jueves, 24 de noviembre de 2011

Jobs, creatividad e innovación


El autor de la biografía sobre Steve Jobs, el fallecido líder de Apple 
destaca la «intuición» y los «arranques imaginativos» como claves de su éxito. 
Y sostiene que «La gente inteligente y con formación no siempre genera innovación».

Una de las preguntas a las que me enfrenté al escribir un post sobre Steve Jobs fue hasta qué punto era inteligente. A primera vista, no sería un gran problema. Cabe suponer que la respuesta obvia es que era muy, muy inteligente. Quizás merecería tres o cuatro «muy». Después de todo, fue el líder empresarial más innovador y de mayor éxito de nuestra época y encarnaba el sueño de Silicon Valley en toda su extensión: creó una pequeña empresa en el garaje de sus padres y la convirtió en la más valiosa del mundo.

Leí hace poco que un día como cualquier otro alguien le llevó a su casa uno de esos rompecabezas de un mono que tenía que llevar un montón de plátanos por un desierto, con una serie de restricciones sobre lo lejos que los podía llevar y cuántos podía cargar a la vez, y tenías que averiguar cuánto tiempo necesitaría. Parece que Jobs realizó unas estimaciones aproximadas intuitivas, pero no mostró interés en dilucidar el problema de forma rigurosa. Pienso que alguien como Bill Gates habría hecho clic y hubiese dado la respuesta exacta de forma lógica en 15 segundos, y también en cómo Gates devoraba libros de ciencia por placer durante sus vacaciones.

Por tanto, ¿era Jobs inteligente? No de forma convencional. Pero era un genio. Puede parecer un juego de palabras absurdo, pero en realidad su éxito pone de manifiesto una interesante distinción entre inteligencia y genialidad. Sus arranques imaginativos eran instintivos, inesperados y, a veces, mágicos. Los provocaba su imaginación, no el rigor analítico. Educado en el budismo zen, llegó a valorar la sabiduría de la experiencia por encima del análisis empírico. No estudiaba datos ni devoraba números, sino que, como un explorador, podía oler los vientos y presentir lo que le aguardaba más adelante. Me dijo que empezó a apreciar el poder de la intuición, en contraste con «el pensamiento racional occidental», cuando recorría India tras dejar la universidad. «En India, la gente del campo no usa su inteligencia como lo hacemos nosotros», afirmaba. «En vez de ello, utiliza la intuición... La intuición es algo muy poderoso, más poderoso que la inteligencia, en mi opinión. Eso tuvo un gran impacto sobre mi trabajo».

La intuición de Jobs no se basaba en un aprendizaje convencional, sino en la sabiduría experiencial. También tenía mucha imaginación y sabía cómo aplicarla. Como dijo Einstein: «La imaginación es más importante que el conocimiento». Einstein es, por supuesto, el verdadero ejemplo de genio. Tuvo coetáneos que probablemente le igualaban en capacidad intelectual pura en cuanto al procesamiento matemático y analítico. Henri Poincaré, (1854-1912) por ejemplo, fue el primero en descubrir algunos elementos de la relatividad especial, y David Hilbert (1862-1943)  fue capaz de realizar ecuaciones para la relatividad general en la misma época que Einstein. Pero ninguno de ellos poseía la genialidad de Einstein para crear un arranque imaginativo completo en el centro de sus teorías.

Einstein poseía las cualidades difíciles de encontrar de un genio, entre ellas la intuición e imaginación que le permitían pensar de forma diferente o como decían los anuncios de Jobs, Pensar Diferente. Aunque no era especialmente religioso, describió esta genialidad intuitiva como la capacidad de leer la mente de Dios. Cuando evaluaba una teoría, se preguntaba: ¿Es esta la manera en que Dios diseñaría el universo? Y manifestó su malestar con la mecánica cuántica, que se basa en la idea de que la probabilidad desempeña un papel en el funcionamiento del universo, al declarar que no se podía creer que Dios jugara a los dados. En una conferencia sobre física, Niels Bohr se vio obligado a recomendar a Einstein que dejara de decirle a Dios lo que tenía que hacer.

Tanto Einstein como Jobs eran unos pensadores muy visuales. El camino hacia la relatividad empezó cuando un Einstein adolescente seguía tratando de imaginarse cómo sería viajar junto a un haz de luz. Casi todas las tardes, Jobs pasaba tiempo paseándose por el estudio de su brillante jefe de diseño, Jony Ive, y tocando con sus dedos los modelos de espuma de los productos que desarrollaban.

La genialidad de Jobs no estaba, como admiten incluso sus más devotos seguidores, en la misma órbita cuántica que la de Einstein. Probablemente por eso sea mejor rebajar un poco la retórica y llamarla ingeniosidad. Bill Gates es súper inteligente, pero Steve Jobs era súper ingenioso. La primera distinción, creo, es la capacidad de aplicar la creatividad y las sensibilidades estéticas a un reto. En el mundo de la invención y la innovación, significa combinar la apreciación de las humanidades con la comprensión de la ciencia, es decir, conectar el arte con la tecnología y la poesía con los procesadores. Esa era la especialidad de Jobs. «Siempre me consideré una persona de las artes y letras cuando era niño, pero me gustaba la electrónica», afirmaba. «Luego leí algo que uno de mis héroes, Edwin Land de Polaroid, dijo sobre la importancia de la gente que podía colocarse en la intersección de las humanidades y las ciencias y decidí que era lo que quería hacer».

La capacidad de fusionar la creatividad y la tecnología depende de la capacidad para encontrarse emocionalmente en sintonía con los demás. Jobs podía ser petulante y poco amable cuando trataba con otras personas, lo que hacía que algunos pensaran que carecía de conciencia emocional básica. En realidad, era lo contrario. Podía evaluar a la gente, entender sus pensamientos interiores, seducirla, intimidarla, identificar sus vulnerabilidades más profundas, y deleitarla cuando quería. Sabía, intuitivamente, cómo crear productos que gustaban, interfaces agradables y mensajes de mercadotecnia atractivos.

En los anales de la inventiva, las ideas nuevas son solo parte de la ecuación. La genialidad necesita ejecución. De alguna manera, el ingenio de Jobs es asimilable al de Benjamin Franklin. Entre los fundadores, Franklin no era el pensador más profundo, pero era ingenioso. Eso dependía, en parte, de su capacidad para intuir las relaciones entre cosas diferentes. Cuando inventó la pila, experimentó con ella para que produjera chispas que él y sus amigos usarían para matar a un pavo para su banquete de fin de temporada. En su diario, registraba todas las similitudes entre esas chispas y el relámpago durante una tormenta, y luego declaró: «Hagamos el experimento». Entonces, voló una cometa bajo la lluvia, sacó la electricidad del cielo, y acabó inventando el pararrayos. Como a Jobs, a Franklin le gustaba el concepto de la creatividad aplicada: tomar ideas ingeniosas y diseños inteligentes y aplicarlos a aparatos útiles.

Su contribución al mundo tecnológico le convierte en uno de los grandes innovadores de los últimos años, en un transformador de la industria. El Thomas Edison del siglo veintiuno hizo del ordenador un artilugio simple de usar, cambió la manera de hacer negocio con la música a través de Internet y lanzó la telefonía móvil en otra dimensión.

Es posible que China e India produzcan muchos pensadores analíticos rigurosos y tecnólogos entendidos. Pero la gente inteligente y con formación no siempre genera innovación. La ventaja de Estados Unidos, si es que sigue teniendo alguna, será que puede producir personas que son también más creativas e imaginativas, esas que saben cómo colocarse en la intersección entre las humanidades y las ciencias. Esa es la fórmula para la innovación de verdad, como demostró la carrera de Steve Jobs.
La historia de Steve Jobs...
Estamos hablando del fundador de Apple. Con tan sólo 27 años, Jobs gozaba del prestigio de ser el millonario más joven en 1982, antes de que llegara la era “puntocom”.
 Hijo de una joven soltera universitaria, que decidió entregarlo en adopción, cuando aún era un bebé, a una pareja universitaria que quería una niña, por lo que al final no le aceptó. Steve fue ofrecido a una pareja de clase trabajadora, Paul y Clara Jobs, este último, empleado de la compañía estatal de transporte ferroviario.
Al cumplir los 17 años entra a la universidad Reed College en Portland, Oregón, a la cual asiste tan sólo 6 meses antes de decidir abandonarla debido a los altos costos de los estudios, que sus padres apenas podían financiar. Pese a que abandona sus estudios, continúa asistiendo como oyente a aquellas clases que le interesaban, como por ejemplo caligrafía. Permaneció como oyente unos 18 meses más hasta que abandona definitivamente los estudios. Curiosamente sus estudios en caligrafía le serían de utilidad cuando diseñara la tipografía del primer Mac. Aun no se sabe que pasó en estos años de problemas económicos y estudios únicamente de caligrafía, pero sin tener estudios en programación, a los 20 años inicia Apple en el garaje de sus padres junto a su amigo Steve Wozniak. Tan sólo en 10 años logra convertir a Apple de una empresa de dos personas en un garaje de una casa a una empresa de 4.000 empleados.
 Con tan sólo 27 años, Jobs gozaba del prestigio de ser el millonario más joven en 1982, una edad muy temprana antes de que llegara la era puntocom. Irónicamente, a los 30 años es despedido de Apple –la empresa creada por él mismo– sin embargo, no se rinde y  crea una nueva empresa llamada NeXT y otra empresa llamada Pixar, , compañía que creó el primer largometraje totalmente animado por ordenador, Toy Story, y actualmente uno de los estudios de animación con más éxito del mundo.
 En diciembre de 1996, Jobs se unió de nuevo profesionalmente a Apple cuando esta última anunció la compra de NeXT por 400 millones de dólares.
 Sin embargo, la vida le reservaba un nuevo revés. En 2004 le diagnosticaron un cáncer de páncreas y el médico le dio entre tres y seis meses de vida. Debía prepararse para dejar todo atado y despedirse anticipadamente de los suyos. A principios de 2009 anunció que padece un desequilibrio hormonal y debe apartarse necesariamente de la compañía, delegando la mayor parte de sus responsabilidades en Timothy D. Cook, por entonces jefe de comunicaciones. En abril de 2009 se sometió a un trasplante de hígado. En septiembre de ese mismo año, volvió al trabajo.
El enigmático, reservado y visionario Steve Jobs, ha muerto hoy a los 56 años, ha anunciado Apple. Jobs era mucho más que el consejero delegado de Apple. Nunca antes una marca estuvo tan asociada a una persona.

1 comentario:

MARCELO VAZQUEZ AVILA dijo...

Neptuno escribió en el post: "Durante dos años me han estado martilleando con que menos cuentos y más cuentas, que no me deje guiar por creencias, que los números tienen que salir, el éxito es consecuencia de un “riguroso análisis”, y no es mentira, el análisis debe primar ante cualquier decisión de otra forma nos podemos ver inmersos en una borrasca de creencias.
Pero antes de un análisis hay una idea, esta es fruto de una inspiración, más o menos acertada, pero una idea, inicio de cualquier negocio o proyecto, algunos éxitos otros fracasos incluso ruinas.
Lo que sí es verdad que si detrás de esa inspiración existe una fuerza y una ferviente creencia en que va a funcionar las posibilidades de que se realicen aumentan. La creatividad es un don que se puede nacer o hacer, pero si no se acompaña con empuje o trabajo el final es sabido. Por eso creo que detrás de la obvia creatividad de Jobs había una fe ciega en lo que hacía, y un espíritu incansable"

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