lunes, 8 de febrero de 2010

Resiliencia, vulnerables pero invencibles (I)

por Marcelo Vázquez Avila

“Nadie sale con vida de este mundo”

  Woody Allen


Allá por la década del 50, dos investigadoras especializadas en desarrollo infantil, llamadas Emmy Werner y Ruth Smith realizaron un trabajo que resultó pionero en su disciplina: sembraron la semilla del concepto de resiliencia en los seres humanos. Hasta entonces el término resiliencia sólo se había utilizado en el campo de la física para definir las propiedades de objetos elásticos como un muelle o una pelota que absorben el impacto de una fuerza exterior o de un golpe, se adaptan y cambian de forma sin romperse para luego recuperar su forma y a veces mejorando su orden molecular.

Las investigadoras ayudadas por un extenso grupo de médicos, psicólogos y trabajadoras sociales demostraron que los niños son seres extremadamente resistentes y pueden soportar todo tipo de dificultades como la enfermedad, pobreza, alcoholismo y malnutrición, siempre y cuando tengan una actitud mental saludable. Ellas realizaron ese extraordinario estudio a lo largo de veinte años sobre noventa y ocho niños criados en Kauai, una zona carenciada de Hawái.

Los niños habían sido criados en condiciones de pobreza crónica por padres que tenían un bajo nivel educativo. Muchos provenían de hogares desestructurados o familias con un solo padre. Sin embargo, algunos sobrevivieron a estas difíciles condiciones iniciales y llegaron a ser adultos maduros y seguros de sí mismos, capaces, exitosos y socialmente competentes que ‘trabajaban bien, jugaban bien, amaban bien y esperaban cosas buenas de la vida’.

La historia de estos niños se narra en ‘Vulnerable, but Invincible’ en el cual las dos investigadoras describen las características de los niños ‘flexibles’. ¿Qué permitió a este pequeño grupo de elite sobrevivir a sus tempranas tribulaciones, cuando la mayoría de sus compañeros quedaban en el camino? Según el estudio, que siguió a los niños desde antes de su nacimiento hasta que contaban con un poco más de veinte años, la característica resaltante de los sobrevivientes era que tenían ‘un mejor concepto de sí mismos y una actitud más positiva, responsable y orientada hacia el logro’.

Esta confianza e independencia aparecieron desde una temprana edad, según las investigadoras, quienes comentan acerca de las ‘destrezas superiores de autoayuda y autonomía observadas entre estos niños en su segundo año de vida’.

Durante mucho tiempo el público y los medios de comunicación los trataron como criaturas excepcionales y llegaron a mitificarlos. Sin embargo a medida que se identificaban los rasgos personales y sociales de ese pequeño grupo, se hizo evidente que su resiliencia se nutría de capacidades ordinarias que se habían mantenido intactas gracias a coyunturas favorable consideradas fortuitas.

Todos los niños hawaianos que superaron las condiciones adversas habían establecido vínculos seguros de afecto y apoyo con alguna persona comprensiva, cariñosa y solidaria durante su infancia, no necesariamente los padres.

El elemento necesario de la resiliencia humana resulta ser la conexión afectiva con los demás aunque sea con una sola persona. La predisposición natural a relacionarnos alimenta el motor de la supervivencia, contribuye a la pasión por vivir y forma parte del instinto de conservación.

Por otra parte, como seres sociales que somos, vivimos constantemente expuestos a los pareceres de otros. Durante la infancia, los juicios de más peso suelen ser los de los padres, seguidos de los dictámenes de otros como maestros y mentores. Más adelante, cuando comenzamos a formar nuestra propia opinión de nosotros mismos, hacemos nuestras muchas de las opiniones que captamos de las personas con autoridad que nos rodean, así como las creencias y normas sociales que absorbemos directamente del entorno.

La sincronía entre las personas se manifiesta además en la facilidad con que nos contagiamos unos a otros estados emocionales como la confianza, la alegría, el entusiasmo, la inseguridad y el pánico. En mis años de trabajo experimental en psiquiatría biológica no he conocido un solo sobreviviente de turbulencias personales o condiciones adversas prolongadas que no situase una de las claves de se resiliencia en alguna persona de la que recibió cariño incondicional como apoyo en ese momento importante de su vida. En los momentos más duros o de gran vulnerabilidad, los lazos afectivos se convierten en salvavidas. Esos vínculos de cariño y apoyo mutuo son un potente incentivo para vivir y configuran la parte principal de los cimientos de la resiliencia humana.

La tan mentada incertidumbre


Aunque el pasado haya sido pródigo, el presente y el futuro son aún inciertos. Nadie sabe si girará hacia algo peor o hacia algo mejor. La existencia presente permite siempre sentir lo que nos falta para la felicidad y perfección. El hombre -desde luego- tiene la esperanza de un futuro mejor, pero al mismo tiempo, teme lo incierto: la enfermedad, los inconvenientes serios, la angustia, el dolor, las frustraciones, la ruptura de los afectos, las pérdidas, todo anticipo de muerte. Crisis es hoy una palabra de uso cotidiano. Es raro el día que no la decimos o escuchamos y no falta quien la ve como una oportunidad. Pero crisis significa etimológicamente "separar", "discernir"; y va unida siempre a la urgencia de tener que tomar una decisión. Decisión a menudo dolorosa, porque implica ejercer un mandato de libertad y, por lo tanto, de responsabilidad. Hoy no hay crisis solitarias, todas se comunican entre sí, se reabastecen recíprocamente para lo mejor o para lo peor. Y esta es una de las razones de la angustia profunda, como en el caso de Carlota -que ocupa el inconsciente de los hombres - pues todo hombre digno es intransigente sobre lo esencial.

Dice Max Scheler que la sociedad se aglutina alrededor de personalidades virtuosas, ya que su vida es poderosamente sociógena, porque vincula la interioridad con la afectividad. El tema de la afectividad es central en la antropología de todos los tiempos, pero particularmente en el nuestro, donde la tendencia actual, de total independencia de valores, se dirige a las masas, no a las sociedades y prescinde de lo afectivo.

Blas Pascal diagnostica la era moderna como la del olvido del corazón. "Corazón", entendido como núcleo de la personalidad: como centro de la libertad de la persona, ya que es también luz, no solo afecto, porque cuando el amor es ciego es siempre fatalmente falso. El hombre de hoy necesita que le hablen no sólo a la "razón" sino también al "corazón", a sus afectos.

Una verdad, un sentido que no sea a la vez un bien o un valor, que no genere una resonancia afectiva que llene nuestras ansias profundas, no tendrá ninguna capacidad de llegada, no será palabra para el hombre de nuestro tiempo. Esta necesidad de suscitar una respuesta afectiva con nuestras palabras y acciones, además de ser propia de la persona, tiene sus raíces más cercanas en el seco y árido racionalismo que domina la cultura occidental de los últimos siglos - y que de ninguna manera ha sido superado por el hecho de estar caducas sus versiones clásicas.

Por eso una visión "intelectualista", que valorice únicamente el ámbito cognoscitivo y no preste atención al mundo afectivo de la persona, es totalmente insatisfactoria. Necesitamos una antropología "cálida" para el hombre actual, ahogado por la frialdad del racionalismo moderno y postmoderno. La afectividad no consiste en fuerzas ciegas puramente instintivas, enemigas del espíritu. Reclama luz y medida, para encontrar en ellas su fecundidad existencial. El conocimiento frío, un saber que no produce reacciones afectivas, o una vida superficial, de falsas afectividades, puede hacer coexistir la libertad exterior, con la esclavitud interior.

1 comentario:

MARCELO VAZQUEZ AVILA dijo...

Nos ha escrito Alejandro Cordero: "Mucha gente sufre cuando se incorpora a la vida profesional momentos complicados, donde a uno le cuesta mucho equilibrar las fuerzas. Unos no son capaces y terminan sufriendo situaciones extremas como Carlota y otros rectifican y esquivan situaciones más dramáticas. ¿Por qué no existe en las empresas procesos de formación a las personas recién incorporadas para evitar este choque? ¿Por qué nadie te habla de esto cuando empiezas en el mudo laboral? ¿Por qué la familia, amigos, etc. se limitan a decir que lo que toca ahora es trabajar, trabajar, trabajar, y que más adelante ya habrá tiempo para disfrutar? Son muchas las ocasiones donde planteamos el desarrollo personal y profesional en posturas antagónicas cuando deberíamos hacerlas compatibles, conciliables. Por eso le doy tanta importancia a hablar de ello, a poner encima de la mesa un tema tan común y a la vez tan “censurado” que afecta a la vida de tantas personas. ¿Por qué nos cuesta tanto ponerle el corazón a las cosas? Cuando lo hacemos todo cambia…"

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