempo y esfuerzo, sino que incluso la valoración que hacemos de una persona pasa, en buena medida, por sus conocimientos ostensibles y habilidades intelectuales demostradas. Desde la educación, tanto sistematizada como no académica, se nos ha motivado para que saquemos el máximo provecho a nuestros recursos intelectuales.

En esencia, somos lo que hemos leído, lo que hemos aprendido y lo que expresamos. Nadie discute la necesidad de adquirir competencias técnicas y culturales para prepararnos para la vida profesional, pero en una equivocada estrategia de prioridades, a veces olvidamos la importancia de cultivarnos para la vida espiritual.

Aprender a vivir es aprender a observar, analizar, recabar, y utilizar el saber que vamos acumulando con el paso del tiempo. Pero convertirnos en personas maduras, equilibradas, responsables y felices en la medida de lo posible, nos exige también saber distinguir, describir y atender a nuestros afectos. Esto significa ordenarlos, jerarquizarlos, interpretarlos y asumirlos.

Porque cualquiera de nuestras reflexiones o actos -en un momento determinado- pueden resultar "contaminados" por nuestro estado de ánimo e interferir negativamente en la resolución de un conflicto o en una decisión que tenemos que tomar.

Una habilidad muy especial

Cuidar nuestro presente emocional, aprender a expresar las desazones sin agresividad y sin culpabilizar a nadie, darles nombre, atenderlos y saber cómo descargarlos, es uno de los ejes de interpretación y de poder modular lo que nos ocurre. Así crecemos y maduramos emocionalmente.

Cada vez que dudamos ante una decisión, que nos proponemos comprender una situación, no hacemos estas operaciones como lo haría un ordenador o cualquier otro artefacto de inteligencia artificial, sino que ponemos en juego, trayendo a colación, todo nuestro bagaje personal -incluyendo lo que nos ha podido pasar hace un rato o unas horas- y el fardo pesado de nuestro legado cultural.

De ahí que vivir nuestras emociones es una habilidad relacional que nos habilita como seres que se desarrollan en un contexto social. Sólo cuando conectamos con nuestros sinsabores, los atendemos y jerarquizamos, somos capaces de tener empatía con los sentimientos y circunstancias de los demás. No es más inteligente quien obtiene mejores calificaciones en sus estudios, sino quien tiene como recursos prácticos destrezas que le ayudan a vivir en armonía consigo mismo y con su entorno.

La mayor parte de las habilidades para conseguir una vida satisfactoria son de carácter emocional, no intelectual. Aunque es siempre sensato sopesar el principio de la realidad con el principio del placer, antes de tomar un curso de acción. 

Los profesionales más brillantes no son los que tienen el mejor expediente académico, sino los que han sabido "buscarse la vida" y exprimir al máximo sus posibilidades. En otras palabras, los que saben cómo luchar con los talentos que tiene haciéndolos crecer y rendir.

Aprender a desarrollar la inteligencia emocional

Esta sociedad de las "buenas maneras" y del control social ha hecho de nosotros auténticos autómatas de las apariencias. Los investigadores J. Woods y G. Pitt han abordado la inteligencia emocional como la habilidad esencial de las personas para atender y percibir los pesares de forma apropiada y precisa, la capacidad para asimilarlos y comprenderlos adecuadamente y la destreza para regular y modificar nuestro estado de ánimo o el de los demás. En la inteligencia emocional se contemplan cuatro componentes:

1. Percepción y expresión emocional. Se trata de reconocer de manera consciente qué emociones tenemos, identificar qué sentimos y ser capaces de verbalizarlos. Una buena percepción significa saber interpretar nuestros sentimientos y vivirlos adecuadamente, lo que nos permitirá estar más preparados para controlarlos y no dejarnos arrastrar por los impulsos.
2. Facilitación emocional, o capacidad para engendrar emociones que acompañen nuestros pensamientos. Si las emociones se ponen al servicio del pensamiento nos ayudan a tomar mejor las decisiones y a razonar de forma más perspicaz. El cómo nos sentimos va a influir decisivamente en nuestros raciocinios y en nuestra habilidad de deducción lógica.
3. Comprensión emocional. Hace referencia a entender lo que nos sucede a nivel cerebral, integrarlo en nuestro pensamiento y ser conscientes de la complejidad de los cambios afectivos. Para entender los afectos de los demás, hay que entender los propios. Cuáles son nuestras necesidades y deseos, qué cosas, personas o situaciones nos causan determinadas afecciones, qué pensamientos generan las diversas emociones, cómo nos conmueven y qué consecuencias y reacciones propician. Tener empatía supone sintonizar, ponerse en el lugar del otro, ser consciente de sus estados de ánimo.
4. Regulación emocional, o capacidad para dirigir y manejar las emociones de una forma eficaz. Ésta consiste en la aptitud de evitar respuestas incontroladas en situaciones de ira, irritación o miedo. Supone también percibir nuestro estado afectivo sin dejarnos arrollar por éste, de manera que no obstaculice nuestra forma de razonar y podamos tomar decisiones de acuerdo con nuestros valores y las normas sociales y culturales que nos gobiernan.

Pensando en el pasado o en el futuro y no en el ahora, hacemos las cosas de forma 
automática, sin prestarles atención ni disfrutarlas. Tener “conciencia emocional” 
permitirá hacer el esfuerzo de desactivar las películas mentales que nos 
desconectan del aquí y el ahora. Es un cambio de actitud necesario para lograr 
aprovechar realmente los buenos momentos.

domingo, 26 de agosto de 2012

En vacaciones, menos es más


por Marcelo Vázquez Avila

















Ir más despacio, tomar conciencia del  aquí y el ahora, saborear, reírnos, 
apreciar la simplicidad...son  actitudes  que nos predisponen al placer. 
La idea de algo placentero remite a unos ritmos en los que los tiempos 
los marca la persona, no al revés.

Festina lente es una locución latina, cuya traducción literal es: "Apresúrate lentamente". Palabras atribuidas a Augusto, según Suetonio (Augusto, 25): "Caminad lentamente si queréis llegar más pronto a un trabajo bien hecho". Corresponde al refrán castellano "Vísteme despacio, que tengo prisa".
Disfrutar la vida no tiene tanto que ver con el estado de nuestra cuenta bancaria como con saber apreciar, y propiciar, los momentos de gozo. Más allá de las codiciadas vacaciones, en las que el placer parece fácil de alcanzar, todos podemos disfrutar en el día a día a través de los actos más simples. Se trata de darnos cuenta de qué es lo verdaderamente importante para propiciar un cambio de actitud.
Es una de las paradojas de nuestro tiempo: nos marchamos de vacaciones para descansar y regresamos aún más cansados que cuando nos fuimos. ¿A quién no le ha ocurrido alguna vez? Acostumbrados a llenar cada minuto de nuestro tiempo, nos empeñamos en “aprovechar” las vacaciones para ver, hacer y experimentar mil cosas sin concedernos un momento de tregua. 

Irnos de viaje a la otra punta del mundo, visitar el máximo de lugares en el mínimo tiempo posible, ver todos los monumentos que salen en la guía, seguir un itinerario, respetar los horarios para poder hacerlo todo... ¡La simple idea produce cansancio! ¿Y si decidiéramos que tal vez basta con ver una cosa al día, y verla bien, y tener tiempo para descansar y relajarnos después? En vez de pasarnos el día corriendo de un lado para otro para ver todo lo que “tenemos” que ver, dejarnos  llevar con ejercicios como el siguiente: Siéntese un par de hora en la terraza de una cafetería y deléitese en la contemplación de la calle y las personas. Aunque la idea de visitar lugares exóticos sea atractiva, podríamos decidir no viajar tan lejos. Unas vacaciones en un lugar cercano nos supondrá ahorrar tiempo y preocupaciones en incómodos viajes. Además, si lo que buscamos son unas vacaciones de reposo, no necesitamos recorrer 10.000 kilómetros para lograrlo. En muchas ocasiones, para descansar sólo necesitamos cambiar de lugar.

El deseo de ser valientes

En ocasiones, nos llenamos de responsabilidades para no tener que afrontar la posibilidad del cambio. En el fondo son auto sabotajes que nos infligimos para no tener que tomar decisiones llevar a cabo cambios en nuestras vidas.” Por el contrario, el descanso, la relajación, el contacto con la naturaleza... nos ayudan a reconocer nuestros verdaderos deseos y a tomar fuerzas para vivir de forma más acorde con lo que queremos. Los momentos de lícita satisfacción personal son imprescindibles para volver a conectar con nosotros mismos.
Y es que disfrutar la vida es también una cuestión de coraje. Atrevernos a estar presentes en cada momento y a procurar vivir de forma que no atentemos contra lo que somos o lo que nos hace felices. Decía John Lennon que “la vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes”. Así, el secreto para disfrutar plenamente la vida es, sencillamente, dejar de pensarla tanto y empezar a vivirla plenamente, de una manera mucho más coherente con nuestros anhelos más profundos. 

Y es que disfrutar la vida es, ante todo, cuestión de actitud.

Insignia identificativa de Facebook