domingo, 22 de enero de 2012

Manipulación y la seducción del Poder

por Marcelo Vázquez Avila

La cima y el llano
Hay un licor especial que catan aquellos que gozan del poder, tan embriagante que nunca la dosis es suficien­te para apaciguar sus apetencias. El poder los enseñorea y los sume en una lejanía sobre los demás, que se acrecienta cuanto más poderoso se es. Desde la cima no se percibe como desde el llano. El poder,  tiene una cara visible y mil ocultas. Y esto se da en muchos ámbitos diferentes; en todos los regímenes de gobierno, desde un reino o una república, hasta cualquiera de nuestras empresas del siglo XXI.

El manipulador intenta  generar la realidad, y sus secuaces la imponen en el llano, no hay opción a una doble vía, por las buenas o por las malas, el orden tiránico es el que  se impone. En el caso de una democracia este cambio no es brusco, el político manipulador se vale de todos sus re­cursos, pero principalmente de dos enérgicos ayudantes: los recursos económicos y la bandera del miedo, agita­da constantemente y con los más variados contenidos, pero siempre presente. Exprime a sus contrarios más allá de los límites y es pródigo con los que sustentan la base de su po­der. Debilita a sus oponentes y refuerza a sus seguidores.

De tiranos y narcisistas
El tirano con poder está en su salsa. Su natural nar­cisismo le devuelve una y otra vez una imagen embellecida que justifica, en todo, su accionar; no hay resquicio, un su mente, para el error propio. Si algo sale mal, los culpables son otros, o las circunstancias. Sin error no hay arrepentimiento y sin arrepentimiento no hay co­rrección del rumbo, sino persistencia. Terquedad, di­cen los otros; convicción, dice él. Su obrar manipulador se ajusta a sus códigos propios, distintos de los códi­gos comunes en muchas ocasiones; estos códigos pro­pios le permiten construir una lógica especial que da el marco a sus conductas  y lo hace imper­meable e intolerante a las críticas. El que lo critica no es un oponente, sino un enemigo.
La arrogancia, acrecentada por los aciertos y los aduladores profesionales, es un ingrediente perma­nente en la personalidad de ese tipo de jefes, fomenta­da, además, por un artificio psicológico que lo acom­paña posiblemente desde la infancia: la cosificación de los otros. Los otros no son significados como personas, como igua­les, sino como objetos, cosas, a ser usadas para lograr sus objetivos. Digamos que la materia prima que utili­za el manipulador para elaborar sus propósitos son las per­sonas. Y esta habilidad de manejar a los demás provie­ne de un largo aprendizaje, un camino recorrido y permitido por muchos de nosotros en las organizaciones que dirigimos, y que justificamos debido a los resultados (buenos pero efímeros) económicos obtenidos.

El "nuevo rico" del poder
Hay que ver cómo cambian las personas cuando acceden a posiciones de mayor poder formal. Algunos muestran comportamientos diametralmente opuestos, en lo que a valores se refiere, a los que tenían mientras el supuesto poder no les había sido otorgado. Estas algunas de las nuevas y lamentables conductas que se pueden identificar:

Amnesia de corto plazo: No se acuerdan de lo que eran hace unos días, llegando algunos a renegar de su existencia anterior.

Menosprecio por sus anteriores colegas: Convierten a los compañeros, que antes compartían su mismo nivel jerárquico, en una especie de clase inferior con la que no conviene mezclarse.

Imposibilidad de autocrítica: Creen que llegaron a ese nivel porque su conocimiento es superior al de aquellos que están en niveles “inferiores” de poder. Algunos se comportan como si fueran infalibles, e invalidan a todo aquel que proponga un cambio con el propósito de mejorar.

Engordamiento del ego: Identifican poder y tener, con ser. Se dicen a si mismos: “Yo tengo más poder que tú, entonces soy mejor”.

Polarización: Suelen creer que quienes piensan distinto son enemigos, y algunos llegan incluso a asignar una intención a la diferencia de ideas: “me envidian”, “me quieren dañar”, “buscan desestabilizarme”.

En manos de un ser humano sabio y maduro, el poder es una gran bendición. Pero en manos de un inmaduro, débil o emocionalmente enfermo, el poder es un peligro tremendo.

2 comentarios:

MARCELO VAZQUEZ AVILA dijo...

Desde Madrid, escribe Kike: "Que interesante Marcelo,hoy en día, gracias a Dios, ya no hay muchas personas (por lo menos en nuestro ámbito) con el poder más embriagador que hay: decidir sobre la vida o muerte del ser humano. Aunque bien es cierto que la necesidad de empleo que se da ahora con la crisis hace que la posibilidad de acabar o impulsar con una carrera profesional se le acerque mucho...

Un abrazo,

Kike

Jose Luis Aiscurri dijo...

Marcelo, el nuevo rico del poder cambia su forma de ser o esta es su verdadera forma?
Un abrazo
José Luis Aiscurri

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