martes, 27 de diciembre de 2011

Escuchar y dialogar comienza con respetar


por Marcelo Vázquez Avila

La escucha profunda comienza con el respeto. Respetar significa, entre otras cosas, honrar los límites de la gente, ser sensibles a ellos sin tratar de forzarlos, sin querer que se adapten a nuestras propias ideas. Respetar significa también no distanciarse de las personas cuando dicen algo que no nos gusta. Respetar es, por último, comprender que muchos pueden enseñarnos algo.

Para un diálogo efectivo es imprescindible desarrollar nuestra capacidad de escucha. Escuchar no sólo es seguir con atención el flujo de palabras, sino abrazar, aceptar y gradualmente dejar de lado nuestro propio clamor interior. Conforme exploramos nuestra capacidad de escucha, descubriremos que se trata de una actividad expansiva. Nos permitirá percibir de una forma más directa las diferentes maneras en que participamos en el mundo que nos rodea.

Pero escuchar, algo que a menudo damos por sentado, no es fácil, y raramente estamos preparados para ello. Cuando intentamos realmente escuchar, descubrimos que resulta extraordinariamente difícil, porque siempre estamos proyectando nuestras opiniones e ideas, nuestros prejuicios, nuestro pasado, nuestros deseos o impulsos. Cuando estas voces son dominantes, apenas podemos escuchar lo que realmente se está hablando. Ese estado no tiene ningún valor para la escucha. Una persona escucha, y por tanto aprende, sólo cuando se coloca en un estado de atención, de silencio, en el que todo este ruido de fondo permanece suspendido, quieto. Sólo entonces, en mi opinión, es posible llegar a dialogar.

Escuchar es, por tanto, desarrollar un silencio interior. No es un hábito familiar para la mayoría de nosotros. A menudo, prestamos más atención a lo que ocurre dentro de nosotros, cuando lo que realmente se requiere es una cierta disciplina para el olvido, y poder crear así el espacio necesario en el que se puede dar la escucha.

Aprender a escuchar comienza por reconocer nuestra actual manera de hacerlo. Es necesario desaprender. Normalmente no somos muy conscientes de cómo escuchamos. Podemos empezar, escuchándonos primero a nosotros mismos y a nuestras propias reacciones. Intenta identificar con cuidado lo que sientes. Si llegas a percibir tus propios sentimientos, podrás conectar más fácilmente con tu corazón y con tu propia experiencia. Para aprender a estar presentes, tenemos que aprender a reconocer nuestros sentimientos en cada instante.

La falta de un canal adecuado para expresar nuestro sentir parece obvia si observamos la tensión que se genera en muchas de nuestras comunicaciones y que distancia por igual a padres e hijos, marido y mujer, amigos y a los colegas de la empresa en la que trabajamos.

Nos hemos vuelto unos expertos en enviar algunos de nuestras sentimientos, como el miedo, la desesperanza, la frustración, al sótano de nuestra casa y pensamos que se quedarían allí, quietecitos y sin protestar. Sin embargo llega un momento en que esa emocionalidad se escapa, sale como un torbellino, desproporcionada a su causa, arrasando y destruyendo lo que encuentra a su paso, aunque sea una relación muy querida. La falta de destreza en la gestión de nuestras emociones ha venido a ser una de las principales causas por las que enfermamos hasta asociarse a un aumento del colesterol y de los triglicéridos en sangre. Pienso que el hablar claro en el momento preciso y de manera directa es clave. 

Hemos de aprender a conversar, para tener la confianza necesaria y poder escuchar lo que ha de ser escuchado y expresar la sinceras emociones que queremos transmitir para que exista comprensión y conexión en nuestros diálogos.


martes, 20 de diciembre de 2011

Un nuevo Paradigma



Un nuevo Paradigma: El diálogo

     “— ¡No se moleste en hablarle! —dijo una libélula posada en la punta de una espadaña—. Se ha ido.
—Bueno, ¡ella se lo pierde y no yo! No voy a dejar de hablarle, sólo porque no me escuche. Me gusta oírme hablar. Es uno de mis mayores placeres. Sostengo a menudo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan profundo, que a veces no comprendo ni una palabra de lo que digo.
—Entonces debe de ser licenciado en Filosofía —dijo la libélula”. 

Oscar Wilde: El cohete famoso
El aprendizaje de la vida
Estamos viviendo un momento de transición único en la humanidad… asistiendo a la muerte del viejo paradigma que nos trajo hasta acá… “el paradigma del éxito, el poder, el vencer, el acumular”… y acompañando al nacimiento de uno nuevo que nos permita resolver la paradoja en la que nos encontramos hoy. 

Donde por un lado tenemos la posibilidad de desaparecer como especie: el cambio climático y por otro, la posibilidad de comunicarnos con cualquier otra persona, de volver a encontrarnos y re-conocernos como especie, y alcanzar un estado superior de humanización.
El Diálogo

En los orígenes de la filosofía, el diálogo era el método por excelencia de la reflexión filosófica. Se consideraba que las características del diálogo genuino —no hablamos de la mera conversación entre dos o más personas, en la que con frecuencia cada intervención parece un monólogo— lo convertían en un medio particularmente apto para la búsqueda desinteresada de la verdad.

Así, un auténtico diálogo sólo tiene lugar entre interlocutores que aceptan embarcarse en una investigación libremente, de forma voluntaria. En él, ninguno de ellos hace dejación de su propio juicio o autonomía de pensamiento. Las ideas no se dan por sentadas, sino que todos las van descubriendo por sí mismos en un proceso creativo de indagación y de adhesión libre. Nadie impone a otro su punto de vista, sino que los dialogantes colaboran en un proceso conjunto de descubrimiento de la verdad. Si el punto de vista aportado por alguien finalmente se afirma, será así porque todos habrán reconocido y descubierto por sí mismos, libre y activamente, la verdad de esa posición.

El genuino diálogo tiende a eliminar, por consiguiente, tanto la sumisión a una autoridad externa —es fundamental la autonomía de pensamiento de los interlocutores—, como el apego a los propios planteamientos, pues requiere que dichos interlocutores estén dispuestos a rendirse a la comprensión más elevada e integradora que con la colaboración del otro se vaya alumbrando.

Para quienes dialogan, la única autoridad radica en el diálogo así entendido, es decir, como una instancia que es relativamente independiente de los interlocutores y superior a ellos, pero que, a la vez, no es posible sin ellos. La autoridad no pertenece, pues, a ninguna de las personas que dialogan, sino al diálogo mismo, a las exigencias del discurso, a su requerimiento impersonal de objetividad y universalidad. Por eso, los filósofos antiguos creían que al dialogar adecuadamente obedecían y se armonizaban con una instancia que está más allá de la persona, universal y objetiva, con la Razón (Logos), con la Inteligencia universal y única que todo lo rige y de la que la inteligencia humana participa. El diálogo era para ellos una auténtica práctica espiritual.

Antaño, el diálogo era esencial al hombre por su capacidad de armonizarle con el Logos y de abrirle a la verdad. También, porque requiere y favorece ciertas virtudes y disposiciones consideradas imprescindibles. Así, la voluntad de dialogar exige estar dispuesto a cuestionar los propios puntos de vista, ponerse en el lugar del otro, reconocer su derecho a pensar de forma libre y autónoma, interesarse por lo que expresa, comprender el trasfondo desde el que cobra sentido lo que dice, buscar un espacio común que sirva de punto de partida a la indagación, etc.

Reconocían igualmente en el diálogo la virtud de aunar lo abstracto y lo concreto, de adaptar las ideas genéricas a las necesidades y peculiaridades de los interlocutores, lo universal a lo particular, a la persona real en su aquí y ahora.

En algunos de sus “Diálogos”, Platón da a entender que el monólogo, el discurso largo y retórico, es el más afín a los sofistas, a los que no les interesa la verdad sino imponer de forma unilateral unas ideas bellamente entrelazadas y ya fijadas de antemano. El diálogo, en cambio, puesto que supone adentrarse en lo desconocido y requiere estar dispuesto a someterse a un continuo cuestionamiento, es más afín a los amantes de la verdad.

Hablar no es lo mismo que dialogar. Muchas veces no nos damos cuenta de que la buena práctica del dialogo nos ayudaría a sobrellevar mucho mejor la convivencia. Pero no lo hacemos, lo que origina la aparición del conflicto. Los conflictos pueden ser buenos, dependerá de la actitud con que los enfrentemos. Todos tenemos diferentes formas de ver las cosas, diferentes gustos, lo que hace que dialogar facilite alcanzar un acuerdo, fortalecer los vínculos y subsanar posibles heridas. Hablar solamente implica una expresión verbal sobre lo que uno quiere decir a la otra persona, pero en ningún caso lleva necesariamente a que haya algún entendimiento.

Lo que ocurre, con frecuencia, es que las personas implicadas no están dispuestas a ceder y se aferran a su postura al considerar que hacerlo supone una derrota, por lo que ni siquiera acceden a iniciar un diálogo, lo que impide solucionar el conflicto. Mientras que el dialogo debería centrarse en un intercambio de opiniones y puntos de vista con una clara intención de establecer unos acuerdos mínimos.

Para que llegue a dar sus frutos, son ingredientes básicos del diálogo: el respeto, la actitud de escucha y la empatía. También la sinceridad, el comunicarnos con el compromiso de ser claros y consecuentes tanto en nuestros actos como en nuestros sentimientos.

Las cosas pueden decirse de muchas formas y maneras y en muchos momentos, o que hay que hacer es buscar el momento oportuno. Sin ocultar la verdad, sin trampa ni hipocresía. Si cuidamos cuándo y cómo decirlo, en el fondo lo que se hace es prevenir males peores y ayudar a superar dificultades.

martes, 13 de diciembre de 2011

Cara y cruz de la Autoestima




Amarse a uno mismo parece la cosa más sencilla y natural del mundo. Pero últimamente ha adquirido la categoría de problema. Si la conciencia de la
propia dignidad es un índice de higiene mental, esta crisis de autoestima
revela un fenómeno preocupante.

La baja autoestima tiene causas diversas: problemas de inadaptación en la infancia o en la adolescencia, crisis matrimoniales, fracasos laborales que desembocan en procesos depresivos más o menos agudos.
Cara y cruz de la autoestima

El concepto de autoestima se encuentra hoy en el candelero. Y hasta en el Metro se pueden encontrar carteles que invitan a participar en un "taller de autoestima". Entre los expertos está generalizada la tesis de que la baja autoestima es un rasgo de la modernidad. La depresión está muy relacionada con la pérdida de autoestima. El depresivo no se quiere a sí mismo, posee una memoria selectiva que recuerda sólo lo negativo de su vida. Pero la preocupación por la autoestima tiene cara y cruz, porque es un concepto equívoco.
Por una parte, es necesario que las personas se quieran y cuiden de sí mismas. Es algo normal que proporciona equilibrio interno. Incluso en la tradición bíblica se nos dice que hay que amar a los demás como a nosotros mismos; por tanto, cierto amor hacia la propia persona es bueno, ya que sin él, entre otras cosas, no podríamos también amar  a los demás.
Quienes sufren problemas de autoestima no se aceptan como son, se rechazan a sí mismos y difícilmente amarán a otros. La baja autoestima provoca conflictos en el ambiente familiar, laboral, y en la amistad.
La disminución de la autoestima afecta a personas de diversas edades, pero es típica entre adolescentes. A esa edad no se conocen bien: se sobrestiman algunas cualidades (aspecto físico) y se infravaloran otras (inteligencia). Hay jóvenes que han elevado a la categoría trascendente su aspecto corporal y "no se gustan", por lo que caen en la tortura psíquica.
Otra etapa crítica desde el punto de vista psíquico para la mujer y el hombre tiene lugar entre los 40 y los 50 años. Al llegar a la madurez hacemos balance de nuestra  vida y, con frecuencia, no estamos satisfechos con ella.
La otra cara de la moneda es la sobrestimación personal a la que se llega cuando en el autoconocimiento no se introducen claros criterios de racionalidad. La sobrestimación lleva de la mano al narcisismo: se desplaza el interés por los demás a uno mismo de manera enfermiza, se minusvalora a quienes están alrededor, que pasan a ser meros espectadores.
Por tanto, me parece bien que se hable de autoestima para evitar su carencia; pero sin caer en el polo opuesto. Tanto el deterioro como el exceso de la autoestima son inaceptables, porque manifiestan de manera diferente un amor propio dañino y frustrado.
Los problemas de la autoestima

En la fachada de las escuelas griegas clásicas podía leerse: "Sé el que eres". Pienso que es un problema de autoconocimiento. Hemos de ser capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos. Conocer los propios valores y limitaciones. Poner como lema de la propia existencia: "Quiere lo que haces y haz lo que quieres", porque mucha gente hace lo que no quiere.
Hay que romper estereotipos sobre los valores femeninos y masculinos tradicionales: ordinariamente lo primero que se aprecia en una mujer es la belleza; si no es guapa, se valora su simpatía; y si no posee ninguna de esas cualidades, recién se tiene en cuenta su inteligencia. Con frecuencia se consideran excluyentes estas notas de valoración.
Sería positivo que se aparcaran estos decadentes patrones y que pusiéramos de moda valores como la autenticidad, la sencillez  y la inteligencia.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Deporte y Empresa


¿Qué tienen en común el deportista y el empresario?
Sobre estos temas reflexionan Rubén Figueiredo y Marcelo Vázquez Ávila, autores del libro “Alto Desempeño. Talento, Carácter y Determinación”
y del cual presentamos algunas ideas.

El deporte parece ser el terreno de la pasión, el juego y la entrega incondicional. La empresa, mientras tanto, el ámbito rutinario en el que no cabe margen de error. Sin embargo, mucho tienen para aprender uno del otro. ¿Un buen gerente es un buen entrenador?
El “Entrenador Corporativo”: Pasión vs. Rutina

A la hora de analizar distintos roles del deporte y la empresa, aparece la figura del entrenador, como así también la del gerente. “Ciertos atributos que tienen los coaches también los tienen los buenos gerentes”, dice Figueiredo. “El liderazgo, saber de lo que se habla; la selección y el manejo del talento son procesos equivalentes. Un buen gerente y un buen coach atraen, seleccionan e incorporan gente valiosa”, opina el profesor. Además, en Alto Desempeño, Figueiredo y Vázquez Ávila aseguran que, tanto en la empresa como en el deporte, “una parte primordial de la gestión del talento que debe realizar un dirigente es brindar medios, herramientas para que se puedan expresar sin limitaciones las capacidades individuales y encuentren cauce los esfuerzos y el potencial de las personas…”.

Por otra parte, en ambos ámbitos, el ingreso al equipo requiere un mínimo de aptitudes técnicas. En el deporte, estas características pueden relacionarse con cierta altura, peso, destreza, ductilidad y habilidad personal. Luego, aparecerán el verdadero carácter, el temperamento, la templanza y la fortaleza anímica que definen a cada persona. “Entre los 100 mejores tenistas, la diferencia en la aptitud física entre el número 100 y el primero es casi inexistente. Es la superioridad mental lo que hace a Roger Federer y Rafael Nadal casi invencibles”, explica Figueiredo.

Juan José Angelillo ha sido entrenador de la primera división del San Isidro Club (SIC), club que también lo tuvo como jugador en la máxima categoría, y también formó parte de Los Pumas entre 1990 y 1994. Además, es directivo de STC, empresa de logística postal que fundó en 1988, junto con otros dos compañeros de club y selección: Diego Cash y Fernando Conti. Cabalgando entre las dos realidades, para Angelillo el rol de coach en la empresa es más complejo. “Si el martes a la noche, en un entrenamiento en el SIC pregunto quién quiere ir a su casa, la respuesta es nadie. En cambio, si esa misma pregunta la hago el martes a las 9 de la mañana en la compañía, la respuesta es todos. Existe un aspecto afectivo, emocional y lúdico que hace una diferencia gigantesca en el deporte”, asegura.

Otra similitud entre empresa y deporte radica en la medición de los objetivos. Es decir, las dos esferas tienen metas y procesos, pero en el deporte puede verse la medición casi on line, semana a semana. “En cambio, en otras actividades, el vínculo entre los procesos y los resultados no es tan visible. ¿Cómo se evalúa a un gerente? ¿Por campaña, por año? La actividad empresarial es más compleja que el deporte”, asegura Figueiredo.

“Habría que preguntarse por qué la gente puede, en ámbitos como el juego y el deporte, entregarse con más pasión que en una compañía. Ciertas respuestas tienen que ver con la vocación, el gusto y el propio juego”, sostiene. Y entonces, el trabajo sería lo contrario: el no juego, la rutina, la alienación. En este aspecto, el deportista profesional se parece más al trabajador. “Existe una paradoja: deportistas amateurs, sin dinero de por medio, son capaces de entregar años de su vida al juego. En la empresa, no podría desarrollarse este tipo de entrega. Hay cosas que se dan en el deporte que no se dan en la empresa, como los márgenes de libertad, autonomía y creatividad. En la compañía, esto hay que hacerlo más conscientemente”. En el mundo del trabajo esa pasión, creatividad y juego sólo los encuentra el que tiene una vocación genuina por lo que hace, que disfruta como un tenista o un deportista, “y que muestra a ese niño que quiso ser ingeniero o médico”.

¿Buen deportista, buen empleado?
¿Practicar deportes trae un valor agregado en la empresa? “No busco deportistas en la compañía”, dice Angelillo, pues no cree que el deporte sea la única actividad que desarrolla la personalidad. También resalta las distintas expresiones artísticas. “Pero, por ejemplo, en Atención al cliente busco personas con don de gentes. Me das a elegir entre un individuo con estas características y otro más preparado técnicamente, un crack pero un amargo, y me quedo con el primero”, sentencia Angelillo.

Según Vázquez Ávila, el deporte tiene un aspecto formativo muy importante, y el de alto desempeño parecería tenerlo más aún. Enseña a tolerar la presión, trabajar en situaciones adversas, enfrentar a rivales más duros, ser regulados con las pautas de un árbitro, respetar decisiones de otros, prepararse, entrenarse y esforzarse, entre otras cosas. “El deporte muestra la pasión por lo que haces, la perseverancia, el entusiasmo por cumplir metas y objetivos, porque en un juego sin objetivos no llegas a ningún lado”, y asegura que una de las mayores enseñanzas que le dejó el deporte y que aplica a su trabajo es la de “mente fría y corazón caliente”.

El deporte también resalta valores como la solidaridad, la confianza y la capacidad de establecer vínculos. Estas características parecieran estar más presentes en las personas que han desarrollado deportes en equipo. Mientras tanto, los deportistas individuales parecieran ser personas con una capacidad de autonomía y de entereza frente al rival, a diferencia del que opera en equipo que siempre tiene en quién apoyarse. Angelillo destaca que, en la alta competencia, todo lo que es destreza física o técnica está en un mismo nivel. “Todos los equipos de primera división tienen buenos jugadores. La diferencia está en los funcionamientos, cómo se combinan y en el saber que uno juega cuando no juega”.

Vázquez Ávila  asegura que la nobleza y el fair play son aspectos intrínsecos del deporte, como así también la capacidad para tomar decisiones rápidas, la actitud, la cabeza, el empuje propio, el siempre “dar un poquito más”, el disfrutar y aportar, además de beneficios para la salud, una visión lúdica y desacartonada de la vida. Y en los deportes más individuales, se nota mucho el competir contra uno mismo, el afán de superación. El motor que tienen los deportistas es una escuela de vida impresionante. Podría decirse que casi irreemplazable.
Rubén Figueiredo. Programa de Perfeccionamiento Directivo (PIDE), IAE, Universidad Austral; Psicólogo, UBA; Profesor de Comportamiento Humano en la Organización, IAE, Universidad Austral.
Marcelo Vázquez Ávila. Ph. D en Ciencias Biológicas, UBA; Licenciado en Ciencias Biológicas, UBA; Profesor de Factor Humano en el Instituto Internacional San Telmo, Sevilla, España. http://vazquezavila.blogspot.com

jueves, 24 de noviembre de 2011

Jobs, creatividad e innovación


El autor de la biografía sobre Steve Jobs, el fallecido líder de Apple 
destaca la «intuición» y los «arranques imaginativos» como claves de su éxito. 
Y sostiene que «La gente inteligente y con formación no siempre genera innovación».

Una de las preguntas a las que me enfrenté al escribir un post sobre Steve Jobs fue hasta qué punto era inteligente. A primera vista, no sería un gran problema. Cabe suponer que la respuesta obvia es que era muy, muy inteligente. Quizás merecería tres o cuatro «muy». Después de todo, fue el líder empresarial más innovador y de mayor éxito de nuestra época y encarnaba el sueño de Silicon Valley en toda su extensión: creó una pequeña empresa en el garaje de sus padres y la convirtió en la más valiosa del mundo.

Leí hace poco que un día como cualquier otro alguien le llevó a su casa uno de esos rompecabezas de un mono que tenía que llevar un montón de plátanos por un desierto, con una serie de restricciones sobre lo lejos que los podía llevar y cuántos podía cargar a la vez, y tenías que averiguar cuánto tiempo necesitaría. Parece que Jobs realizó unas estimaciones aproximadas intuitivas, pero no mostró interés en dilucidar el problema de forma rigurosa. Pienso que alguien como Bill Gates habría hecho clic y hubiese dado la respuesta exacta de forma lógica en 15 segundos, y también en cómo Gates devoraba libros de ciencia por placer durante sus vacaciones.

Por tanto, ¿era Jobs inteligente? No de forma convencional. Pero era un genio. Puede parecer un juego de palabras absurdo, pero en realidad su éxito pone de manifiesto una interesante distinción entre inteligencia y genialidad. Sus arranques imaginativos eran instintivos, inesperados y, a veces, mágicos. Los provocaba su imaginación, no el rigor analítico. Educado en el budismo zen, llegó a valorar la sabiduría de la experiencia por encima del análisis empírico. No estudiaba datos ni devoraba números, sino que, como un explorador, podía oler los vientos y presentir lo que le aguardaba más adelante. Me dijo que empezó a apreciar el poder de la intuición, en contraste con «el pensamiento racional occidental», cuando recorría India tras dejar la universidad. «En India, la gente del campo no usa su inteligencia como lo hacemos nosotros», afirmaba. «En vez de ello, utiliza la intuición... La intuición es algo muy poderoso, más poderoso que la inteligencia, en mi opinión. Eso tuvo un gran impacto sobre mi trabajo».

La intuición de Jobs no se basaba en un aprendizaje convencional, sino en la sabiduría experiencial. También tenía mucha imaginación y sabía cómo aplicarla. Como dijo Einstein: «La imaginación es más importante que el conocimiento». Einstein es, por supuesto, el verdadero ejemplo de genio. Tuvo coetáneos que probablemente le igualaban en capacidad intelectual pura en cuanto al procesamiento matemático y analítico. Henri Poincaré, (1854-1912) por ejemplo, fue el primero en descubrir algunos elementos de la relatividad especial, y David Hilbert (1862-1943)  fue capaz de realizar ecuaciones para la relatividad general en la misma época que Einstein. Pero ninguno de ellos poseía la genialidad de Einstein para crear un arranque imaginativo completo en el centro de sus teorías.

Einstein poseía las cualidades difíciles de encontrar de un genio, entre ellas la intuición e imaginación que le permitían pensar de forma diferente o como decían los anuncios de Jobs, Pensar Diferente. Aunque no era especialmente religioso, describió esta genialidad intuitiva como la capacidad de leer la mente de Dios. Cuando evaluaba una teoría, se preguntaba: ¿Es esta la manera en que Dios diseñaría el universo? Y manifestó su malestar con la mecánica cuántica, que se basa en la idea de que la probabilidad desempeña un papel en el funcionamiento del universo, al declarar que no se podía creer que Dios jugara a los dados. En una conferencia sobre física, Niels Bohr se vio obligado a recomendar a Einstein que dejara de decirle a Dios lo que tenía que hacer.

Tanto Einstein como Jobs eran unos pensadores muy visuales. El camino hacia la relatividad empezó cuando un Einstein adolescente seguía tratando de imaginarse cómo sería viajar junto a un haz de luz. Casi todas las tardes, Jobs pasaba tiempo paseándose por el estudio de su brillante jefe de diseño, Jony Ive, y tocando con sus dedos los modelos de espuma de los productos que desarrollaban.

La genialidad de Jobs no estaba, como admiten incluso sus más devotos seguidores, en la misma órbita cuántica que la de Einstein. Probablemente por eso sea mejor rebajar un poco la retórica y llamarla ingeniosidad. Bill Gates es súper inteligente, pero Steve Jobs era súper ingenioso. La primera distinción, creo, es la capacidad de aplicar la creatividad y las sensibilidades estéticas a un reto. En el mundo de la invención y la innovación, significa combinar la apreciación de las humanidades con la comprensión de la ciencia, es decir, conectar el arte con la tecnología y la poesía con los procesadores. Esa era la especialidad de Jobs. «Siempre me consideré una persona de las artes y letras cuando era niño, pero me gustaba la electrónica», afirmaba. «Luego leí algo que uno de mis héroes, Edwin Land de Polaroid, dijo sobre la importancia de la gente que podía colocarse en la intersección de las humanidades y las ciencias y decidí que era lo que quería hacer».

La capacidad de fusionar la creatividad y la tecnología depende de la capacidad para encontrarse emocionalmente en sintonía con los demás. Jobs podía ser petulante y poco amable cuando trataba con otras personas, lo que hacía que algunos pensaran que carecía de conciencia emocional básica. En realidad, era lo contrario. Podía evaluar a la gente, entender sus pensamientos interiores, seducirla, intimidarla, identificar sus vulnerabilidades más profundas, y deleitarla cuando quería. Sabía, intuitivamente, cómo crear productos que gustaban, interfaces agradables y mensajes de mercadotecnia atractivos.

En los anales de la inventiva, las ideas nuevas son solo parte de la ecuación. La genialidad necesita ejecución. De alguna manera, el ingenio de Jobs es asimilable al de Benjamin Franklin. Entre los fundadores, Franklin no era el pensador más profundo, pero era ingenioso. Eso dependía, en parte, de su capacidad para intuir las relaciones entre cosas diferentes. Cuando inventó la pila, experimentó con ella para que produjera chispas que él y sus amigos usarían para matar a un pavo para su banquete de fin de temporada. En su diario, registraba todas las similitudes entre esas chispas y el relámpago durante una tormenta, y luego declaró: «Hagamos el experimento». Entonces, voló una cometa bajo la lluvia, sacó la electricidad del cielo, y acabó inventando el pararrayos. Como a Jobs, a Franklin le gustaba el concepto de la creatividad aplicada: tomar ideas ingeniosas y diseños inteligentes y aplicarlos a aparatos útiles.

Su contribución al mundo tecnológico le convierte en uno de los grandes innovadores de los últimos años, en un transformador de la industria. El Thomas Edison del siglo veintiuno hizo del ordenador un artilugio simple de usar, cambió la manera de hacer negocio con la música a través de Internet y lanzó la telefonía móvil en otra dimensión.

Es posible que China e India produzcan muchos pensadores analíticos rigurosos y tecnólogos entendidos. Pero la gente inteligente y con formación no siempre genera innovación. La ventaja de Estados Unidos, si es que sigue teniendo alguna, será que puede producir personas que son también más creativas e imaginativas, esas que saben cómo colocarse en la intersección entre las humanidades y las ciencias. Esa es la fórmula para la innovación de verdad, como demostró la carrera de Steve Jobs.
La historia de Steve Jobs...
Estamos hablando del fundador de Apple. Con tan sólo 27 años, Jobs gozaba del prestigio de ser el millonario más joven en 1982, antes de que llegara la era “puntocom”.
 Hijo de una joven soltera universitaria, que decidió entregarlo en adopción, cuando aún era un bebé, a una pareja universitaria que quería una niña, por lo que al final no le aceptó. Steve fue ofrecido a una pareja de clase trabajadora, Paul y Clara Jobs, este último, empleado de la compañía estatal de transporte ferroviario.
Al cumplir los 17 años entra a la universidad Reed College en Portland, Oregón, a la cual asiste tan sólo 6 meses antes de decidir abandonarla debido a los altos costos de los estudios, que sus padres apenas podían financiar. Pese a que abandona sus estudios, continúa asistiendo como oyente a aquellas clases que le interesaban, como por ejemplo caligrafía. Permaneció como oyente unos 18 meses más hasta que abandona definitivamente los estudios. Curiosamente sus estudios en caligrafía le serían de utilidad cuando diseñara la tipografía del primer Mac. Aun no se sabe que pasó en estos años de problemas económicos y estudios únicamente de caligrafía, pero sin tener estudios en programación, a los 20 años inicia Apple en el garaje de sus padres junto a su amigo Steve Wozniak. Tan sólo en 10 años logra convertir a Apple de una empresa de dos personas en un garaje de una casa a una empresa de 4.000 empleados.
 Con tan sólo 27 años, Jobs gozaba del prestigio de ser el millonario más joven en 1982, una edad muy temprana antes de que llegara la era puntocom. Irónicamente, a los 30 años es despedido de Apple –la empresa creada por él mismo– sin embargo, no se rinde y  crea una nueva empresa llamada NeXT y otra empresa llamada Pixar, , compañía que creó el primer largometraje totalmente animado por ordenador, Toy Story, y actualmente uno de los estudios de animación con más éxito del mundo.
 En diciembre de 1996, Jobs se unió de nuevo profesionalmente a Apple cuando esta última anunció la compra de NeXT por 400 millones de dólares.
 Sin embargo, la vida le reservaba un nuevo revés. En 2004 le diagnosticaron un cáncer de páncreas y el médico le dio entre tres y seis meses de vida. Debía prepararse para dejar todo atado y despedirse anticipadamente de los suyos. A principios de 2009 anunció que padece un desequilibrio hormonal y debe apartarse necesariamente de la compañía, delegando la mayor parte de sus responsabilidades en Timothy D. Cook, por entonces jefe de comunicaciones. En abril de 2009 se sometió a un trasplante de hígado. En septiembre de ese mismo año, volvió al trabajo.
El enigmático, reservado y visionario Steve Jobs, ha muerto hoy a los 56 años, ha anunciado Apple. Jobs era mucho más que el consejero delegado de Apple. Nunca antes una marca estuvo tan asociada a una persona.

martes, 8 de noviembre de 2011

Las crisis y sus oportunidades



por JOSÉ MARÍA ROMERA

Una crisis como la que sufrimos constituye también una oportunidad: 
la de estimular la capacidad de fortalecerse en medio de las adversidades

A raíz de la crisis económica mundial, junto al discurso derrotista y a veces apocalíptico extendido como consecuencia lógica de la situación se oyen otras voces que tratan de contagiar esperanza, optimismo o alguna forma de energía. No son pocas. Si uno anota en el buscador Google la frase «crisis is opportunity», encontrará más de 650.000 páginas web donde se repite como un estimulante mantra, dicha o escrita por intelectuales, políticos, sociólogos, sindicalistas y gurúes del coaching empresarial y el liderazgo creativo. Al afirmar que «la crisis es una oportunidad» -400.000 referencias en castellano- se está diciendo lo que la sabiduría popular ya reflejaba con el adagio de «no hay mal que por bien no venga»: que hasta en las circunstancias más adversas es posible obtener alguna clase de provecho.
No podemos evitar los males que nos sobrevienen, pero sí corregir nuestra actitud a la hora de afrontarlos. Si nos dejamos llevar por la pesadumbre es muy probable que no alcancemos a percibir el lado positivo que se esconde en muchas de las pequeñas o grandes contrariedades de la vida.

Como explica Boris Cyrulnik, el problema suele provenir de la tendencia general a dar respuestas tristes a situaciones tristes, a concentrar nuestra mirada más en los que sucumben que en los que se levantan después de un tropiezo. Estamos instalados en una cultura del victimismo (1) que concede mayor autoridad al llanto que a la sonrisa y que considera poco menos que un sacrilegio el hecho de buscar la parte beneficiosa de los sucesos dolorosos o traumáticos.

«Lo que no me mata, me hace más fuerte», sostenía Nietzsche anticipándose a lo que decenios después la psicología iba a denominar 'resiliencia': la capacidad de fortalecerse en medio de las adversidades y de mejorar donde otros sienten que el mundo se les viene encima. Es cierto que ante determinados males de dimensiones devastadoras no hay ser humano capaz de ofrecer resistencia. Pero incluso en estos casos el damnificado tiene que elegir entre salir adelante o dejarse arrastrar por la corriente destructiva.

El estoico Epicteto, convencido de que «lo que perturba a los hombres no son los sucesos, sino las opiniones que tenemos acerca acerca de los sucesos», aconsejaba huir del llanto, de la queja y la protesta estéril que sólo servía para incrementar los efectos del mal, y sustituirlos por la reflexión. En el peor de los casos, siempre obtendremos una ganancia: la del aprendizaje y la experiencia.

Es cierto que el «no hay mal que por bien no venga» suele esconder una intención perversa, cuando el mal en que se piensa es el de los demás y el bien, el propio. Abundan los negocios de la desgracia que enriquecen a los industriales en la guerra y a los profetas en las epidemias. O piénsese en el dilema moral que plantea la evidencia de que si no hubiera accidentes de carretera dejarían de practicarse trasplantes de órganos y por tanto morirían más personas en los hospitales.

No se trata de buscar el mal para lucrar con él. La cuestión es formar el carácter y la mente –desarrollar resiliencia- para afrontar los reveses intentando minimizar sus efectos negativos y, si es posible, sacar ganancias de los positivos.

Aprender a valorar

Rara vez las personas que han alcanzado el éxito llegaron a él por un camino de rosas. Por regla general, las mejoras se obtienen a través de una sucesión de conquistas y de fracasos, de alegrías y de penas. Los seres más felices suelen ser aquellos que han transformado su vida a partir de grandes crisis. Porque sin al menos una pizca de dolor, de conflicto, de problema, es improbable que nadie aprenda a valorar aquello que posee o que alcanza y a desarrollar capacidades de resolución.

Cualquier proceso de crecimiento -desde el personal hasta el empresarial- pasa por una o varias crisis. Ellas nos obligan a ser imaginativos y audaces, a actuar con realismo, a tomar precauciones, a buscar salidas distintas a las consabidas, a adquirir nuevos útiles intelectuales y psicológicos, en suma: a madurar.

¿Habrá entonces que dar la razón a aquellos pedagogos lúgubres que sostenían que «la letra, con sangre entra»? ¿Tendremos que flagelarnos física o moralmente para así experimentar el dolor y, como consecuencia de ello, apreciar el bienestar al que de ordinario no damos importancia? No se trata de predicar una pedagogía del sufrimiento por el sufrimiento. La existencia ya nos pone bastantes obstáculos en el camino como para no tener que agregarles otros dolores. Es el mal inevitable, ajeno a nuestro control, el que nos emplaza a reaccionar con un estilo u otro. Resulta duro pero a la vez simple: o escogemos el abatimiento destructivo, o reaccionamos buscando el lado bueno, por insignificante que sea visto al lado del malo.

Tras la inevitable fase de hundimiento que sucede a una separación se abre el horizonte de la libertad para rehacer la propia vida y la expectativa de nuevos encuentros.
Las enfermedades graves nos enseñan a apreciar las pequeñas cosas cotidianas que antes nos pasaban inadvertidas.

Cuando sufrimos un desengaño nos queda la lección del escarmiento. Muchas de las épocas de mayor florecimiento artístico y cultural han coincidido con regímenes políticos opresivos cuya censura obligaba a los creadores a desarrollar recursos creativos que quizá no habrían descubierto en caso de vivir en atmósferas más propicias.

En definitiva: hay que recibir con buena cara esas ocasiones que nos brinda el azar para hacer de la necesidad virtud. Es decir, las crisis convertidas en oportunidades


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