jueves, 1 de junio de 2017

Estar solo, una experiencia creativa

por Marcelo Vázquez Avila




Así como hay una soledad forzosa, existe también otra soledad buscada, fuente de creatividad y terreno fértil de abundantes experiencias de vida.

Y hablar de creatividad es hablar de nuestro proyecto de vida; de nuestra relación con los otros y con nosotros mismos. Al fin y al cabo, la creatividad es la manera que tenemos de estar en la vida, de vincularnos y de compartirnos con los demás. Nuestra creatividad engloba desde nuestra forma de comunicarnos hasta nuestra relación con nuestros sueños y con nuestra familia y amigos.

La creatividad no es sólo la capacidad de pintar un cuadro o de inventar algo, es la manera que tenemos de ofrecernos a la vida; la forma en que compartimos nuestros tesoros internos. 

Hoy en día por mucho que nos sintamos conectados, acompañados o agobiados entre la multitud de la gente nos podemos sentir solos. Y es que  a veces uno, aun estando rodeando de miles de personas, puede llegar a sentirse la persona más sola del mundo. He conocido personas que nunca se sienten solas, a pesar de vivir solas y he tratado personas que se sienten infinitamente solas a pesar de trabajar diariamente con grandes equipos humanos.

La soledad es, una posibilidad, un don que ofrece la vida y del que podemos extraer grandes lecciones, si estamos abiertos a aprender a aprovechar al máximo la soledad, un concepto que habitualmente suele tomarse unívocamente como algo negativo.

Estar solo no es fácil, pero se puede decir que es un arte. Lo es porque todo arte incluye un talento o don personal, un aprendizaje y la necesaria constancia. El ser humano es, por definición, un ser social que tiende a establecer vínculos, a formar comunidades y a crear redes. Por ello, de entrada, exige una oposición a la tendencia natural, una cierta capacidad de resistir a un impulso muy arraigado a la condición humana. A pesar de ello, el ser humano, en tanto que ser reflexivo y autoconsciente, es capaz, también, de tomar distancia de los suyos, de su entorno y de su misma vida, y anhelar espacios de soledad para reencontrarse y no perderse.
La soledad es un buen lugar para visitar, pero es un mal lugar para quedarse. Pienso en una soledad de a ratos, intermitente.

La soledad no puede ser un estado permanente en la vida humana, pero sí un lugar que periódicamente se debe visitar por los beneficios que conlleva para uno mismo. Con todo, hay que distinguir entre la soledad buscada y la obligada. La primera es higiénica, terapéutica y liberadora, mientras que la segunda resulta difícil de sobrellevar, porque se impone como la ley de la gravedad y aunque uno desee escapar, no puede conseguirlo. Es difícil que un ser humano se enganche a la soledad. Sería posible en personas con una vida espiritual muy rica, pero extraña para el común de los mortales.

Lo ideal sería conseguir un equilibrio entre compañía y soledad. Disponemos de tiempos de soledad a diario, tanto en los viajes al trabajo, como en determinados momentos del ocio. No siempre los utilizamos adecuadamente y, en ocasiones, el temor a desnudarse delante de uno mismo, nos lleva a practicar la evasión, a meternos en la red con tal de escabullirnos del estruendoso silencio de la soledad. Aun así, cuando uno es capaz de cruzar la frontera y mirarla cara a cara, descubre un abanico de posibilidades en la soledad. Entonces, uno descubre la posibilidad de ejercer la vida reflexiva, el análisis de lo vivido, sufrido y gozado, también puede anticipar, proyectar, imaginar su futuro, a corto o a largo plazo; somete a una profunda auditoría ética sus relaciones actuales y explora sus debilidades y fortalezas.

La soledad se convierte, entonces, en un verdadero estímulo para vivir más intensamente la propia vida y ser el verdadero protagonista de ella. La soledad creativa es un mundo insólito, todo un universo que cada persona puede descubrir adentrándose en él. En las entrañas de todo ser humano hay una chispa divina, una imagen y una potencia del creador que podemos intuir.


No hay que temer estar solo. Es una ocasión para tomar consciencia del hecho de existir, de la maravilla que supone estar en este mundo a pesar de los pesares. No hay que temerla, porque la soledad es una fuente de transparencia y sólo en la transparencia entre el ser y el obrar existe la felicidad.

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