sábado, 9 de noviembre de 2013

El hombre más feliz del mundo


Es más feliz que muchos, seguro. Mucho más. Matthieu Ricard obtuvo una nota inalcanzable en un estudio sobre el cerebro realizado por la Universidad de Wisconsin (EEUU). Los especialistas en neurociencia afectiva le nombraron «el hombre más feliz de la Tierra». A sus 61 años, quien hoy es asesor personal del Dalai Lama tiene una vida digna de un guión de cine. Biólogo molecular, hijo de un filósofo ateo, dejó su carrera por abrazar al budismo.







¿Una espectacular casa en la playa? Matthieu Ricard prefiere el monasterio apartado de toda civilización donde vive, en las montañas de Nepal. ¿Una cuenta bancaria generosa? Ha entregado todo el dinero de las ventas de sus libros a la caridad. A los 30 años decidió acogerse al celibato y dice cumplirlo sin descuidos. En realidad, Matthieu Ricard carece de todas las cosas que los demás perseguimos con el convencimiento de que nos harán un poco más felices. Y sin embargo, este francés de 61 años, biólogo molecular hasta que decidió dejarlo todo y seguir el camino de Buda, es más feliz que casi todo el mundo. Mucho más feliz. El más feliz.

Científicos de la Universidad de Wisconsin llevan años estudiando el cerebro del asesor personal del Dalai Lama dentro de un proyecto en el que la cabeza de Ricard ha sido sometida a constantes resonancias magnéticas nucleares, en sesiones de hasta tres horas de duración. Su cerebro fue conectado a 256 sensores para detectar su nivel de estrés, irritabilidad, enfado, placer, satisfacción y así con decenas de sensaciones diferentes.

Los resultados fueron comparados con los obtenidos en cientos de voluntarios cuya felicidad fue clasificada en niveles que iban del 0.3 (muy infeliz) a -0.3 (muy feliz). Matthieu Ricard logró -0.45, desbordando los límites previstos en el estudio, superando todos los registros anteriores y ganándose un título –«el hombre más feliz de la tierra»– que él mismo no termina de aceptar.

¿Está también la modestia ligada a la felicidad? El monje prefiere limitarse a resaltar que efectivamente la cantidad de «emociones positivas» que produce su cerebro está «muy lejos de los parámetros normales». El problema de aceptar que Ricard es el hombre más contento y satisfecho del mundo es que nos deja a la mayoría en el lado equivocado de la vida. Si un monje que pasa la mayor parte de su tiempo en la contemplación y que carece de bienes materiales es capaz de alcanzar la dicha absoluta, ¿no nos estaremos equivocando quienes seguimos centrando nuestros esfuerzos en un trabajo mejor remunerado, un coche más grande o una pareja más estupenda?

Los trabajos sobre la felicidad del profesor Richard J. Davidson, del Laboratorio de Neurociencia Afectiva de la Universidad de Wisconsin, se basan en el descubrimiento de que la mente es un órgano en constante evolución y, por lo tanto, moldeable.

Los científicos han logrado probar que la corteza cerebral izquierda concentra las sensaciones placenteras, mientras el lado derecho recoge aquellas que motivan depresión, ansiedad o miedo. «La relación entre el córtex izquierdo y el derecho del cerebro puede ser medida y la relación entre ambas sirve para representar el temperamento de una persona», asegura Ricard, que durante sus resonancias magnéticas mostró una actividad inusual en su lado izquierdo.

Los neurocientíficos americanos no creen que sea casualidad que durante los estudios llevados a cabo por Davidson los mayores registros de felicidad fueran detectados siempre en monjes budistas que practican la meditación diariamente. Ricard lo explica en la capacidad de los religiosos de explotar esa «plasticidad cerebral» para alejar los pensamientos negativos y concentrarse sólo en los positivos. La idea detrás de ese concepto es que la felicidad es algo que se puede aprender, desarrollar, entrenar, mantener en forma y, lo que es más improbable, alcanzar definitivamente y sin condiciones.

Éxtasis mental. Lograr el objetivo de la dicha no es fácil. Ricard ha escrito una decena de libros –estos días combina sus retiros espirituales con la promoción de su obra Happiness en el mundo anglosajón– y cientos de artículos tratando de mostrar el camino y, aunque la mayoría de sus obras se han convertido en éxitos editoriales, el propio autor descarta que su lectura garantice el éxito. Al igual que un logro en atletismo o en la vida laboral, el cambio sólo es posible con esfuerzo y tenacidad, pero Ricard asegura que todo habrá merecido la pena una vez se alcanza el estado de éxtasis mental que logran los elegidos.

En su Defensa de la felicidad, la traducción de su último libro publicado en España, el monje explica cómo nuestra vida puede ser transformada incluso a través de variaciones mínimas en la manera en que manejamos nuestros pensamientos y «percibimos el mundo que nos rodea». Es un viaje hacia el interior de uno mismo que Matthieu Ricard recorrió contra todo pronóstico. Nacido en París en 1946, el «monje feliz», como se le conoce en todo el mundo, creció en un ambiente ilustrado. Su padre, Jean-François Revel, fue un reconocido escritor, filósofo y miembro de la Academia Francesa. Su madre dedicó gran parte de su vida profesional a la pintura surrealista y tuvo un gran éxito antes de convertirse también ella en monja budista.

Ricard hizo su doctorado en genética celular en el Instituto Pasteur de París y trabajó con el premio Nobel de medicina François Jacob. Parecía destinado a convertirse en uno de los grandes investigadores del campo de la biología cuando le dio a su padre el disgusto de su vida. El estudio de textos budistas desencadenó una llamada espiritual que le llevó a dejarlo todo. Era 1972 y las próximas tres décadas de este francés de carácter suave y cultura exquisita –el único europeo que lee, habla y traduce el tibetano clásico– iban a ser dignas del mejor guión de una película.

Tras estudiar con los grandes maestros del budismo, conoció al Dalai Lama y en 1989 se convirtió en uno de sus principales asesores y en su traductor al francés. Se ha convertido en la figura budista occidental más influyente del mundo y llevaron al gobierno francés a concederle la Orden Nacional Francesa.

La idea de Ricard de ofrecerse para los estudios de la mente que llevaba a cabo la Universidad de Wisconsin estuvo influenciada por el propio Dalai Lama, que durante años ha colaborado con científicos occidentales, facilitando el análisis cerebral de los monjes y su capacidad de aislar la mente durante las sesiones de meditación. Uno de los aspectos que más ha fascinado a los investigadores es la capacidad de los monjes de suprimir sentimientos que hasta ahora creíamos inevitables en la condición humana: el enfado, el odio o la avaricia.

Ricard cree que el problema es que nuestros sentimientos negativos hacia otras personas no están a menudo justificados, sino que los hemos creado nosotros en nuestra mente de forma artificial como respuesta a nuestras propias frustraciones. Y ése es uno de los impulsos que el monje francés piensa que hay que aprender a controlar si se quiere ser feliz. Para el escritor, la felicidad es «un tesoro escondido en lo más profundo de cada persona». Atraparla es cuestión de práctica y fuerza de voluntad, no de bienes materiales, poder o belleza. Los que llegan al final del viaje y logran la serenidad que lleva a la dicha, asegura Ricard, sienten lo mismo que «un pájaro cuando es liberado de su jaula».

Matthieu Ricard ve en resultados como éste la prueba de que cualquiera, no importa las desgracias que haya vivido, puede alcanzar la felicidad si cambia el chip mental que a menudo nos hace detenernos en los aspectos negativos de la existencia.

Los investigadores que han estado analizando las emociones de Ricard creen que los resultados podrían servir para paliar enfermedades como la depresión y llevar a la gente a entrenar una mente saludable de la misma forma que hoy se acude al gimnasio a mejorar la forma física.

El monje francés responde a quienes dudan con la pregunta que mejor define su visión de la vida: « ¿Acaso quieres vivir una vida en la que tu felicidad dependa de otras personas?».

Matthieu Ricard en lugar de una casa en la playa ha elegido una vida contemplativa en el monasterio nepalí de Shechen; por eso ha regalado los millones de euros procedentes de sus libros. El «hombre más feliz del mundo» no sugiere que todo el mundo deba hacer  lo mismo para encontrar la dicha. Sólo que aprendamos que la casa de la playa, los millones en el banco o esa pareja atractiva tampoco nos conducirán directamente a ella.

Aprender a contentarnos con lo que tenemos quizá sí.


martes, 5 de noviembre de 2013

La motivación en las PYMES

por Marcelo Vázquez Avila


Fomentar la motivación en las organizaciones es fundamental para la buena marcha de la empresa, tanto para la consecución de los objetivos empresariales, como para lograr un adecuado clima laboral. La motivación en las pymes debe ser una asignatura obligatoria y si no sabéis cómo contribuir a la motivación de los colaboradores aquí os dejo 10 formas para  tener  más ideas de cómo motivar:

- Visión y propósito de la empresa y plan de carrera a largo plazo
- Jornadas mejores y conciliación laboral
- Confianza en los líderes
- Buen clima laboral y ambiente de trabajo
- Posibilidad de desarrollarse como uno mismo es
- Palabras de agradecimiento sinceras
- Reconocer públicamente a los empleados más sobresalientes
- Rediseño de tareas de trabajo
- Participar en la fijación de los objetivos empresariales
- Redefinición de objetivos.

A pesar de lo que se podría, en la mayoría de los casos, un aumento salarial no incrementa ni la motivación ni la productividad de los empleados. Y es que un 55% de los empleados opina que el factor económico no es un elemento de motivación. Un 8% declara que sólo les motiva el factor económico y el 33% asegura que el factor económico contribuye a su motivación en el trabajo.

Para motivar al equipo de una PYME, además del dinero, el empresario debe contar con una serie de elementos: proyecto, contenido de trabajo atractivo que supongan reto profesional, aprendizaje, sentido del trabajo, posibilidad de desplegar competencias, habilidades y conocimientos, reconocimiento, autonomía, responsabilidad, participación, comunicación y transmitir el sentido del proyecto de empresa.

El igualitarismo con los empleados de una PYME es menos eficaz que la consideración o el trato diferenciado. Al momento de dirigir personas lo comparo con la familia, puesto que a los hijos se les conoce y se les trata de manera distinta. Así es igual en las empresas: los colaboradores tienen competencias y habilidades, actitudes, conocimientos y motivaciones diferentes y los empresarios PYME deben amoldarse a ellos y saber cuánto pueden exigir y qué puede dar cada uno de ellos. 

El principal beneficio que tiene un empresario PYME en contraposición de una gran empresa es que tiene un mayor contacto con la realidad. Lo hace posible tomando el pulso de la realidad humana del negocio, no necesita intermediarios y por tanto, están mucho más cerca de las asignaciones, seguimiento, supervisión, evaluación, retroalimentación, etc. Todo eso lo puede estar haciendo de primera mano.



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