miércoles, 2 de noviembre de 2011

La Carrera de la Vida

por Marcelo Vázquez Avila

Renacer, como el Ave Fénix. Volver a empezar después de una pérdida. Recuperarse a pesar de un cáncer. Salir adelante después de haber sufrido esa situación adversa, traumática, una amenaza grave contra la salud. Por qué algunas personas, niños o adultos, logran desarrollar Resiliencia, en tanto otras quedan seriamente afectadas para el resto de su vida.

La historia de Lance

Lance Armstrong es considerado uno de los mejores ciclistas de la historia, ya que ha ganado siete veces el Tour de Francia, algo que ningún otro ha logrado. Además, es un ejemplo de cómo superar lo peor. Se ha convertido en una leyenda por haber superado un cáncer. Una vez recuperado, además de obtener las últimas victorias que lo llevaron a la fama mundial, creó la Fundación Lance Armstrong -para la lucha contra el cáncer- y escribió varios libros contando su notable historia.

Nació en Austin, Texas, el 18 de septiembre de 1971. Su madre, Linda, fue el principal apoyo para que él se dedicara al deporte. Primero practicó la natación, y a los 13 descubrió el Triatlón, siendo a los 16 años un profesional de esta disciplina. Pero al poco tiempo se pasó al ciclismo.

Una carrera nada fácil

En 1992 Lance debutó como profesional con el Motorola en la Clásica de San Sebastián. Un año después, en Verdún, conquistó su primera etapa del Tour de Francia; y luego ganó el Campeonato del Mundo de Oslo. En 1995 volvió a ganar una etapa en Francia y en octubre de 1996 se le detectó un cáncer testicular con metástasis pulmonar y cerebral, por lo que su carrera como ciclista y su vida comenzó a tambalear. El equipo francés Cofidis rompió su contrato, sin embargo poco después, un equipo patrocinado por el U.S. Postal Service lo contrató, aunque por mucho menos de lo que solía cobrar, y así en 1998 regresó en la París-Niza sin buenos resultados. Lance lo explica así: "Mi retorno al ciclismo fue un fracaso, aunque más tarde descubrí que la enfermedad me había convertido en un hombre más inteligente y centrado. Corrí la París-Niza, una dura competición de ocho días marcada por la lluvia y un viento gélido. En la segunda etapa me bajé de la bicicleta y exclamé: "No quiero pasarme el resto de la vida haciendo esto. Me voy a casa". No obstante, se propuso ganar una de las carreras más importantes del mundo, el Tour de Francia, lo cual logró en 1999. A este triunfo se sumaron otras seis victorias consecutivas. De esta manera superó el record que tenía Miguel Induráin, con cinco tour de France ganados.

"La verdad es que si ahora alguien me diese a elegir entre resultar ganador del Tour o del cáncer, elegiría lo último. Así como suena".

Otra carrera, mucho más actual

Ismael Santos (1) nació en Orense, Galicia y fue jugador profesional de Baloncesto en el  Real Madrid y la Selección Nacional Absoluta. Tiene 2 campeonatos de Europa, 1 mundial y fue 37 veces internacional. Hoy es guía de Media Montaña e Instructor de Nordic Walking en Chamonix-Mont-Blanc. Francia.

“Aunque he hecho deporte desde los 5 años y he sido deportista profesional de Baloncesto durante 15, nunca había visto un ejemplo tan claro de como la fuerza mental e interior de una persona puede suplir cualquier obstáculo que se le ponga por delante y cualquier tipo de carencia física. De todas las experiencias que he tenido acompañando grupos como Guía de montaña, ninguna me ha tocado tan profundamente como los cinco días de trekking alrededor del Mont Blanc del verano pasado con cuatro mujeres que habían tenido cáncer de intestino.

Expedición en el Mont Blanc

Cuatro mujeres que no se conocían de nada pero con dos cosas en común: fuerza interior y determinación. Esas cuatro mujeres colaboraban con la Asociación inglesa de la lucha contra el cáncer de intestino y los motivos de su viaje a los Alpes eran, por una parte, recaudar fondos para la Asociación y por el otro el demostrar a otros pacientes que tienen cáncer que es posible recuperarse  y que en la vida posterior es posible ser más fuerte que antes.

La tarde anterior a la salida del trekking me reuní con ellas para conocerlas, explicarles el recorrido, revisar el material y responder a todas sus preguntas. Lo primero que pensé cuando me dijeron que no tenían ningún tipo de experiencia previa en montaña y que tampoco habían entrenamiento alguno para el trekking, fue que iban a ser cinco días muy duros y muy largos y tenía muchas dudas de que fueran a conseguirlo. A priori era bastante desaconsejable que afrontaran un reto de esas características: caminar durante cinco jornadas alrededor de ocho horas diarias, quince kilómetros y entre 800 y 1000 metros de desnivel positivo al día, incluyendo la etapa más dura del Tour del Mont Blanc”.

Pero a medida que avanzaba la reunión fue conociendo sus historias y el por qué de su presencia allí, y sentió esa misma energía, esa fuerza interior y la increíble determinación que llegaba de lo más profundo, debido quizás a haber superado momentos tan duros como los que habían atravesado y cuya acción les había hecho salir reforzadas.

A pesar de aquellas evidencias que a priori desaconsejaban hacer el trekking, hubo algo que hizo que su intuición de hombre conocedor, por propia experiencia, de la profunda realidad humana le sugiriera que esas personas que tenía delante suyo conseguirían alcanzar su objetivo: tenían una fuerza interior y determinación capaz de mover montañas. Lo había experimentado mientras hablaba con ellas. Salió  de la reunión convencido de que iban a pasar por momentos de dolor pero también de que lograrían superarse una vez más.

Comenzó la aventura con una gran prueba: ya que el tiempo era horrible: lluvia, viento, frío e incluso granizo llegando al paso para cruzar de Italia a Suiza.

“Llegamos después de ocho horas al hotel, empapados y con ganas de una ducha caliente, pero no oí ninguna queja, sólo que “qué pena” que no habían podido ver las montañas. Esa misma noche durante la cena empecé a hablarles de la etapa más dura, y que ésta llegaría en dos días, la cual se podía evitar optando en su lugar por hacer una alternativa mucho más fácil. Le dije que iban a pasarlo mal, a sufrir y que probablemente llorarían por la mezcla de emociones que sentirían dentro de ellas”.

Cuando se les explicó todas estas cosas Ismael seguía viendo firmeza y determinación en sus caras, y comprendió que no habría habido modo de que optaran por hacer la ruta más fácil. Después de un segundo día de otras ocho horas de camino llegó la cena y el momento en el cual les preguntaron qué decisión habían tomado respecto a la etapa siguiente. Su respuesta fue unánime: “Hemos venido aquí para hacerlo y no nos asusta. Haremos la ruta más dura”.

El gran día llegó y como ya estaba previsto fue duro, largo y muy emocionante. La etapa, que normalmente se hace en seis a siete horas la hicieron en doce y llegaron al hotel casi de noche. Durante la subida una de ellas tuvo muchos problemas porque no respiraba bien, a otra le dolían mucho ambas rodillas con lo cual hubo que bajar con ella de la mano casi todo el tiempo. Sufrieron y lloraron pero se divirtieron, y en ningún momento del día se oyeron  quejas por su parte. Faltaban dos jornadas más, suele ser la etapa más dura en la que mucha gente se da la vuelta o trata de evitar por el excesivo cansancio. En este caso no,  ellas se sentían más cerca de cumplir su objetivo, esperanzadas y con enorme entusiasmo para el cierre final.

“Cuando llegamos al final del trekking y las emociones se apoderaron de estas grandes mujeres. Muchas lágrimas y abrazos y una gran satisfacción por haber conseguido lo que se habían propuesto. La cena de despedida fue sin lugar a dudas una de las más emocionantes de mi vida por todo lo que se dijo y por como se dijo. Me dieron las gracias y me dijeron que sin mí nunca lo habrían conseguido, pero como yo les comenté, lo único que había hecho era acompañarlas, pero que era su fuerza la que las había guiado y que era yo quien tenía que darles las gracias por todo lo que me habían enseñado”.
“La diferencia entre este grupo de mujeres y los grupos de personas que guío habitualmente es que por lo general, la gente cuando se cansa y se acerca a sus límites de fuerza durante el  trekking, aparecen serias dudas, muestran sus miedos y ansiedades y se vuelven muy vulnerables por su desconocimiento del entorno e incertidumbre ante lo que pueda pasar. Puede que físicamente están más o menos preparadas, pero psicológicamente necesitan ayuda cuando entran en esa zona desconocida de la incertidumbre”.

Demostraron todo lo contrario.

 “Fue para mí una gran lección en muchos sentidos: a nivel humano porque comprobé como cuando alguien pasa por determinadas situaciones en la vida y logra salir de ellas su energía y su manera de sentir son absolutamente profundas y totales, en la alegría y en el sufrimiento; a nivel deportivo porque fue la más clara demostración de que la mejora de resultados pasa por el desarrollo y el crecimiento de la fuerza interior o espiritual, que es lo que hará que uno rinda física y mentalmente por encima de lo previsto por los planes de entrenamiento.”

El hecho de haber sido capaces de superar un cáncer les había ya hecho pasar por esos momentos de incertidumbre, de miedo, de inseguridad, y les había dado una fuerza interior y una determinación que las había llevado más allá. Su fuerza estaba en otra dimensión que la puramente física o mental, era espiritual.

Resiliencia, hermana del talante y el carácter

Desarrollar resiliencia. Más que de una nueva forma de tratar el llamado estrés postraumático, como puede ocurrir a causa de un cáncer, se trata de una mirada distinta acerca de la manera en que los diferentes seres humanos afrontan las posibles causa de ese estrés. En lugar de preguntarse por las causas de la patología física o espiritual que las adversidades generan, el nuevo punto de vista supone indagar de qué condiciones está dotada esa persona resiliente; por qué y de qué manera logra escapar a los males propios de los llamados «grupos de riesgo”.

Se apunta a las potencialidades del sujeto, a su autoestima y todo aquello que puede hacer bien, no a un pronóstico que lo condena por sus «fallas de origen” y al que sólo se puede ayudar rescatándolo de lo que hace mal.

Los tres Pilares

Todos los seres humanos somos dueños en mayor o menos grado de una capacidad de Resiliencia. Todos, niños y adultos, podemos aprender a reponemos de las crisis, a seguir adelante. El lenguaje popular refleja muy bien el sentimiento de que sólo hasta cieno punto somos vulnerables y que —salvo casos extremos— la gente se recupera más tarde o más temprano: “La vida continúa” “hay que seguir tirando”, “el mundo no se acaba hoy”, etcétera.

Mientras existen seres dotados en alto grado de una resiliencia natural, que a veces son vistos como invulnerables a la adversidad, existen personas que por diversas causas se entregan a situaciones de estrés cada vez más notables, que acaban en crisis depresivas o enfermedades somáticas, como si les faltaran piezas en la caja de herramientas que te da la vida. Se habla de tres pilares a fomentar y desarrollar para prevenir que es lo importante:

Primero, la capacidad de jugar.  No tomarse las cosas tan a pecho que el temor impida hallar las salidas. Y en esto el sentido del humor, el mirar las cosas desde “el revés de la trama” permite tomar distancia de los conflictos. La creatividad, la multiplicación de los intereses personales, los juegos de la imaginación relegan esas causas de alarma a su justo lugar, relativizándolas.

Segundo, la capacidad de encarar las situaciones con un sentimiento de esperanza. Y para ello es fundamental tener al menos a alguien en quien depositar los afectos, admiración, que sirven como guías y estímulo. Esto que viene a veces naturalmente con el modo de ser de la persona, puede ser estimulado por educadores y terapeutas. Son importantes asimismo las redes de sostén o de contención, vínculos que enriquecen e impiden que la persona se sienta en una intemperie vital. Amigos, un coach, una comunidad, los grupos de resiliencia obran con apoyo y estímulo permanentes.

Por último, el auto sostén. Se puede resumir como un mensaje que la persona elabora para sí misma. “Yo sé que esto me va a pasar”, se dice ante un mal trance.

Dicho de otro modo: “Me quiero conocer mejor, confío en mí, me puedo sostener en la vida".




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