domingo, 24 de marzo de 2013

Con un propósito en la vida


Por Marcelo Vázquez Ávila


“Quien tiene un porqué para, vivir, encontrará casi siempre el como”

Esta frase nietzscheana fue citada por el eminente psiquiatra y neurólogo judío-austríaco Viktor Frankl (1905-1997), sobreviviente a varios campos de concentración nazis y fundador de la Logoterapia, en su libro El hombre en busca de sentido (1946). Los libros de Frankl con su filosofía de vida han sido decisivos en la vida de miles de personas. De ahí que su obra sea utilizada hoy en todo el mundo por psicólogos, trabajadores sociales, pedagogos, médicos generales, filósofos y humanistas en general. Sus libros son aplicados en campos muy diversos, pero en todo caso, apuntando a un mismo objetivo: ayudar a las personas a que superen sus desgracias y a que enfrenten la vida con valor y decisión.

Son enseñanzas y el legado de un hombre que padeció las adversidades de la vida en carne propia, una persona que aún en su estado más mísero tuvo la valentía de afirmar: “el talante con el que un hombre acepta su ineludible destino y todo el sufrimiento que le acompaña, la forma en que carga con su cruz, le ofrece una singular oportunidad- incluso bajo las circunstancias más adversas- para dotar a su vida de un sentido más profundo”. lo que aprendemos de estos fragmentos de Frankl entre otras cosas, es lo que puede hacer un ser humano cuando, de pronto, se da cuenta de que no tiene "nada que perder excepto su ridícula vida desnuda". La descripción que hace Frankl de la mezcla de emociones y apatía que se agolpan en la mente es impresionante. Lo primero que acude en nuestro auxilio es una curiosidad, fría y despegada, por nuestro propio destino. A continuación, y con toda rapidez, se urden las estrategias para salvar lo que resta de vida, aun cuando las oportunidades de sobrevivir sean mínimas. 

El hambre, la humillación y la sorda cólera ante la injusticia se hacen tolerables a través de las imágenes entrañables de las personas amadas, de la fe, de un tenaz sentido del humor, e incluso de un vislumbrar la belleza estimulante de la naturaleza: un árbol, una puesta de sol. Pero estos momentos de alivio no determinan la voluntad de vivir, si es que no contribuyen a aumentar en el prisionero la noción de lo insensato de su sufrimiento. Y es en este punto donde encontramos el tema central del existencialismo: vivir también es sufrir; sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. 

Si la vida tiene algún objeto, éste no puede ser otro que el de sufrir y morir. Pero nadie puede decirle a nadie en qué consiste este objeto: cada uno debe hallarlo por sí mismo y aceptar la responsabilidad que su respuesta le dicta. Si triunfa en el empeño, seguirá desarrollándose a pesar de todas las indignidades. Las palabras de Nietzsche: «Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo» pudieran ser la motivación que guía todas las acciones psicoterapéuticas con respecto a los prisioneros. Siempre que se presentaba la oportunidad, era preciso inculcarles un porqué —un propósito— de su vivir, a fin de endurecerles para soportar el terrible cómo de su existencia. Desgraciado de aquel que no viera ningún sentido en su vida, ninguna meta, ninguna intencionalidad y por tanto, ninguna finalidad en vivirla, ése estaba perdido, decía Frankl.

Yo veo en estas palabras un motor que es válido para cualquier otro ámbito humano. Los campos de concentración nazis fueron testigos  de que los más aptos para la supervivencia eran aquellos que sabían que les esperaba una tarea por realizar. Sabemos cuál es la nuestra?

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