jueves, 28 de enero de 2010

“El secreto de sus ojos”


Por Marcelo Vázquez Ávila

La semana pasada tuve la oportunidad de cenar una noche con un buen amigo que había asistido al último Festival Internacional de San Sebastián. Se detuvo especialmente al contarnos el visionado de “El secreto de sus ojos”, y nos decía impresionado que podía atestiguar que, justo antes de los títulos de crédito, ya comenzó una atronadora ovación que es, o eso se decía, una de las más inolvidables que ha conocido una película en ese certamen.


He de reconocer que, dada la respuesta colectiva unánime ante esa película, tenía mis dudas de que fuera, en verdad, tan magnífica. Finalmente hice lo que hace la gente normal: fui al cine a ver una que ven todos. Suspendí un poco la lectura de libros, y acepté ser aplastado por la imagen del cine... Pero se puede disfrutar de eso, también...


El hecho es que la he ido a ver y me gustó mucho “El secreto de sus ojos” por las actuaciones, la historia que cuenta, los temas que aborda, el suspenso. Campanella ya había conocido un éxito masivo con ‘El hijo de la novia’, en la que ya mostraba sus armas como buen director de actores, competentísimo realizador y sensible y habilidoso guionista.. También le encontré algunos defectos: se muestra demasiado cuando lo mejor hubiera sido la elipsis, hay zonas de la trama que parecen algo traídas de los pelos, y algunos chistes que se repiten toman un poco por tonto al espectador. De todos modos durante la película, y después, el saldo es positivo, cuentan más los aciertos que los errores; la historia, que los artificios inapropiados.


En un cierto momento del desarrollo de esta apasionante peripecia criminal, ambientada entre el presente y algún momento de la década de los 70, el espectador repara que todo lo que les ocurre a estos oscuros funcionarios de un juzgado criminal de Buenos Aires parece situarse fuera del tiempo: no hay referencias a lo que sucede más allá de las cuatro paredes en que transcurre buena parte de la acción. Así procede siempre, a lo largo de este film, un Campanella que parece estar en plena forma: mostrando y escondiendo, dejando cabos sueltos que siempre serán retomados y que claramente descarga el peso de la historia sobre el diálogo.


Seguir viviendo de los recuerdos o decidirse a olvidar para mirar hacia adelante y recuperar el tiempo perdido. Ese es el dilema de Benjamín Espósito, un jurista reconvertido en escritor tras su jubilación, un idealista que creía en la justicia, y también un enamorado “pánfilo” que dejó perder el tren de su vida. Una película muy “a la argentina” en la que juega con dos tiempos y dos realidades, la de la vida y la ficción: atrás queda la que investigó el protagonista en un caso de violación y asesinato, ahora revisada y ampliada cuando se dispone a escribirla como novela para rehuir sus fantasmas. Dos momentos y dos ejercicios de creación en donde caben tantos finales como posibilidades ofrece la libertad o el amor en un ejercicio de compromiso complicado y duro, pero que hace que la vida no quede “llena de nada”.


Campanella apela al sentimiento desde sus compases iniciales con una despedida dramática y emotiva en la estación de tren, al más puro estilo romántico y acompañada de notas de piano que aportan la necesaria melancolía. El guión está bien construido y sabe mantener el suspense y enigma de los hechos, bien ayudado por unos rostros que no desvelan más que sentimiento y pasión, y con una trama que oculta los móviles de unos y otros en un mundo de venganza, corrupción, ambición de poder y miedo al compromiso.


Si el comienzo es muy visual y cinematográfico, con un uso de la fotografía que borra los contornos para centrarse en la pareja, a medida que la historia avanza la película se hace cada vez más narrativa, con un montaje y planificación que se apoyan en la carga de suspense propia del thriller, para terminar un plus de romanticismo. Al final, este thriller policíaco puede verse como el proceso de maduración de un idealista que confía ciegamente en la justicia hasta que la realidad le enseña otra cosa, de un joven enamorado que no se decide por miedo o incertidumbre y que necesita encontrarse con la verdad que esconden esos ojos para poder escribir la letra “A”.


Otra vez me quedé pensando. Si la vida humana es narrativa, nada mejor que ver el despliegue de esa vida para llegar a comprenderla. El filósofo y dramaturgo Gabriel Marcel decía que cuando estaba ante un problema antropológico, lo resolvía escribiendo una obra de teatro. De este modo podía observar la lógica que rige la trama de las relaciones interpersonales. En ello estriba la importancia de la literatura y del cine en particular como fuente de conocimiento antropológico y ético. Pienso si Campanella tendrá un perspectiva similar… ya que por ejemplo sus otras películas conocidas, ‘El mismo amor, la misma lluvia’ y ‘Luna de Avellaneda’ no tuvieron una respuesta tan global, aunque eran tragicomedias bastante interesantes.


La literatura, la religión y los mitos son fuentes inagotables de creación de arquetipos dramáticos para el cine. Con independencia de épocas y culturas, en todas las historias aparecen figuras universales, por ejemplo el concepto de belleza interior que aparece en “La Bella y la Bestia” se vuelve a encontrar en “El jorobado de Notre-Dame” y en “Shrek”. Así sucede también en muchos otros temas como la venganza, el amor imposible, el individuo con doble personalidad, el ansia de poder, etc.


No quiero decir que toda creación narrativa se reduzca a la repetición de un arquetipo. Más bien me dice que el hombre, al ser un misterio irreductible a un mero mecanismo biológico o incluso psicológico, siempre me da qué pensar. La realidad siempre superará nuestros pobres esquemas, permitiendo e impulsando la creatividad. No sólo nos interesa dominar o disfrutar. También la búsqueda de la verdad, el amor y la belleza mueven al hombre.


Campanella: ¡chapeau!

2 comentarios:

Bazko dijo...

Marcelo,
Coincido en que Campanella logró una gran obra. Sin embargo, a mi juicio, el mérito lo tiene Sacheri -el autor del libro "La pregunta de sus ojos"-. Sacheri es un joven profesor de historia que comenzó escribiendo cuentos cortos (muchos de fútbol y muy buenos).
Chapeau para Sacheri también!

santiago dijo...

Marcelo,
No he visto la peli pero vista la crítica si la encuentro en el video club la alquilo. Ahora con dos niños andamos abonados.

Tu comentario "La literatura, la religión y los mitos son fuentes inagotables de creación de arquetipos dramáticos para el cine" me llama la atención porque a veces siento un poco de pesimismo al pensar que "el cine y la televisión son fuentes inagotables de cada vez más dramáticos individuos en la vida real" afortunadamente no diría que son la mayoría, ni siquiera cerca. Pero sí, habla uno con mucha gente que por su manera de actuar parece que estuviesen replicando repetidamente arquetipos decadentes y amplificados por las pantallas de cine y tv.
En fin es tarde. Buenas noches.

Insignia identificativa de Facebook