viernes, 27 de enero de 2017

Hagamos como si ya fuéramos, para convencernos de que podremos ser…




 Somos nuestro propio Director general?

Hagamos como si todo lo bueno ya nos abrazara para que nos alcance antes. Hagamos como si ya fuéramos felices para que nuestras emociones nos convenzan de ello. Creer cada día con firmeza y convicción que merecemos aquello que deseamos, no es ningún acto de egoísmo, de hecho, es el primer paso hacia el crecimiento personal.

Pensemos en ello durante un momento: si nosotros mismos no nos convencemos de que podemos y debemos salir de una depresión, de una relación infeliz o de un trabajo que vulnera nuestros derechos, nadie más lo hará. El auténtico héroe que te ha permitido salir en múltiples ocasiones de esos agujeros negros vitales en los que te has visto inmerso, has sido tú, y el modo en que lo has logrado es sin duda mediante una voluntad de hierro y un pensamiento que tenía claro su objetivo.

En la actualidad, es muy común ver trabajos, libros e interesantes publicaciones donde nos alientan a que nos convirtamos en el CEO (siglas inglesas de Chief Executive Officer o director ejecutivo en español) de nuestro propio cerebro. Lo que se intenta ante todo es poner sobre la mesa la necesidad de que todos nosotros logremos comprender cómo funciona el cerebro para tener más control sobre sus procesos.

De hecho, si hay algo que todos sabemos desde hace mucho, es que el ser humano es una compleja entidad guiada y dominada por las emociones. Son ellas quienes nos embisten, nos guían, nos emborrachan a base de dopamina, serotonina y oxitocina y ellas las que nos sumen en ocasiones, en ese naufragio químico que nos ahoga en estados permanentes de tristeza e indefensión.

Ahora bien, en ocasiones, también es muy necesario alzarnos como el CEO de nuestro cerebro para tomar el control y guiarnos hacia el cambio: hacia el bienestar. 
El “secuestro emocional” nos impide crecer

Superar el sesgo de negatividad de nuestro cerebro para fomentar una neuroplasticidad positiva no es nada fácil. No lo es en primer lugar porque muchos de nosotros tenemos como “director ejecutivo” en nuestro cerebro, a un adicto a practicar la autocrítica y a incidir una y otra vez en las mismas ideas y actitudes limitantes como un pequeño hámster dando vueltas a su rueda de juegos.

Muchos expertos del comportamiento humano llaman a esta práctica tan común “la lógica del niño”. Es decir, son momentos en que, sencillamente, nos dejamos secuestrar por nuestras emociones negativas hasta llegar a un extremo de inmadurez absoluta. Para comprenderlo mejor, reflexionemos en un sencillo ejemplo: en el trabajo hemos cometido un error, ese fallo ha supuesto a su vez, que otros sufrieran la consecuencia de ese descuido.

Nuestra mente no deja de repetirnos una y otra vez aquello de “soy idiota, no valgo para esto”. A su vez, el cerebro intensifica aún más este estado recordándote errores pasados e incluso todas las veces que en casa te decían “lo torpe” que eras.

Tus emociones te han arrinconado en esa rueda de hámster donde intensificar la sensación negativa hasta bloquearte, hasta sumirte en un estado de completa indefensión. En lugar de decirte a ti mismo “he cometido un error, voy a aprender de él y mañana lo haré mejor”, has optado directamente por colocarte un adjetivo calificativo “soy idiota”.


Este tipo de sesgos de negatividad que tanto nos caracterizan en diversos momentos de nuestra vida, están guiados por unos procesos muy concretos. Son nuestros estados de ánimo quienes asumen todo el control.

Ahora bien, para convertirnos en un auténtico CEO de nuestro cerebro hay que agarrar las riendas de esos procesos mentales como si fuéramos los auténticos líderes y no un subalterno que se deja avasallar.


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