jueves, 7 de julio de 2016

El ocio y el Negocio

por Marcelo Vazquez Avila




Disfrutamos de ‘paréntesis creativos’ cuando la mente se desengancha de los problemas. 

Aquí la ciencia va contra aquellos que viven convencidos de que siempre es rentable que se les vea en su puesto de trabajo hasta la hora que sea, aunque realmente no hagan nada productivo en la oficina. Esto, básicamente, es insano y poco inteligente.

The New York Times cita la investigación de Sabine Schaefer, experta del Max Planck Institute for Human Development de Alemania, quien valora los efectos positivos de levantarse periódicamente del puesto de trabajo y caminar cuando se realiza una actividad intelectual. La investigadora coincide con aquellos que aseguran que ciertas pequeñas distracciones en la oficina, lejos de ser una pérdida de tiempo, aumentan la productividad.

Tambien argumenta que “si la gente hace bien su trabajo, no debería preocuparnos que existieran ciertas distracciones”. Según ella, “lo último que una empresa debería hacer es establecer una regulación que restrinja las actividades lúdicas en horario de trabajo”. Un estudio de The British Psychological Society apoya las tesis de Schaefer al asegurar que esas distracciones –levantarse del sitio en este caso– incrementa los recursos de energía, que pueden invertirse en pensar.

Los expertos sugieren que permanecer encadenado a la mesa de trabajo no tiene demasiadas ventajas. La ciencia muestra que a menudo disfrutamos de paréntesis creativos cuando nuestra mente se desengancha del problema contra el que estamos luchando o tratamos de resolver, y las grandes ideas y soluciones llegan en ese momento de relax.

Conviene desconectar cada dos horas, porque a partir de los 90 minutos nuestra atención cae. Fisiológicamente, estamos agotados y cortar un poco nos permite volver con más atención y eficiencia. Nunca ha sido bueno confundir estar con producir. La disquisición sobre las horas que debemos pasar en el trabajo tiene que ver con algunos estudios que extraen conclusiones científicas sobre el uso que hacemos de nuestro tiempo, y la implicación de este en nuestra existencia.

Determinadas investigaciones suelen tener un éxito asegurado. ¿Cuánto tiempo hay que estar en la oficina? La respuesta es... depende. Sólo compensa en aquellos entornos en los que está bien visto quedarse hasta el final, donde la mera presencia se confunde con la profesionalidad.

El mismo estudio reciente y otros de las universidades de Harvard y Louisiana State, publicados en el British Medical Journal, demuestran que limitar los momentos que pasamos frente al televisor a un máximo de dos horas al día podría alargar nuestra vida en un año y tres meses.

Si las conclusiones se refieren a nuestro consumo de tiempo en horas de oficina, el interés es mucho mayor: The New York Times publicaba recientemente los resultados de otras investigaciones científicas que aseguran que, al quedarnos sentados todo el día –en la oficina, por ejemplo– la actividad de los músculos decrece y esto provoca una cascada de efectos nocivos para el metabolismo.

Naturalmente, el ocio es un arte. Casi todos saben trabajar. Poquísimos son los que saben quedarse sin hacer nada. Y eso es debido al hecho de que a todos nos enseñaron a trabajar, pero nadie nos enseñó a quedarnos sin hacer nada. Para quedar sin hacer nada son necesarios los lugares correctos. En palabras de Domenico De Masi “se pueden crear grandes centros culturales y de “placer”, pero en ellos descansamos como si estuviéramos trabajando”. De acuerdo con la visión de De Masi, el ocio “sólo adquiere algún valor en nuestra sociedad cuando se hace útil, funcional, aliviando el cansancio proporcionado por el trabajo”.

Aquí los autores y expertos discrepan: mientras los estudios publicados en el British Medical Journal aseguran que tres horas al día de actividad física aumentan nuestra esperanza de vida una media de dos años, las conclusiones que aparecen en The New York Times afirman que poco importa el ejercicio que hagamos, porque la actividad física no compensa el daño de un sedentarismo excesivo en el puesto de trabajo. Esto no sólo puede llevarnos a ser más obesos...

También nos vuelve más estúpidos.
El sedentarismo irracional en el puesto de trabajo
no sólo es insano... También resulta poco inteligente.

Es propio de quienes confunden estar con producir.

miércoles, 6 de julio de 2016

¿Cómo será vivir hasta los 100?

por Marcelo Vazquez Avila



En un nuevo libro, dos expertos señalan que con el aumento de la expectativa de vida, la gente tendrá una larga juventud, más y distintos ciclos profesionales y puede que más de un matrimonio. Eso sí, habrá que trabajar y estudiar más.

Los estudios demográficos calculan que por cada década que pasa, la vida en promedio se extenderá dos años. Esto significa que quien actualmente tiene 60 tendrá 50 por ciento de posibilidades de llegar a 90. La mitad de los que tienen hoy 40 llegarán a 95, y los que hoy cumplieron 20 tendrán una gran oportunidad de convertirse en centenarios. Ese fenómeno se observa en el mundo entero, incluso en los países menos desarrollados.

Un tiempo atrás, la Organización Mundial de la Salud dio a conocer un informe en el que registró un aumento de cinco años en promedio en la expectativa de vida en apenas 15 años, y curiosamente el mayor crecimiento se presentó en África.

La profesora Lynda Gratton y el economista Andrew Scott, profesores de la London Business School, son conscientes de que los retos no son de poca monta, pero creen que no todos esos cambios van a ser malos. Todo dependerá de los ajustes que hay que comenzar a hacer hoy. “Si esta tendencia se pasa por alto, tener más tiempo será una maldición. Pero si lo hacemos bien será un gran regalo”, dicen en su libro The 100-Year Life, en el que describen cómo será vivir y trabajar en la edad de la longevidad.

Los autores sostienen que en un mundo de centenarios la trama de la vida no puede desarrollarse en tres simples actos, tal y como sucede hoy, cuando la gente primero se enfoca en educarse, luego en trabajar y después de 30 años en jubilarse. En el escenario de los 100 años se necesitará un libreto diferente, porque nadie logrará sostenerse con una pensión a la edad de retiro actual. Si las cosas siguen tal cual, dicen, las personas tendrán que arreglárselas con una pensión muy baja y, según ellos, no tiene sentido vivir más pero en condiciones de pobreza. Aunque es duro aceptar que habrá que pasar trabajando los años extra, esa parece ser la única salida. Y se calcula que habrá que marcar tarjeta hasta los 80 para vivir sin apuros.

No es difícil imaginar el tedio y cansancio que generaría pasar 50 años en la misma empresa e incluso en la misma profesión. Por eso, Gratton y Scott piensan que la vida tendrá que volverse una obra con más episodios y temporadas. “En una etapa profesional se trabajará al 100 por ciento para asegurar las finanzas, en otra para balancear la vida de familia y lo laboral, y otra dedicada a prepararse para el retiro”, dicen. Todo ello implicará más estudio pues si bien en las vidas cortas lo que se aprende a los 20 alcanza hasta el final, en un mundo de centenarios se requerirá aprender constantemente y para estar a la altura de ese reto la gente tendrá no solo que darse una lava de cara en ese nuevo tema, sino “aprenderlo todo desde cero”.

Así las cosas, personas de 50 y 70 años desfilarán por los salones de pregrado, y la mezcla de generaciones en las universidades y empresas mejorará las comunicaciones entre ellas. De hecho, desaparecerá la división tajante entre jóvenes, adultos y viejos. En una misma familia vivirán hasta cuatro generaciones, incluida la tatarabuela. Además, hoy se puede intuir cuántos años tiene alguien con solo preguntar lo que hace, pero en ese nuevo escenario que un individuo esté en un pregrado o sea un ejecutivo sénior no indicará ni juventud, ni vejez.

Quienes ven la longevidad como una catástrofe creen que vivir 100 años significa ser viejos por más tiempo. Gratton y Scott piensan lo contrario: la gente será joven por más años. Surgirá una generación de 18 a 30 años, de la misma manera que en el siglo XX nacieron los adolescentes y los jubilados. Esta etapa después de la juventud se enfocará en el estudio y, en consecuencia, se postergará el comienzo de la vida laboral. En su primer título estos jóvenes aprenderán a pensar y a desarrollar habilidades. Luego buscarán un grado profesional en un tema más relacionado con su vocación. Luego es posible que se tomen un tiempo para viajar, explorar tendencias y hacer conexiones. El CV quedará obsoleto. Ellos se darán a conocer por las redes sociales.

Algo de eso ya se está viendo. Universidades como Harvard están recomendando a los jóvenes bachilleres tomarse un año sabático antes de iniciar el estudio universitario. Y muchos de los graduados reciben su diploma y se van a viajar por el mundo en lugar de reclutarse en una empresa.

Una vez ingresen al campo laboral, la flexibilidad será la norma. Un típico empleado de esa época se preguntará constantemente si este año sigue trabajando, si vuelve a estudiar, o si mejor cambia de sector productivo. Habrá que ser experto en muchas materias y estar abierto a nuevas formas de pensamiento. Por eso, los hitos de la vida de sus padres, como graduarse a los 23, casarse antes de los 30, tener hijos y comprar casa, desaparecerán del panorama. Estos compromisos se postergarán para poder mantener otras opciones abiertas.

Las relaciones de pareja sufrirán más de lo normal porque será más difícil coordinar las carreras de ambos. Se espera que la estructura familiar tome nuevas formas y para algunos la vida larga dará tiempo para casarse hasta dos y tres veces.

Se ha hablado mucho de los problemas que la expectativa de vida genera en la etapa final, pero los autores del libro señalan que vivir 100 años afectará a todas las edades.

La pregunta es qué se va a hacer con ese tiempo extra. Los autores proponen un ejercicio que consiste en imaginarse a sí mismo de 80 años y preguntarse: “¿Estoy seguro de que las decisiones que estoy tomando pasarán las necesidades de mi yo futuro?”.


La respuesta es importante ante la frase que alguna vez dijo Thomas Hobbes: “La vida es brutal, asquerosa y corta”. Sería terrible que, por mala planificación, ahora fuera brutal, asquerosa… y además larga.

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