domingo, 12 de agosto de 2012

Vivir la vida con sentido


por Marcelo Vazquez Avila

Cada época trae sus propias neurosis y esta es una época de neurosis de índole espiritual. La sociedad de consumo, la violencia, las guerras, la situación de crisis económica, el exceso de información, hacen que el ser humano pierda el sentido de su existencia y vivencie el vacío espiritual.

Ante esos hechos que se nos presentan como amenazas, vivir nuestra vida con un sentido es una alternativa. La mejor alternativa. Podemos escoger ver la vida con el propósito de encontrar un motivo  y seguirlo. Más allá de la mera diversión. En contra de huir de los problemas, o de magnificarlos viéndonos atrapados por ellos, se trata más bien, de encontrar un por qué me pasa esto, y para qué me debe estar pasando. Como motor de cambio y mejora. Es como si tuviéramos goteras en la casa. Una alternativa es lamentarnos, o echarle la culpa a la lluvia, o repararlo sin pensar. Pero cuando se repite el problema, o bien, tenemos crisis diferentes, una tras otra, "cuando no me pasa esto, me pasa lo otro...", entonces podemos plantearnos que por algo será, que tenemos goteras. Y podemos meditar sobre ello, encontrar distintas soluciones, llevar a cabo reparaciones más profundas en nuestro Ser, y de esta manera, mejorar notablemente. Posteriormente las crisis cobrarán un sentido de oportunidad de mejora, y para eso nos pasan. Esta elección de ver la vida, es lo que aboga la Psicología positiva, la Logoterapia, y también -como cada vez mas- desde los aportes de la neurociencia, lo que nos hace felices, es el camino a través del cual perseguimos un objetivo,  encontrarle un propósito a lo que estamos haciendo, no ya de conseguirlo.

Francesc Torralba en su libro sobre el sentido de la vida nos dice: «para dotarla de sentido, no hace falta tener muchas interacciones, ni conocer muchas personas, ni disfrutar de una gran vida social. Lo único que hace falta es profundizar en los vínculos, ir al fondo y darse cuenta de los misterios que esconde el otro y que, solamente, si se exploran con delicadeza, querrá mostrarlos. No es la cantidad de relaciones lo que da sentido a la vida, sino la calidad de vínculos, la exquisitez del trato que somos capaces de dispensar.» Para poder tener vínculos de calidad, para poder ayudar a una persona que esté viviendo un momento agonizante y traumático, es necesario hacerlo resurgir al mundo de los seres vivos. Y esto no es posible si no hay un proceso de construcción de sentido. Entonces sí que hay porqués.

Cuando hay la capacidad de traducir en palabras, en representaciones verbales susceptibles de ser compartidas, las imágenes y emociones experimentadas; cuando posibilitamos otorgar sentido a todo, las volvemos a integrar a nuestra comunidad de vida, las conferimos humanidad. Esta construcción de sentido permite recuperar el sentimiento de pertenencia a un grupo que ampara las mismas palabras, las mismas imágenes y las mismas explicaciones. ¿Podré algún día ser feliz a pesar de todo lo que me ha pasado? Sí, por supuesto.

La resiliencia se edifica sobre este otorgamiento de sentido. Dar un sentido a la vida constituye un elemento esencial que permite a la persona que ha padecido una agresión sobreponerse a sus dificultades.

Cuando la búsqueda de sentido tiene un desenlace favorable, entonces, la persona herida puede avanzar en su proceso de transformación. Al contrario, si esta búsqueda continúa indefinidamente sin respuesta, sólo encontraremos una herida que nunca cicatrizará: la sensación de desasosiego y el dolor persistirá por mucho tiempo.

Hay una historia muy conocida pero no por ello menos clarificadora sobre la importancia de poseer un sentido que se atribuye al escritor y poeta francés Charles Péguy: «Charles iba en peregrinación a la catedral de Chartres. En el camino se encontró un hombre picando piedras, malhumorado y furioso. ¿Y usted que está haciendo?, pregunta el escritor. Ya lo ve, pico piedras. Tengo sed, me duele la columna, lo perdí todo, soy una subespecie humana que hace este trabajo miserable. Siguió caminando y se encontró con otro hombre picando piedras. Repite la misma pregunta y éste le contesta: Yo me gano la vida con este trabajo, estoy relativamente satisfecho. Se encuentra con una tercera persona contenta que ante la misma pregunta, le contesta sonriendo y ufano: Aquí estoy, construyendo una catedral. Esa misma piedra desprovista de sentido acaba teniendo todo el sentido del mundo si le sabemos otorgar.»

Víktor Frankl es un claro ejemplo de persona resiliente. Frankl decía que cada época trae sus propias neurosis y que esta es una época de neurosis de índole espiritual, la sociedad de consumo, la violencia, las guerra, la situación de crisis económica, la tecnología hacen que el ser humano pierda el sentido de su existencia y vivencie el vacío espiritual.

Víktor Frankl nacido en Viena en el marco de una familia judía, fue hecho prisionero por el régimen nazi juntamente con su esposa y sus padres en el otoño de 1942 y fue deportado al campo de concentración de Theresienstdten. En 1944 fue trasladado a Auschwitz y Dachau. Sobrevivió a ese horror al ser liberado el 27 de abril de 1945 por el ejército norteamericano. Su esposa y sus padres murieron en los campos de concentración.

Después de su liberación vuelve a Viena y escribe su libro “El hombre en búsqueda de sentido” donde describe su vida como prisionero. En esta obra reconoce que, incluso, en las condiciones más extremas de deshumanización y sufrimiento, el ser humano puede encontrar un sentido a su existencia. Más aún, en los campos de concentración, quien perdía el sentido de la vida tenía pocas posibilidades de sobrevivir. “Una persona que se proyecta hacia un sentido, que ha adoptado un compromiso por él, que lo percibe desde una posición de responsabilidad, tendrá una posibilidad de supervivencia incomparablemente mayor en situaciones límite que la del resto de la gente normal”.

Si conocemos el porqué de nuestra vida, podremos soportar todos los «cómos» a los cuales estamos sometidos. El sentido devuelve a la persona inmersa en situaciones trágicas a abrirse a los aspectos positivos de la existencia.


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