jueves, 28 de abril de 2011

El arte de narrar historias



por Marcelo Vázquez Avila


Cuando tenemos que hacer una presentación en público, más que en la preocupación por los aspectos más técnicos como el Power Point, la conexión de audio, etc... deberías hacerte la siguiente pregunta:

¿Cuál es el estado emocional que quieres para ti y para tu audiencia?

Los aspectos técnicos deberían ser sólo una herramienta, algo que nos acompañe y refuerce el contenido, nunca el centro de nuestra actuación. Y el contenido es importante obviamente, pero lo es incluso más el modo en que vas a transmitirlo, qué vas a hacer para que de verdad llegue al público presente.

Uno de los aspectos fundamentales para ser un verdadero “comunicador” y no un mero “ser parlante” o “recitador de palabras” cuando hacemos una presentación es el estado emocional, tanto el interno del presentador como el de la audiencia. Todos hemos visto en alguna ocasión a grandes oradores que consiguen todo tipo de reacciones de su público: les hacen reír, los dejan pensativos o incluso hay quién consigue conmover a sus espectadores hasta el punto de las lágrimas.

¿Os habéis preguntado alguna vez cómo lo consiguen? La mayoría son personas que han preparado cuidadosamente su presentación, conocen el contenido a la perfección, lo han ensayado y han construido un discurso que combine el contenido con diferentes momentos emocionales. Han tenido en cuenta ese aspecto emocional en la preparación, no sólo han pensado en ofrecer información y difundir ideas, han pensado también en transmitir experiencias, sensaciones y emociones. No es algo que puedas pensar que sucederá al azar, que no necesita preparación, pues es posible que no lo haga. Y entonces, cuando acabes la charla, las personas se irán con una gran cantidad de información nueva, pero ninguna emoción asociada, que hará que si tienes suerte recuerden lo que dijiste durante unas horas.

Una vez que lo tienes preparado y ensayado llega el momento de la verdad, de estar ahí y ser aquello que estás transmitiendo. La emoción no surge de la técnica, surge de tu interior, de que tus palabras y tus gestos estén alineados con tu emoción interior. Si explicas un chiste para “hacer la gracia”, pero tú no sientes esa alegría interna, esa dicha, lo más probable es que no haga ninguna gracia. Si tratas de conmover con una historia sentida y a ti no te conmueve, lo más probable es que el público quede más o menos impresionado, pero sólo de manera superficial, sin una emocionalidad auténtica. En cada momento de tu presentación tienes que ser el mensaje. Ya sabemos que las emociones se contagian y cuando eres el mensaje, éste se extiende, se proyecta, se amplifica y se infiltra en cada neurona espejo del espectador y de ahí a todo su cuerpo. Y la sala vibra en tu misma frecuencia. Y es ahí cuando cesa la difusión de información y comienza la magia.

Ya que de eso va el tema de presentar en público, de crear esa magia que permite que los cambios sucedan, ¿Creas magia en tus presentaciones o te limitas a ofrecer conocimientos?

El Arte de Narrar

Vivimos en una sociedad voraz consumidora de arte. Tanto si eres aficionado al cine como si no, seguro que a lo largo de tu vida has visto centenares de películas. Piensa en una que de verdad te haya gustado, una película que incluirías en tu ranking personal de obras maestras. ¿Ya la tienes? Bien. Ahora, piensa en algún libro que te haya gustado especialmente. Y a continuación analicemos algunas de las semejanzas entre estas manifestaciones artísticas. ¿No te sentiste atrapado desde los primeros segundos por la trama de la historia en el caso del libro, o de la película?

Los autores que crean obras maestras, poseen la habilidad de conectar inmediatamente con la audiencia, ya sea en el escenario, en la pantalla o sobre el papel. Pero no basta con despertar el interés inicial, hay que mantenerlo durante toda la obra. Todos hemos leído novelas o visto películas que empiezan muy bien para luego ir desinflándose y terminar como un globo arrugado. Es importante mantener la atención y el interés, desde el principio hasta el final. Como suele decirse, que “nos mantengan en vilo”. Por supuesto, todas esas artes narrativas cuentan con sus propios recursos para conseguirlo.

Por último, ¿no es curioso que algunos de esos libros o películas los disfrutaras por primera vez posiblemente hace años y todavía te acuerdes de ellos? Vemos pues que otra característica que comparten las grandes obras es su perdurabilidad en la memoria. Por eso precisamente se habla de “clásicos inolvidables”.

En definitiva, las grandes obras narrativas alcanzan los tres objetivos de toda presentación:
conectar con la audiencia, mantener su interés y fomentar el recuerdo.


domingo, 24 de abril de 2011

Los Vampiros Emocionales


por Marcelo Vázquez Avila

Compartir con estas personas te deja agotado mentalmente, deprimido, con el ánimo apagado. Incluso unos últimos estudios sugieren que son negativas para tu salud.

Por suerte, puedes neutralizarlas. Vampiros emocionales. De acuerdo, el término es bastante dramático, y algunos dirían que hasta excesivo... pero después de un encuentro —por breve que sea— con uno de estos individuos, todos estamos de acuerdo en que es el único que realmente los describe. Después de tratarlos, nos sentimos como si una especie de `Drácula psíquico' nos hubiera drenado emocionalmente, dejándonos deprimidos, sin energía, con el ánimo apagado.

Todos conocemos por lo menos uno. ¿No lo crees? Haz una prueba sencilla: ¿Existe alguien que evitas o rehúyes, sea en persona o por teléfono? ¿A quién te cuesta mucho trabajo devolverle una llamada, porque la sola idea de hablar con él o ella te cansa? Después de compartir con cierta persona, por `agradable' que haya sido el encuentro, ¿te quedas tensa, molesto/a o agotado/a... y muchas veces ni siquiera entiendes por qué? Si has respondido que sí a cualquiera de estas preguntas, no lo dudes: estás lidiando con un vampiro emocional. Lo insidioso de este problema, es que puede ser un desconocido... o un ser querido: un tío, el marido o la mejor amiga. De igual manera, la relación puede ser cercana o distante; la persona agradable o desagradable... pero el efecto que tiene sobre ti siempre es casi venenoso.



Existen dos clases de vampiros emocionales —ambos igualmente tóxicos— que debes aprender a reconocer.



La amenaza invisible:



El primero es el vampiro invisible. Y es que muchas veces, el comportamiento de estas personas no es abiertamente tóxico, por decirlo de esta forma. Por lo tanto, es difícil reconocerlas y `neutralizarlas'. Después de todo, son pocos los que no captan cuando alguien se comporta de una manera grosera o desagradable con ellos, o cuando trata de ofenderlos de acción o de palabra. Pero dicen que no hay peor contrincante que un enemigo invisible, y es verdad. Muchos vampiros emocionales operan `por debajo del radar'. En otras palabras: su comportamiento tóxico no es evidente; este se oculta detrás de una actitud o unas palabras inocentes. Esto se debe a que ellos envían `mensajes dobles', que es el arte de decir una cosa aparentemente inocua, e insinuar otra muy diferente.



Por ejemplo: ‘Qué bien te quedan esos zapatos', dice tu `mejor amiga'... antes de agregar: `incluso te hace el pie más pequeño'. `Qué bien te ves... para tu edad'. Este tipo de comentario también se conoce como `el dulce envenenado', porque, detrás del elogio, siempre hay una crítica implícita. El vampiro solapado también suele recurrir al humor como una forma de atacarte sin dar la cara ni sufrir las consecuencias. La regla que funciona aquí es la siguiente: si él o ella bromean con que tienes sobrepeso, no debes ofenderte, porque “se trata de una broma”.

El lenguaje corporal también es una estrategia muy común de los vampiros emocionales. Te dicen `Respeto tu decisión'... con una sonrisa cínica en la cara; juran que te aprecian... con los brazos cruzados; te piden que les creas... y desvían la mirada (a veces el gesto es tan sutil, lo que los sicólogos llaman una micro expresión, que no lo captas a nivel consciente; pero sientes que algo simplemente no `cuadra'). Ellos te dicen una cosa, pero tú percibes todo lo contrario. Esta discordancia crea una confusión interior que, a la larga, te drena.

Vale aclarar que, muchas veces, el vampiro emocional no opera a nivel consciente; no sabe el efecto que tiene en los demás. Simplemente, es su forma de ser. Como también ocurre con el segundo ejemplar.



Vampiro a la vista...



La segunda clase de vampiro emocional es más fácil de detectar, pero no menos difícil de sobrellevar. Estos son algunos de los ejemplares más comunes, de acuerdo con las teorías de las expertas en relaciones interpersonales Richardson & L. Glass, autores de Toxic People (Gente tóxica).



1. Los negativos. Ven el mundo a través de lentes oscuros. Y a ti te toca la ardua tarea de elevarles el ánimo, lo cual es como subir una piedra montaña arriba. `Tengo que buscar trabajo', dice ella. `Ahora hay muchas oportunidades en tu campo', le dices tú. `Sí, pero a mi edad...', apunta ella. `La experiencia vale de mucho', señalas. `Ay, pero las empresas prefieren personas jóvenes...'. Llega el momento en que tú, que tratabas de animarla, acabas más deprimida que ella, y temiendo por tu futuro laboral.

2. Los quejosos. Se pasan la vida lamentándose de lo mismo —y `lo mismo' puede ser la pareja, el empleo, los hijos, la economía—, pero nada hacen para cambiar la situación. En realidad, esta persona solo quiere quejarse, pues esto le produce un alivio momentáneo. ¿Tú? Después de una sesión maratónica de quejas, en la que al final nada se resuelve, acabas drenada.



3. Los criticones. Ponen objeción a todo lo que dices y haces; para ellos, tú nunca das la talla. Por supuesto, insisten en que las críticas son `por tu bien'. Pero la realidad es que te dejan por el piso. Por regla general, estas personas le encuentran un defecto a todo: la película, la cena, el servicio en el restaurante... ¡Son irritantes y ¡agotadoras!



4. Los belicosos. Cualquier incidente, por mínimo que sea, provoca en ellos una reacción agresiva. Sientes que debes vigilar lo que dices o haces, para no encender la pólvora, porque cuando estallan, ¡arde Troya! Esto apaga tu espíritu.



5. Los débiles e indefensos. Constantemente necesitan que hables por ellos, los defiendas, los apoyes, los protejas... porque ellos, pobrecitos, no saben valerse por sí mismos. Pero, sin duda, llevar todo ese peso sobre tus espaldas te quita hasta la última gota de energía. ¿Ellos? Tranquilos y felices, porque no tienen que hacerse responsables por sí mismos.

En este grupo hay que incluir a los `poca cosa' que practican la agresión pasiva; esos que, después de un desacuerdo, te juran que no te guardan rencor... pero luego se olvidan, por ejemplo, de pasar por ti a la hora acordada. Es su forma indirecta de castigarte.

6. Los sarcásticos. Sus comentarios —crueles, burlones, en fin: sarcásticos— pueden resultar chistosos, pero cuando ese humor negro siempre va dirigido a ti, acaba por minar tu espíritu. Después de una sesión de ironías y comentarios ácidos, te sientes dolida e insultada.. Su humor hiriente es tóxico para el alma, porque siempre golpea donde más duele.

7. Los catastróficos. Siempre están hablando de huracanes, enfermedades, muertes, desgracias y colapsos económicos. Para ellos, la vida es un peligro inminente, y si algo va a ocurrir, seguramente será muy malo. Cinco minutos con ellos acaban con tus nervios.

UN PELIGRO REAL



Daniel Goleman, autor del best seller La inteligencia emocional, nos asegura que el efecto que nos causan estas personas va más allá de una molestia momentánea. De acuerdo con su último libro, Social Intelligence (Inteligencia social), nuestros intercambios diarios con la pareja, los hijos, el jefe y aun con extraños, moldean la estructura física de nuestro cerebro a nivel celular; esto, a su vez, afecta todas las células del cuerpo, efectuando cambios incluso a nivel genético. En otras palabras: nuestra reacción ante los demás tiene un impacto biológico en nuestro organismo, ya que durante un contacto social segregamos hormonas que afectan desde nuestro corazón hasta nuestro sistema inmunológico.



Según Goleman, las buenas relaciones son como una vitamina; las malas, como un veneno. Y no solo eso: las emociones ajenas son contagiosas, lo mismo que un catarro. ¿Entiendes ahora por qué es tan importante neutralizar a los vampiros emocionales?



LOS PASOS CLAVES



1- Reconocerlos. Determina en qué categoría cae esa persona que te deja drenada anímicamente. De esta manera nunca te toma desprevenida, pues ya sabes cómo opera.



2- Mantener el balance interior. Para evitar el contagio, muchas veces entender por qué esa persona tiene ese efecto sobre ti, te ayuda a protegerte de su influencia negativa. Cuando sabes que es ella, y no tú, la que tiene un problema (porque es negativa, belicosa, catastrófica, etc.), puedes mantener una distancia emocional que te permite observar su comportamiento `desde afuera', sin que te afecte.



3- Alejarte. Si esta persona no es esencial en tu vida, puedes diluir la relación. Muchas veces la costumbre nos ”ata” a amistades tóxicas.



4- Sanar la relación. Si la relación es importante para ti, Richardson aconseja que le dejes saber a esa persona de qué manera te está afectando. No se trata de enfrentarla, herirla ni atacarla. En el momento oportuno, cuando ambas estén en buenos términos, debes llamarla aparte y dejarle saber que, justamente porque la quieres y valoras la relación, tienes algo que decirle. `Cuando haces o dices tal cosa, yo me siento tenso, triste, ansioso y a veces ofendido. Te pido que no lo hagas más'. Esto puede iniciar un diálogo muy sano para los dos.

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