viernes, 16 de abril de 2010

"Yoes, Egos y Autoestima"



Por Marcelo Vázquez Ávila

“La vida feliz no es una suerte o un don, es una herencia educativa y un logro personal”.

Una gran cantidad de tinta se ha derramado en torno al concepto de «autoestima». Muchos libros de superación personal, psicología y desarrollo humano utilizan el término al ofrecer consejos para orientar al que, por una u otra razón, requiere recuperar la conciencia sobre el propio valor y sobre el sentido global de la vida.

La psicología evolutiva ha señalado ya hace tiempo la importancia del equilibrio emocional para el bienestar y el desarrollo pleno de la persona.

«Autoestima» es una palabra importante que hace referencia al «yo» y a la valoración que nos tenemos. Conforme más se menciona, más evidente es que existe una nostalgia irrefrenable de reencuentro con nosotros mismos que nos permita también apreciarnos de una manera más plena y nueva. ¿Qué habrá hecho aparecer con tanta fuerza esta temática en la actualidad? ¿Por qué hoy la «baja» o la «alta» autoestima son preocupaciones tan frecuentes y tan centrales?

EL YO NO ES UN TEMA MÁS

Por una parte tenemos que reconocer que el yo no es un tema más en la enorme colección de asuntos sobre los que hemos de trabajar diariamente. Cuando se le concibe así, como una tarea dentro de un elenco de «asuntos por tratar», ciertamente se le trivializa. El yo, a diferencia de otras cuestiones, es la única que nos acompaña siempre, aquella que no podemos evitar y sobre la que no podemos dudar. Ya Agustín de Hipona mucho antes que Renato Descartes lo decía: «aún al dudar, elegir o pensar no podemos dejar de estar ciertos de que somos lo que somos».

El interés por el yo parecería obvio, pero de ningún modo es así: basta considerar los grandes vacíos que se abren en el tejido cotidiano de nuestra conciencia y la dispersión de nuestra memoria. Los factores que componen al «sujeto» humano no se captan fácilmente. Continuamente vivimos la experiencia de zonas misteriosas en nuestro propio ser que se revelan de manera novedosa y no siempre afortunada. En otras palabras: con todo lo dicho y la certeza que brinda la conciencia psicológica respecto de nosotros mismos el hecho es que el «yo» no es transparente sino que se oculta en cierto grado tanto en su consistencia como en su valor.

La autoestima es entonces un término que comparte su suerte con el yo. En la medida en que el yo se presenta de manera confusa, la valoración de sí mismo también se torna poco clara. Una comprensión exhaustiva de sí mismo es imposible. Sin embargo, ampliar la conciencia sobre los elementos que articulan mi yo, indiscutiblemente ayuda a redescubrir más plenamente su valor.

Esto nos indica ya algo: los factores que componen al «sujeto» humano no se captan en abstracto, de manera teórica, sino que son una vivencia concreta. Si el yo, lo que somos, fuera recuperable como un conocimiento aprendido en la escuela, bastaría un curso de «antropología» o bastaría con repasar las páginas de un libro, para que nuestra propia imagen interna se restaurara. Sin embargo, no sucede así.

EL YO SE RECUPERA EN LA ACCIÓN POR EL OTRO

La realidad del yo y su valoración adecuada no se recuperan primordialmente estudiando sino que se ponen de manifiesto cuando el yo entra en acción, cuando el sujeto está comprometido activamente con la totalidad de lo real. Si no estoy atento a esta totalidad es imposible que sean «mías» las relaciones con la vida. Más aún, es imposible que la vida misma (la naturaleza, el trabajo, la mujer, el amigo) sea mía. Por eso, nada hay más fascinante que descubrir las dimensiones reales que posee nuestro yo. Nada está tan lleno de sorpresas como el descubrimiento del rostro humano [1].

Es preciso tener en cuenta la influencia decisiva que ejerce un sinnúmero de presiones que impiden adquirir conciencia de nuestro propio yo. Si alguien nos aplasta un dedo con una puerta reaccionamos en seguida: no es la mano a la que le duele el dedo sino es todo mi yo en la totalidad de sus factores el que sufre este percance y el que responde al menos con un quejido. Paradójicamente, cuando nuestra personalidad resulta aplastada, suprimida o amedrentada muchas personas hoy lo soportan tranquilamente y se acostumbran a pensar que ¡no es preciso pensar en ello!.

No nos referimos aquí a una especie de pasividad propia de algunas personalidades grises y sumamente conformistas. No. Queremos indicar algo más sutil y generalizado: el olvido frecuente del valor del yo ante el predominio de una cultura que utiliza a las personas como mero instrumento, igualándolas, de este modo, a las cosas.

En efecto, el uso instrumental de las personas –usarlas como medios y no respetarlas como fines–, es una conducta común en las culturas urbanas de comienzos del siglo XXI. Todas las reivindicaciones políticas de la dignidad humana parecen no haber corregido mucho el profundo paradigma consistente en valorar la realidad en función de su utilidad, de su resultado práctico.

Así, en muchas organizaciones, con frecuencia se refuerza el siguiente mensaje verbal y no verbal: «vales si funcionas», «serás apreciado por tus resultados». Esto puede resultar en cierta medida razonable en una comunidad de trabajo que pretende eficacia y eficiencia. Sin embargo, con facilidad se extrapola a la totalidad de la vida, convirtiéndola en un producto de consumo, y haciendo de hombres y mujeres piezas reemplazables en el gran proyecto de ingeniería social que es la «sociedad de mercado», es decir, la sociedad absorbida por la lógica de los intercambios basados en ofertas, demandas y precio.

Este fenómeno social propio de nuestra época desplaza toda realidad que pretenda «valer por sí misma» en nombre del «valer por un resultado». Kant, con todo su racionalismo relativista no pudo más que reconocer que una cultura montada sobre esta idea es atroz. Solía decir que «en el lugar de lo que tiene un precio puede ser colocado algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y no se presta a equivalencia alguna, eso posee una dignidad» [2] . De esta manera Kant y luego personajes como Edith Stein, Mounier y Karol Wojtyla observarán que las dimensiones reales de nuestro yo sólo se advierten cuando nuestra acción y la de los demás reconocen el valor de la vida humana que va más allá que su utilidad. Miguel de Unamuno nos regala a este respecto un verso breve y afortunado:

Uno es el hombre de todos

y otro el hombre de secreto,

y hay que librarse de modos

de hacer de un sujeto, objeto.

LA PERSONA ES SUJETO Y COMUNIDAD

Recuperar la autoestima no depende fundamentalmente de un esfuerzo titánico por remontar obstáculos y problemas desde la entraña de nuestro yo. La autoestima no nace de la retórica emocionalista de los «motivadores profesionales» que dan asesorías personales o institucionales y que, en algún momento de exaltación, proclaman: «cree en ti mismo, sé optimista y lo lograrás». La fugacidad del impacto emocional de este tipo de técnicas hace que se corra un inmenso riesgo cuando se les coloca como soporte o estímulo para la recuperar el valor de la propia persona.

Si somos atentos, la palabra autoestima apunta a algo más, a una realidad mayor: toda persona, aún cuando a veces sea incongruente, vana o simplemente diferente a nosotros, es más digna de admiración que de desprecio. Reconocer habitualmente el valor de la persona por el mero hecho de ser persona, coloca las bases para que la autoestima emerja en la conciencia.

«Colocar las bases» significa precisamente facilitar un proceso que evidentemente también presupone un trabajo personal en el que el yo asuma su realidad con seriedad. La vinculación interpersonal es un hecho antes que una elección. No es sólo que el ser humano «deba» respetar a los demás como fin sino que su propio ser está estructuralmente configurado así. No es posible valorarse a sí mismo adecuadamente sin reconocer de manera activa que los «otros-como-él» [4] piden ser apreciados también como personas y no como meros instrumentos.

Aunque parezca paradójico la potencialidad de la persona humana no se realiza al hacer una opción por el «yo», sino que el yo se confirma en su valor precisamente cuando opta por el «tú», es decir, por el valor del otro. En este sentido dice von Balthasar en varias de sus obras que la primera experiencia plena de lo real se suscita cuando el yo sale al encuentro del rostro y del abrazo de su madre [5] . «Yo soy yo», «yo soy alguien valioso». Esta realidad se fortalece y madura en la personalidad sólo a través del asombro, del estupor que me suscita el acontecimiento del «otro» en mi vida.

UN GESTO DEL YO POR EL TÚ

El compromiso con el yo a favor de la realidad es un gesto responsable cuando no se evade de la mirada del otro, de la palabra del otro, del desafío del valor del otro como obligación del yo [6] .

¿Con esto acaso no se corre el riesgo de valorar a todo y a todos salvo a sí mismo? ¿Mirar-me y valorar-me gracias al otro no me disuelve y me pierde? La respuesta a estas preguntas es un “no” si nos fijamos que para asumir con plena responsabilidad la vida de mi prójimo tengo que hacerlo desde un pronunciamiento firme sobre mi propio ser y valer. Dicho de otro modo: no puedo decir tú si considero al yo débil o vacío.

Toda responsabilidad es esencialmente un gesto del yo por el tú en el que ambos términos mutuamente se requieren. La magia está en descubrir que asumir al otro como responsabilidad me obliga implícitamente a recordar quién soy, me obliga a no caer en la funesta tentación del olvido.

EL SURGIMIENTO DEL «EGO»

Entonces, estimarme adecuadamente (autoestima) significa:

• Habituarme a apreciar el valor del otro como camino que me permite no olvidar el valor de mí mismo.

• Entender que sólo en el dar se justifica el poseer.

• Descubrir que hay más fuerza en amar que en creerse fuerte.

Estas tres afirmaciones pueden apreciarse en su verdad cuando son contrastadas con su modelo inverso: el ser humano que busca reencontrarse y revalorarse a través de sí mismo colocando a los demás en un plano secundario o negándolos como factores relevantes para la propia humanidad.

Esta es la figura «del hombre como «divo», que debe pretender imponer su soberanía en uno o varios campos de la realidad, entendida de manera fragmentaria» [7] . El «divo» es una caricatura de la autoestima, sin embargo, tiene una apariencia seductora: es altivo, aparentemente seguro de sí, avanza con aire de superioridad… pero en lo profundo lo corroe el virus de la envidia a uno y a otro, no ha aprendido a decir tú ya que el tú no es menos que el yo sino precisamente es «otro-como-yo».

La cultura de los «divos» lastima a las personas, en especial a los más débiles, pues los reduce a un designio de posesión y de uso. El «divo» puede ser filántropo: hace el bien pero sin ninguna clase de asombro por la existencia del otro. Su motivación reside en que legitima esta conducta de acuerdo a los cánones de la cultura del éxito individual. De esta manera el «divo» confunde y distorsiona el rostro último de nuestro yo.

UNA NUEVA VALORACIÓN DEL YO

Podemos concluir diciendo que la única manera de recuperar el rostro humano de la vida es precisamente a través de una nueva valoración del yo. El yo no puede ser más un individuo aislado. Tiene que recuperar su constitución referencial, es decir, abierta al misterio del otro. Es esta vía la que eventualmente puede mostrar un camino educativo que no sólo construya la personalidad sino que nos permita descubrir el significado definitivo de nuestra existencia en la amistad con una Persona que excepcionalmente nos muestre que alguien más allá de nosotros nos ha «estimado» primero haciéndonos ser lo que somos.

El ser humano se caracteriza por el respeto a sí mismo, por ponerse en los “zapatos psicológicos del otro”, por compartir la sonrisa, por mostrar ternura, por saber perdonar. Por eso y porque entendemos que junto al lenguaje y la percepción de trascendencia es el ámbito educativo, donde la persona puede formar y formarse en la dignidad humana y la comprensión de uno mismo, estimulando a los adolescentes a involucrarse en su propio proceso de desarrollo personal y social.



[1] Cf. L. GIUSSANI, El rostro del hombre, Encuentro, Madrid 1996.

[2] I. KANT, Fundamentación para una metafísica de las costumbres, Alianza, Madrid 2002, A 77.

[4] Cf. K. WOJTYLA, Persona e Atto, Rusconi Libri, Santarcangelo di Romagna 1999, Parte IV.

[5] Cf. H. U. VON BALTHASAR, Gloria, Encuentro, Madrid 1988, T. V, p.p. 565 y s.s.

[6] Cf. R. GUERRA LÓPEZ, Afirmar a la persona por sí misma, Comisión Nacional de los Derechos Humanos, México 2003.

[7] L. GIUSSANI, op. cit, p. 10.

9 comentarios:

hernan fitte dijo...

Marcelo, como siempre muy interesante lo tuyo. Dejame tratar de bajar a lo concreto lo que decis, sugiriendo que para encontrar y vivir el propio yo hace falta salir del yo con herramientas "medibles". Se me ocurre que hay dos cosas que no pueden faltar: un PROYECTO que guie la propia vida hacia algo que nos llene profesional y afectivamente, y una COMPAÑIA: a partir de cierta edad hacer las cosas apoyados en las propias fuerzas resulta muy difícil. Es lo que trato de comunicar en mis modos de hacer "coaching". Un abrazo,

Hernán

MARCELO VAZQUEZ AVILA dijo...

Estoy de acuerdo contigo y te digo más. Pienso que el éxito duradero está en descubrir cómo crear una vida con sentido: “Sólo si uno ama lo que hace podrá realmente hacer más y hacerlo mejor gracias también a la persona que esté a su lado”. Un abrazo

DARTH VADER /ELISEO dijo...

Creo que hice algún comentario en alguno de tus otros post al respecto y sino lo pues lo hago ahora, lo mas duro que existe en la vida es encontrarnos con nosotros los mismos, porque podremos engañar a todos e incluso a nosotros mismos pero al final nos miramos al espejo y vemos lo que hay, y vivir con lo que hay a veces es muy difícil, aunque yo creo que es mas difícil aún aceptar lo que hay y lo que somos, y es ahí donde yo creo que donde empiezan la autoestima a bajar o incluso subir de manera ficticia para luego caer de forma precipitada. ¿Nos aceptamos como somos, con nuestras virtudes..pero tambien con nuestros defectos? es duro decirse a uno mismo que profesionalmente no puedes llegar más alto porque tienes limitaciones, yo creo que es necesario sin embargo decirlo y sentirlo, y sentir que cada persona tiene un sentido y hay que vivir con ello, cuanto antes lo aceptemos mejor, porque seremos mas felices con nosotros mismos y por ende con los demás.
La autoestima depende de la capacidad de reconocernos y sobre todo de aceptarnos como somos, mejores o peores, pero aceptarnos y saber vivir con nosotros mi yo autentico y no con el ficticio que nos fabricamos, ya que el auténtico termina por salir...

MARCELO VAZQUEZ AVILA dijo...

Querido Eliseo: La autoestima es imposible sin la aceptación de sí mismo. Este concepto tiene tres niveles de significación:

a) Aceptarse a sí mismo es estar de mi lado, -es estar para mí mismo- que es un derecho innato orientado a la valoración y al compromiso consigo mismo. Algunas personas se rechazan a sí mismas en un nivel tan profundo que no podrán comenzar ninguna forma de crecimiento hasta abordar este problema. Es no pelearme conmigo mismo.

b) Aceptarse a sí mismo es la disposición a experimentar plenamente mis pensamientos, sentimientos, emociones, mis acciones, mis sueños, no como algo lejano, o algo distinto a mí, sino como parte de mi esencia, ya que permito que se expresen y no los reprimo. Vivir en toda su intensidad lo que estoy sintiendo, pensando, haciendo. Si pienso en ideas que me causan trastorno, estoy pensando en ellas; o un deseo inadecuado, lo estoy sintiendo, lo que es verdad, es verdad, no lo racionalizo, niego o intento descartarlo mediante explicaciones. Acepto la realidad de mi experiencia. Así pues, si me enfrento a un error que he cometido, al aceptar que es mi error soy libre de aprender de él y de hacer mejor las cosas en el futuro. Si me niego a aceptar que a menudo vivo, de manera no consciente, de forma irresponsable, pasivamente, ¿cómo voy a aprender a vivir de manera conciente, más responsable, y de manera más activa?.

c) La aceptación de sí mismo conlleva la idea de compasión, de ser amigo de mí mismo. Supongamos que he hecho algo que lamento, o de lo cual estoy avergonzado y por lo cual me reprocho, la aceptación de sí mismo, no niega la realidad, no afirma que sea en realidad correcto lo que está mal, sino que indaga el contexto en el que se llevó a cabo una acción. Quiere comprender el porqué. Quiere conocer por qué algo que está mal o es inadecuado se consideró deseable o adecuado o incluso necesario en su momento.
Muchas gracias por tu aporte !

MARCELO VAZQUEZ AVILA dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Alejandro dijo...

Hola de nuevo amigo
Leer tu reflexión Marcelo me ha traido a la cabeza un libro que leí hace ya muchos años y que recomiendo que se titula “tus zonas erróneas” de Wayne Dyer. Es un libro muy conocido donde uno de los paradigmas que trata de romper es la dualidad “amor por uno mismo” vs “egoismo”. Sin duda no hay mayor egoismo que el de no quererse a uno mismo, paso previo al de tampoco querer a los demás.
Vivimos en la sociedad del tener, de la abundancia, de la comparación, donde se valora el dinero, la “inteligencia”, la carrera profesional más brillante, etc. ¿Y de qué sirve todo esto sin amor? ¿De que sirve la inteligencia sino se pone al servicio de los demás? ¿De qué sirve una carrera profesional brillante sino la acompaña una carrera personal firme? ¿De que sirve tener tantas cosas si el precio que pagamos (nuestro tiempo) es tan alto?

Tengo la sensación de que es muy difícil estar a la altura de lo que demanda la sociedad. Es imposible responder a tanta farsa sin perder la esencia de uno mismo. Es difícil,…y además no compensa. Estar en un continuo esfuerzo por responder a las exigencias de terceros no implica más que renunciar a nuestra capacidad de elección y por tanto de ser nosotros mismos en plena libertad. Así es imposible quererse, es imposible porque no nos reconocemos como seres singulares, sino como otra copia más moldeada al ritmo que marcan otros.

Por eso hay que mirarse y mirar ( a los demás) en cosas más simples, sencillas, valorar el amor, la generosidad, ser serviciales,…y todo ello…porque nos queremos a nosotros mismos. ¡¡Hay que atreverse!!, aceptar nuestras limitaciones, y nuestras fortalezas, romper vínculos esclavizantes,…y crear otros más enriquecedores. ATREVAMONOS

MARCELO VAZQUEZ AVILA dijo...

Querido Alejandro: Me escribes en tu post: "hay que mirarse y mirar a los demás en cosas simples, sencillas, valorar el amor, la generosidad, ser serviciales,todo ello porque nos queremos a nosotros mismos" y te contesto de acuerdo contigo que existen personas (sí, humanos) que "musculan" tanto su autodominio, su razonamiento que inhiben el afecto, los sentimientos profundos. Se sienten fuertes con su coraza sin percatarse de que son prisioneros de ella, pues olvidan que son seres sociales que necesitan comunicarse también con el afecto. Comprendernos a nosotros mismos, perdonarnos, ser flexibles y generosos con nuestras limitaciones, nos permite establecer lazos de cariño con los otros, aceptándolos como son, soslayando lo que no nos agrada e incentivando lo que nos une. Gracias por escribir !

MARCELO VAZQUEZ AVILA dijo...

Carmen Petrone ha ditto: Bravo! mi piace l'eredita' educativa ed il traguardo personale... ma soprattutto di vita si ha solo una... nessuno ha il diritto di toglierci la felicita' e se la vita stessa decide di farlo, e' nostro dovere vincere...

Juan dijo...

Querido Marcelo

Tu post me llevó a unas palabras que leí hace un tiempo de Kierkegarrd que dicen: "Este que soy yo, saluda melancólicamente a aquel que quisiera ser"

Creo que éste es un error muy común, que muchos cometemos, y es que nos identificamos tanto en nuestro ideal, que luego no soportamos lo que encontramos cuando nos vemos en el espejo (nuestro YO). Los ideales son una excelente herramienta para estimular nuestro crecimiento y sacarnos de nuestra zona de confort, pero de ninguna manera significa que debemos olvidarnos de quienes somos y de nuestras limitaciones. Esa es la hora de la humildad, de aceptar quiénes somos realmente, de aceptar el dolor y también la paz interior de haber descubierto cuales son nuestros límites y nuestros errores.

Te envío un gran abrazo

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