domingo, 16 de octubre de 2011

"La Tristeza de la resignación"

por Marcelo Vázquez Avila

No puedes evitar que el pájaro de la tristeza vuele sobre tu cabeza, pero sí puedes evitar que anide en ella.

La resignación es aceptar una derrota sin antes haber hecho todo lo que tú crees que puedes hacer para superarla y nos entristecemos y frustramos  porque no se da el resultado que esperábamos. Nos damos por vencidos antes de comenzar la lucha.

 La resignación siempre buscará culpables, siempre esperará que algo o alguien le traiga la solución pero sin ganarla, sin hacer nada por conquistarla y justificará siempre el resultado basándose en culpas ajenas y no asumiendo su propia responsabilidad; la resignación nos hace creer que no somos capaces de superar las circunstancias del hecho que estamos viviendo y deja en nuestras mentes una frustración constante.

A primera vista parece obvio que resignarse es simplemente aceptar las adversidades, las cosas contra las cuales no podemos hacer nada… y allí precisamente comienza el dilema: ¿somos realmente conscientes de cuándo estamos aceptando algo o cuando estamos resignándonos?

Si nos tomamos un minuto para pensarlo, es posible que en algunos momentos digamos que aceptamos algo cuando en realidad nos estamos resignando a ello, creyendo que no podemos hacer nada. Y es que a veces la comodidad, los miedos, nos aferran a los “imposibles” y establecemos límites nosotros mismos.

Aceptar una realidad es asumirla en su totalidad, voluntariamente, en sus cualidades positivas y negativas, en todo lo que conlleva, sin rencores, ni sentimientos arrastrados. Por ejemplo: Aceptamos que alguien no es como nosotros y respetamos su forma de ser, sin pretender cambiarle, o convencerle de nuestras posturas.

Resignarse implica una aceptación incompleta, bien porque realmente no podemos hacer nada para cambiar una situación, o bien porque interiormente no nos vemos capaces de hacerlo. Está ligada a la tristeza, a la frustración y la pena, supone una barrera interior. Por ejemplo: Nos resignamos con una relación X porque creemos que simplemente no podemos aspirar a más, pero este hecho, al no ser un hecho aceptado y previamente elegido por nosotros, supone un lastre.

Personalmente, al reflexionar sobre el tema he tenido y tengo algunas comeduras de cabeza sobre si acepto o me resigno en determinadas situaciones. Con frecuencia, una mala autoestima puede llevarnos  a cargarnos con  determinadas tareas que no deseamos, a cargar la mochila emocional, a simplemente creer que algunos roles vienen con uno, “de fábrica”; pero sólo cuando nos planteamos seriamente qué es lo que realmente deseamos, comenzamos a aceptar…

Cuando nos resignamos a algo, siempre queda por detrás una frustración, un enojo por lo que no pudimos lograr. Nos falta comprender que en muchas situaciones no hay nada que uno pueda hacer u otras a veces no es necesaria nuestra intervención. Como nos creemos omnipotentes suponemos que siempre podemos hacer algo. Nos resignamos cuando vemos que finalmente no va a pasar, pero quedamos enojados para no reconocer que no somos omnipotentes.

Por ejemplo, una persona que desea viajar en avión y no hay lugar en el vuelo. La persona se enoja, se queja, muestra su tarjeta VIP, pero no consigue lugar. Finalmente se resigna a viajar en otro vuelo, pero se muestra  enfadada  para no demostrar que no puede y que debe respetar las reglas.

Es necesario comprender que en cada situación hay un aprendizaje y que el mismo se debe aprovechar independientemente del resultado de la situación. Las emociones que quedan estancadas en el cuerpo nos impiden ver ese aprendizaje, además de desequilibrarnos. La resignación nos deja con la frustración de no haber logrado lo que deseábamos y entonces nos aleja de la armonía.

Tampoco es lo mismo ser un  conformista que estar conforme. Este último tiene que ver con sentirse bien con lo que uno tiene o hace, ser conformista implica adaptarse a cualquier situación dejando de lado los propios derechos o deseos. Creo que en el conformismo hay tristeza y tal vez miedo a ser diferente. Uno no cree en sí mismo y entonces se queda ahí a donde lo llevan, triste porque no se siente con la capacidad de lograr lo que desea.

Es necesario comprender que siempre hay una opción. Cada acto que realizamos depende de una elección que hacemos previamente. Muchas veces elegimos de manera inconsciente aquello que nos es más fácil o estamos acostumbrados a hacer. Esos actos acarrean emociones históricas, tristeza, baja autoestima, dependencia, etc., que se acumulan en nuestro cuerpo.

Solo cuando elegimos con consciencia, desde la libertad y somos consecuentes con esa elección, retornamos a la armonía.
“El que quiere todo lo que sucede, consigue que suceda cuanto quiere”.
Miguel de Unamuno

1 comentario:

MARCELO VAZQUEZ AVILA dijo...

Neptuno nos ha escrito: "Para un espíritu luchador aceptar ciertas situaciones en la vida se hace difícil, y tiene que acontecer un suceso externo que te haga ver la realidad, pues el propio espíritu te hace luchar contra esa verdad con tal de no aceptarla. Necesita parar en seco, reflexionar, mirar para dentro, aceptarla y llorar; una vez que la acepta comienza la lucha para intentar atenuarla en la forma de lo posible, bien venciéndola a ella o a sus efectos; pero sin perder la referencia desde donde se parte. Antes de esta maniobra todo es un infierno en el que no se sabe contra que se lucha y todo y todos acaban siendo el enemigo.
Por supuesto la resignación en un espíritu luchador no tiene cabida. Nunca entra en mis esquemas.

La negación sería un choque continuo contra un muro, en cual te vas deteriorando, la aceptación comienza con la visualización del obstáculo y la búsqueda en la forma de salvarlo, bien eliminándolo o sorteándolo.

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