lunes, 5 de marzo de 2012

Contra Tristeza, Autoestima

por Marcelo Vázquez Avila

Algo que he descubierto últimamente es, que el origen de nuestra tristeza no es el odio de los demás, sino el desprecio de uno mismo; lo que nos pasa es que no nos queremos. La buena noticia es que hemos descubierto el motivo de esos sentimientos autodestructivos.

En la mayoría de los casos, el origen de este mundo atormentado hay que buscarlo en la ausencia de cuidado, de afecto y de amor en los primeros años de vida de tanta gente que gira a nuestro alrededor. Basta con dar un paseo por la calle para ver ejemplos de situaciones radicalmente opuestas: por un lado es fascinante ver la cantidad de amor y sonrisas derrochados sobre los pequeños para que en ellos arrecie la autoestima necesaria y para consolidar en el futuro su curiosidad. La curiosidad suficiente para proseguir en la aventura del amor a los demás.

En cambio, por otra aparte, nos arruga el corazón y destroza los sentimientos, el hecho de contemplar los ejemplos interminables de gritos, esperas sin resultado, abandono en el mejor de los casos y palizas inmerecidas a niños violentados, sin que hayan tenido tiempo ni ganas de cometer un delito. Hoy sabemos que la mala gestión de las emociones durante la infancia es el germen abonado para la droga y el comportamiento desvariado durante la juventud. Y que está claro que los 3 pilares en los que se asienta la autoestima son la Autovaloración, el Aprendizaje y la Afiliación. Características poco fomentadas en la formación de los más jóvenes.

Durante los dos primeros años de la vida de una persona es cuando se afianza el vínculo del apego que es imprescindible para un correcto desarrollo emocional posterior. El tipo de vínculo que se establezca en este período marcará nuestras relaciones durante el resto de nuestra vida. Pero no siempre el apego es un vínculo seguro como tampoco la ausencia de un adecuado apoyo emocional es un determinante para la tristeza, o para que más adelante, la persona caiga en la delincuencia. Se puede recibir una educación emocional muy buena pero los avatares de la vida pueden cambiarnos de una manera radical. Por otro lado, existen personas que han sido víctimas de malos tratos o han crecido en unas condiciones de vida bastante indeseables pero, actualmente, tienen una buena calidad de vida emocional.

Lo extraño es que los sabedores de que esto ocurre no se manifiesten en la calle para reclamar que se aplique una solución. La existencia del problema está comprobada. Se ha investigado durante años con acierto la solución. Se ha experimentado en muestras piloto para que los gobernantes y los educadores pudieran enterarse. Pero están o parece que están ocupados en asuntos, supuestamente, más importantes.
Atravesamos en España una crisis similar a la que están viviendo  también en el resto de Europa, y una enorme enseñanza que me va dejando esta tremenda crisis, es que habiéndose reducido nuestros ingresos a la mitad, podemos seguir viviendo, por supuesto que aprendiendo a no seguir derrochando dinero en gastos prescindibles, superflujos o compulsivos. Aprendemos en estos tiempos a ver cuán llena llevamos la mochila con cosas innecesarias, y Tony de Mello nos lo enseña en uno de sus libros: “Liviano de equipaje”, cosa que este mundo consumista, materialista y hedonista no nos lo facilita para nada.

Todo depende del significado único y personal que cada uno de nosotros le da a su vida, a su entorno, a los sucesos, a sus pensamientos, etc. La educación sería la herramienta deseable y con ella es fundamental la capacidad de pensar y razonar de una forma crítica. . La educación no pasa por la simple instrucción sino que también consiste en ser capaces de enseñar con nuestro propio ejemplo que es la parte más importante. Si no somos capaces de hacer frente a nuestras emociones no podemos enseñar a otros a afrontarlas porque diremos una cosa pero nos comportaremos de otra manera muy distinta.

Hasta ayer mismo teníamos el debate infructuoso entre los partidarios de que los genes determinaban la conducta del individuo y aquellos que, por el contrario, creían que solo la experiencia individual contaba.

Ahora se sabe que estamos programados, es cierto, pero para ser únicos.

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