domingo, 17 de julio de 2011

La libertad de elegir (I)


 
por Marcelo Vázquez Avila

¿Hasta qué punto podemos ser los artífices de nuestra vida misma?

Intentar responder este interrogante es sin lugar a dudas atreverse a dar un paso más, asumiendo la valiosa oportunidad que supone el ser conscientes de que nuestras actitudes y acciones ante las circunstancias son algo así como el director y el primer violín de la orquesta encargada de interpretar la obra de nuestra existencia.

La vida nos pone constantemente ante situaciones que nos exigen que decidamos entre varias alternativas de acción, sentimiento o actitud. Haciendo un breve repaso a nuestra propia biografía vital, podremos percatarnos de las importantes repercusiones que han tenido algunas de las decisiones que tomamos en el pasado, muchas veces sin ser conscientes de la trascendencia real de las mismas. Así, a veces tenemos la sensación de que nuestro camino se va dibujando en base a una compleja mezcla de circunstancias ambientales, decisiones propias y una serie de coincidencias a las que solemos llamar casualidades que no sabemos por qué razón a veces hacen que todo acabe de encajar.

Pero nuestra influencia en nuestras propias vidas va aún más allá de las importantes determinaciones vitales tal y como solemos concebirlas, ya que en realidad lo que acaba determinando nuestra existencia son las pequeñas decisiones que tomamos constantemente sobre cómo pensar y comportarnos. El siguiente proverbio, dicen que tibetano, describe a la perfección esta idea:

Siembra un pensamiento y cosecharás una acción; siembra una acción y cosecharás un hábito; siembra un hábito y cosecharás un carácter; siembra un carácter y cosecharás un destino.

Más a menudo de lo que solemos reconocer, cuando uno se embarca en el camino del auto-conocimiento y la introspección espera que en algún momento del sendero le invada una gran sabiduría que le permita discernir correctamente entre lo verdadero y lo ilusorio, actuar en consecuencia y así dejar de sufrir. Sin embargo, la inmensa mayoría de veces, el camino de acercamiento a esta sabiduría vital se recorre mediante pequeños y constantes pasos que suelen requerir además una elevada dosis de atención por parte de quien los ejecuta. Comprender esto es importante, ya que nos ayudará a perseverar y a no desanimarnos al ver que nuestros esfuerzos no se ven recompensados de golpe.

Si queremos cambiar nuestra actitud hacia algo o nuestra relación con alguien debemos concentrarnos primero en cambiar nuestros pensamientos o valoraciones hacia esa situación o persona, ya que estos constituyen la semilla inicial a partir de la cual germina todo el resto.

Una vez cambiados los pensamientos debemos materializar esta transformación modificando nuestras acciones. Este paso es tremendamente importante, ya que potencia el cambio anterior y aumenta sus repercusiones. No se trata en absoluto de intentar hacer grandes y visibles cambios en nuestra conducta, sino más bien de ir modificando lentamente nuestra actitud hacia las circunstancias, cosa que hará que las recibamos mejor y actuemos ante ellas de forma más tranquila y eficaz. La clave para que estos cambios de actitud y conducta se afiancen y conviertan en hábitos es la perseverancia, ya que sin ella la transformación será efímera y carente de sentido. Para mantenernos motivados en esta gesta, debemos ser conscientes de que el cambio es gradual, de manera que no será extraño si nos descubrimos a nosotros mismos volviendo a tropezar más de una vez con la misma piedra. Ante estos pequeños traspiés no debemos desanimarnos, sino estar muy atentos para detectar cuándo  y porqué suceden, aceptar su existencia y seguir adelante con el mismo empeño y ganas de mejorar que teníamos al principio.

Sí que podemos elegir. Dice Ortega: “... el hombre es inteligente... porque necesita elegir. Y porque tiene que elegir, tiene que hacerse libre... Sólo se hizo libre porque se vio obligado a elegir”. Elegir, algo inevitable y cotidiano, puede ser, en algunos casos, angustioso. ¿Por qué? Porque lo que vamos a ser depende de nuestras elecciones, depende de nosotros mismos. Y cuando he elegido algo, no me afecta sólo a mí y a mi futuro, sino que afecta, también, a los demás. Por eso hay tanta gente que no quiere crecer. Prefieren que otros elijan por ellos. Por eso hay tantas ovejas, en vez de ciudadanos. Y niños 'perpetuos'.

El diccionario de la lengua española de la R.A.E., nos dice, en su primera acepción, que ‘decidir’ es cortar la dificultad y ‘elegir’, es escoger. En resumen, podemos escoger a voluntad pero, no siempre, podemos cortar una dificultad a golpe de voluntad. Sucede algo parecido con el insomnio. No podemos dormirnos a golpe de voluntad.


Es igualmente importante entender que las maneras de funcionar que tenemos incorporadas a nuestro repertorio y que nos generan sufrimiento se gestaron siguiendo el mismo proceso: la semilla inicial fueron los pensamientos, que nos hicieron reaccionar de una determinada manera que, al repetirse, se afianzó en nuestras vidas en forma de un hábito que ha pasado a influirnos en nuestro presente y nuestro futuro. Tener claro este mecanismo es crucial para comprender que para romper estas cadenas de acontecimientos es necesario sustituirlas poco a poco por otras más saludables.
  
Así que, si al sentirnos con sed, empezamos a abrir el grifo de las nuevas actitudes y dejamos fluir el agua sin impaciencia ni grandes expectativas, podremos ver como dentro de poco empezaremos a tomar pequeños sorbos de paz y tranquilidad.


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