domingo, 23 de octubre de 2011

Verdad, Belleza y Bondad “reloaded”




Howard Gardner (Universidad de Harvard ), Premio Príncipe de Asturias 2011 de Ciencias Sociales, reflexiona sobre la posibilidad de dotar de un nuevo sentido a los conceptos de verdad, belleza y bondad, erosionados por el escepticismo.

Desde los albores de la civilización el hombre se ha esforzado en definir los conceptos de verdad, belleza y bondad. Todas las sociedades han desarrollado sus propias interpretaciones de los trascendentales del ser,  como le  llamaron los escolásticos.

¿Como podemos distinguir la verdad de las pseudoverdades en estos tiempos donde el bombardeo de información de carácter inmediato que llegan a través de la Red, de Blogs y Wikipedias? ¿Cómo juzgar la belleza cuando muchos artistas la consideran un “concepto inadecuado y anticuado” y sus obras pretenden sólo causar algún tipo de impacto y no precisamente placer en quien la admira? ¿Cómo distinguir lo bueno de lo malo cuando ética y moralidad está tan relativizada y no valorada? Son cuestiones que desconciertan siendo fundamentales y que en los próximos Post de este Blog vamos a tratar de poner sobre el tapete como tema para un diálogo constructivo.

Desde que en los años 80 formulara la teoría de las inteligencias múltiples y comenzara a trabajar en su aplicación práctica en el campo de la educación, el investigador y profesor de la Universidad de Harvard Howard Gardner ha ganado un justo y amplio reconocimiento a nivel mundial. El reciente premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2011 viene así a sumarse a las numerosas distinciones y doctorados honoris causa obtenidos a lo largo de una prolífica carrera, en la que sus ideas sobre los procesos de aprendizaje y la formación del liderazgo han suscitado un vivo interés no sólo en el terreno científico, sino también en el de las instituciones de enseñanza. 

Gardner en su último libro[1] viene a reformular estos valores y el propósito de su obra consiste en convencernos de la necesidad de seguir contando con ellos como guías imprescindibles de nuestra vida y, una vez sentado esto, abordar la cuestión de cómo transmitirlos de la manera más adecuada a unas generaciones nacidas bajo el signo de Internet y la revolución digital.

Para Gardner, la inteligencia no es una destreza unidimensional, susceptible de ser medida de forma global por los test de inteligencia y cuantificable sin más mediante el indicador llamado cociente intelectual. Fueron sus trabajos empíricos, los que lo convencieron de que la inteligencia es una capacidad mucho más plástica y polivalente, que se adapta en su modo de funcionamiento a los diversos ambientes en que se ve inmersa y a las distintas tareas que ha de afrontar. De ahí que Gardner siempre haya hablado de ella en plural, llegando a distinguir hasta nueve modalidades diferentes de inteligencia: lingüística, lógico-matemática, corporal y cinética, visual y espacial, musical, interpersonal, intrapersonal, naturalista y existencial o filosófica. Y aunque hay una labor cooperativa entre todas ellas, se desarrollan con cierta independencia. Esto significa que los individuos pueden mostrar un nivel elevado de desarrollo intelectual en algunas facetas y, sin embargo, un nivel mucho menor en otras. También las diferentes culturas y los diferentes estratos sociales, al igual que las diversas etapas de maduración personal, pueden incidir en una mayor potenciación de una habilidad intelectual u otra. 

La consecuencia directa de esta teoría ha sido la necesidad de diversificar las estrategias educativas en función del tipo de desarrollo cognitivo que se quiera favorecer en cada caso. A lo largo de más de veinte años, en diversos programas de investigación como el  Proyecto Zero[2] , Gardner ha venido profundizando en los mecanismos del aprendizaje y sus ideas han ayudado de manera notable a revisar los principios estandarizados de enseñanza y evaluación a favor de otros más personalizados. Estos trabajos constituyen, sin duda, una sugestiva aportación en un momento en que la reflexión sobre los profundos cambios que han de experimentar los modelos educativos para responder a los retos del presente resulta tan necesaria. Una concepción estrecha del proceso de la formación intelectual, contaminada por el lenguaje economicista de la rentabilidad, y una insistente mentalidad de nuevo rico en buena parte de la pedagogía contemporánea,  han contribuido perniciosamente al verdadero mal que hoy sufre el ámbito de la enseñanza: el de la falta de sentido y la importancia de su tarea.  Como recordaba no hace mucho Martha Nussbaum[3],  “una mera educación para el empleo, la buena renta y la prosperidad económica no es una educación para la buena Vida",  también llamada Vida Lograda (Alejandro Llano, Editorial Ariel. 2002).

Esta concepción sigue apegada en el fondo a viejos modelos de desarrollo, que descuidan el cultivo de cualidades esenciales, como la Verdad, la Belleza y la Bondad, e impiden  forjar  individuos sanos y de mente abierta, capaces de argumentar con auto crítica y contribuir a la mejora de la vida en sociedad.

1 comentario:

Rita Vazquez dijo...

Respecto a los tipos de inteligencia, creo que Gardner estaría en línea con lo que Daniel Goleman afirma en sus libros La Inteligencia Emocional y La Inteligencia Social, donde el autor cuestiona los IQ tradicionales porque evalúan cuantitativamente la inteligencia racional, sin tener en cuenta la cualidad multifacética de la misma.

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